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EDITORIAL DEL PERIÓDICO
LA JORNADA
Enero 2, 1994

NO A LOS VIOLENTOS

Desde que en los años 70 fue acabado el intento guerrillero encabezado por Lucio Cabañas, en Guerrero, el país no asistía a un brote de violencia rural como el que comprende desde ayer al estado de Chiapas. La situación es condenable, entendible y delicadísima, todo al mismo tiempo, y para explicarla es preciso deslindar cuidadosamente los elementos.

Cualquier violencia contra el estado de derecho, venga de donde viniere, tiene que ser en principio algo para condenar. Pero si quienes encabezan el alzamiento chiapaneco se proponen, entre diversos objetivos, la remoción del presidente de la República, vencer al Ejército Mexicano y avanzar triunfalmente hacia esta capital, ya no se sabe dónde empieza el mito milenarista, dónde el delirio y dónde la provocación política calculada y deliberada.

Sin que conozcamos todavía quiénes componen la avanzada ideológica y militar del grupo, es evidente que sus miembros se han incrustado en las comunidades indígenas y enarbolan un lenguaje no sólo condenable por encarnar sin matices la violencia, sino porque sus propósitos son irracionales. Y la irracionalidad le hace enorme daño a las colectividades, a las naciones y a los pueblos.

El aspecto que vuelve entendible, aunque no justificable al alzamiento, lo aporta sin duda el contexto. Han sido por demás numerosos los indicios de que existe en la frontera sur el caldo de cultivo para una coyuntura explosiva. Caldo de cultivo con raíces un tanto inmediatas como históricas.

En Chiapas no ha habido una verdadera reforma agraria; los cacicazgos más arcaicos y tradicionales explotan a las comunidades indígenas, y la enorme mayoría de éstas subsiste dentro de una ignominiosa pobreza extrema.

Las posibilidades del centro apenas han llegado a Chiapas, y los últimos emprendimientos del gobierno --el amplio reparto de tierras en años recientes, o 40 millones de nuevos pesos destinados a la región de Ocosingo-- han sido una desigual carrera contra el tiempo. La historia y los violentos fueron más rápidos.

El aspecto delicadísimo del asunto reside en que las autoridades deben medir con extremo cuidado los pasos a dar. Por ejemplo, hay que deslindar entre los aventureros y profesionales de la muerte, hay que separarlos a ellos muy bien de las comunidades indígenas empobrecidas y desesperadas.

Estas, ahora menos que nunca, pueden ser objeto de la represión indiscriminada, sino de políticas efectivas que resuelvan un rezago social que lleva siglos. Se han elevado voces que tienen derecho a ser escuchadas.

El Gobierno de la República convoca a estos sectores a la cordura y a deponer la actitud asumida. Los Obispos de Tuxtla Gutiérrez, Tapachula y San Cristóbal de las Casas proponen el camino de una disposición mutua al diálogo positivo.

Y la Premio Nobel de la Paz, Rigoberta Menchú, también convoca a una salida negociada y dialogada, en la cual se evite el derramamiento de sangre.

Tal vez con datos como éste han especulado los cabecillas del alzamiento. La tarea política sustancial, en una hora tan dramática, parece ser aislarlos; parece ser no confundir ni por asomo el delirio de los aventureros con las reivindicaciones históricas de los indígenas que, al fin y al cabo, forman parte de la legión de pobres de la tierra.

 

Periódico LA JORNADA
Editorial
2 de enero de 1994


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