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Hermanas y hermanos en la fe;
amigos y compañeros en la construcción de la paz.
Me dirijo a los hermanos y hermanas en la fe de la Iglesia y
también a los compañeros y amigos de la sociedad
civil que no comparten explícitamente esta misma fe, pero
que comparten los mismos anhelos de paz y reconciliación,
los mismos anhelos de cambio profundo que los cristianos llamamos,
como Jesús, anhelos de conversión.
En todo el país, los
cristianos nos unimos hoy en la celebración eucarística
para pedir a Dios el Don de la Paz, en este momento en que lo
sucedido en la región de Los Altos de Chiapas ha puesto
al descubierto una realidad: la paz en nuestro país, que
creíamos tan firme, mostró su fragilidad porque
estaba basada en una situación de injusticia, que aún
no superamos.
Vivimos momentos de angustia
ante la tensión de los primeros días del año
y ante la manera como estos hechos sacudieron nuestra conciencia.
El temor de que se pudiera desatar una espiral de violencia incontrolable
ha ido cediendo ante la urgencia de crear espacios de negociación
para una paz con justicia, a la que le estamos preparando el
camino con profunda esperanza.
Nuestra iglesia particular,
concretamente yo como su pastor, quiere asumir con lucidez el
llamado de Dios que nos convoca a ser ministros de la reconciliación.
Apoyado por todos ustedes, he asumido la tarea de mediador que
se me ha solicitado por parte del gobierno, por parte del Ejército
Zapatista de Liberación Nacional y, sobre todo, viendo
en ello un llamamiento de Dios mismo en la comunicación
entre las partes dialogantes y de testigo de calidad de la voluntad
de ambas partes.
Pero quiero dejar también
igualmente en claro que participo en estas negociaciones como
obispo que, no siendo juez, no renuncia a ser también
profeta, desde el compromiso último en el Padre de Nuestro
Señor Jesucristo y con su causa, que es la vida en plenitud
para todos sus hijos, particularmente para un pueblo que ha vivido
marginado de ella.
Han surgido signos alentadores
en este proceso de paz y reconciliación. Las partes beligerantes
han expresado su disposición al diálogo y han puesto
sus condiciones para ello. Los gobiernos federal y estatal han
dado pasos para establecer mecanismos de concertación.
El comisionado nacional para
la paz, designado por el señor Presidente de la República,
ha delineado una estrategia de solución negociada que
abarca, por parte del gobierno, la amnistía para todos
los implicados, de una u otra formas, en el conflicto armado,
y el compromiso de buscar, con una participación amplia
de los propios indígenas y de la ciudadanía, una
redefinición de la relación que la sociedad debe
establecer con los pueblos indígenas.
De parte de la iglesia, el nombramiento
de una comisión de obispos para colaborar con esta construcción
de la paz es también una esperanza. En cada uno de estos
niveles, se han dado pasos importantes para transformar en hechos
las palabras.
Esta etapa del proceso exige
seriedad y gran capacidad de diálogo y concertación
de ambas partes. Los legítimos representantes deberán
apresurar los caminos del diálogo a fin de establecer
los puntos de acuerdo y las áreas de discusión
para dar cauce operativo a las exigencias de la paz.
Todos queremos la paz. Es una
preocupación nacional expresada en marchas de solidaridad,
en opiniones vertidas en la prensa, aunque a veces esa voz resulte
deformada por algunos medios de comunicación social.
Todos queremos la paz. Es una
preocupación también internacional, expresada en
todos los comunicados de apoyo que hemos recibido en la Diócesis
y en lo que expresa la gran parte de la prensa internacional.
Pero también es cierto
que hay diferentes formas de querer la paz, y que algunas son
inaceptables. Se han oído voces que parecen plantear una
paz lograda mediante la supresión y el exterminio de aquellos
a quienes consideran enemigos. Esa paz no es la que quiere Dios
ni la que queremos nosotros.
