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Texto del comunicado conjunto
elaborado por los obispos de las diócesis de San Cristóbal
de las Casas, Samuel Ruiz García; de Tuxtla Gutiérrez,
Felipe Aguirre Franco; y de Tapachula, Felipe Arizmendi Esquivel,
el día primero de enero de 1994:
"El deseo de un feliz año
nuevo se ensombrece este inicio del año para Chiapas y
para el país, con los sucesos acontecidos en Chiapas y
que los medios de comunicación han difundido ya a nivel
nacional e inclusive internacional.
En efecto, nos percatamos en
la madrugada de este día primero, en que se celebra (junto
a la fiesta de María la Madre de Dios), la Jornada Mundial
de la Paz, de que la presidencia municipal de la ciudad de San
Cristóbal de las Casas fue tomada por el Ejército
Zapatista de Liberación Nacional.
En comunicación telefónica
lograda con algunas parroquias, supimos que actos similares se
llevaron a efecto en Las Margaritas, Altamirano y, posteriormente,
en Ocosingo.
Según lo que pudimos
obtener como resultado de nuestras comunicaciones, existe un
movimiento político-militar que hacía declaración
de guerra al Ejército mexicano, lo cual hace pensar en
un movimiento con repercusiones más amplias que las que
los medios de comunicación mencionan.
Si en esta ciudad no ha habido
hasta el momento enfrentamientos ni víctimas, lamentablemente
se habla de algunos decesos en los otros municipios, cuyo monto
y circunstancias no hemos podido precisar.
Participan en este movimiento
campesinos e indígenas de Chiapas: hombres, mujeres y
jóvenes. En un comunicado emitido solicitan el reconocimiento
del estado de beligerancia y la aplicación de las Normas
Internacionales para casos de guerra, invocando la protección
para la población civil.
A ella agregan un pliego petitorio
dirigido al pueblo de México, conteniendo demandas antiguas
no totalmente satisfechas, en materia de salud, rezago agrario,
imposición de autoridades, seguridad social, combate a
la pobreza, educación, democracia, justicia.
Como cristianos, estamos invitados
a construir el reino de Dios en la justicia y en la verdad. En
efecto, el Papa Juan Pablo II en su reciente mensaje del 8 de
diciembre (de 1993) con motivo de la Jornada Mundial de la Paz,
nos recuerda: "... la pobreza, más aún la
miseria --que es amenaza constante para la estabilidad social,
el desarrollo de los pueblos y la paz-- afecta hoy a muchas familias,
... nadie puede sentirse tranquilo mientras el problema de la
pobreza, ... no haya encontrado una solución adecuada".
Hay pues, situaciones muy serias,
que están reclamando soluciones audaces que hagan valer
las razones de la justicia. La doctrina social de la Iglesia
ha sido constante en defender que los derechos de la creación
han sido destinados por Dios para servicio y utilidad de todos
sus hijos. De ahí que nadie debe apropiárselos
o destruirlos irracionalmente olvidando las exigencias superiores
del bien común.
La consecuencia de objetivos
legítimos, requiere el empleo de medios también
legítimos; nos exige buscar los caminos adecuados hasta
agotar todas las posibilidades. Esto supone un espíritu
de diálogo y el reconocimiento sincero de que la dilación
en dar las soluciones que son urgentes, o el empleo indebido
de la fuerza, genera frustraciones que pueden conducir a situaciones
violentas.
Emitiendo en el caso concreto
un juicio, nos parece que la angustia y el sufrimiento han llevado
a los miembros de este movimiento a una apreciación subjetiva,
de que no se tiene ya un camino pacífico viable por juzgar
que los han agotado todos.
Nosotros, sin embargo, pensamos
que, a pesar de la grave situación del momento, la mutua
disposición al diálogo ofrece todavía caminos
que eviten consecuencias más costosas, que las que se
han sufrido hasta ahora.
No admitimos pues el levantamiento
armado, ni el recurso de la violencia, pero debe servir como
advertencia del peligro que significa el abandono de los grupos
marginados.
Todos debemos estar dispuestos
a poner todo nuestro empeño para no dejarnos llevar en
estos momentos por la tentación de la desesperación
y la venganza, sino ser capaces de encauzar nuestros comportamientos
hacia el perdón y la reconciliación.
Los exhortamos, pues, a que
en los lugares de conflicto se mantenga una tranquilidad cristiana
y se respete, de una y otra parte, la seguridad de la población
civil; que ubiquemos constructiva y evangélicamente nuestro
aporte ante las necesidades coyunturales que se nos presenten.
Que no sea la fuerza, sino la autenticidad de la verdad, la que
nos guíe en los caminos de la construcción de la
paz que en Belén fuera anunciada".
(Suscriben)
Felipe Arizmendi, Felipe Aguirre
y Samuel Ruiz. |