Otros plantean una paz que volviera
todo a la situación anterior y que dejara todo igual,
superada la que considerarían una amarga pesadilla.
No es deseable volver atrás,
ni es viable tampoco. Lo que queremos es una paz que posibilite
avanzar hacia la construcción de un México nuevo,
estructurado por los grandes valores humanos de la fraternidad,
de la democracia, de la verdadera libertad, del respeto de todos
los derechos humanos para todos.
Entonces Chiapas se volvería
una luz para todo un país puesto en pie de vida, en pie
de democracia, de justicia y de libertad.
El Santo Padre nos recordó
recientemente, en ocasión de la Jornada Mundial de la
Paz: "¡La paz parece, a veces, una meta verdaderamente
inalcanzable! En un clima hostil por la indiferencia, y envenenado
frecuentemente por el odio, ¿cómo esperar que venga
una era de paz, que sólo los sentimientos de solidaridad
y amor pueden hacer posible? No obstante, no debemos resignarnos.
Sabemos que, a pesar de todo, la paz es posible porque está
inscrita en el proyecto divino originario" (Juan Pablo II,
1 de enero de 1994)
Queremos una paz dada por Dios
como don, que es lo que pediremos al Señor Jesús
dentro de unos momentos en la Eucaristía, y una paz que
él nos confía como una tarea: la tarea de la reconciliación
con Dios, con su proyecto de fraternidad, y la reconciliación
entre todos los hermanos, que exige la construcción de
la justicia. Porque esta reconciliación supone un cambio
real en la relación con Dios y con los demás.
No consiste en un mero cambio
real en la relación con Dios y con los demás. No
consiste en un mero cambio de sentimientos, sino en la transformación
de una situación objetiva. La paz con Dios está
en íntima relación con la paz interior y la paz
social y no puede desligarse e ellas, porque donde existen las
desigualdades sociales, políticas, económicas y
culturales, hay un rechazo al Señor de la historia.
Esa justicia supone compromisos
en distintos niveles. Supone la superación de la lucha
armada, para las partes contendientes, superación que
no consiste sólo en la amnistía, sino en la puesta
de condiciones a nivel global para que se superen las causas
estructurales que han estado a la base de este conflicto armado;
eso exige, como ha dicho el Papa Juan Pablo II, "transformaciones
audaces, profundamente innovadoras" (Discurso de Cuilpan,
1979), que seguramente no podrán ser resueltas en la mesa
de negociación y que habrán de tener garantías
dentro de un proceso de mediano plazo, y como parte del proceso
amplio de construcción de la paz a nivel no sólo
regional sino nacional e internacional.
Para los distintos estratos
de la sociedad, supone también la superación de
toda actitud de discriminación, de desprecio, de abuso,
de exclusión de los bienes que Dios nos dio para la vida
de todos sus hijos.
Supone actitudes de arrepentimiento
y de conversión para que sea posible el Reino de Dios
del que nos habló el evangelio de hoy, que ya está
a la puerta y que será una realidad, si le abrimos el
corazón de nuestras conciencias y el corazón de
nuestras estructuras sociales y eclesiales.
Supone acabar con los dinamismos
destructivos que han causado tantas expulsiones tan dolorosas
de hermanos indígenas por el hecho de pensar diferente
o de no tener la misma opción partidaria o de transformación
social y política de las condiciones imperantes en la
región.
Para nosotros, como Diócesis,
supone un trabajo muy profundo en el interior de las comunidades
que ayude a restañar heridas, a superar desconfianzas,
a vencer todo odio y todo resentimiento.
Supone de todos los agentes
de pastoral un trabajo hondo para construir, sin desanimarnos,
una unidad dentro de un sano pluralismo que respete a los diferentes
como diferentes, dentro de criterios básicos comunes de
compromiso por construir un mundo de relaciones, que se acerque
al ideal que Dios tiene para sus hijos.
Y supone, en el nivel nacional,
el compromiso de la sociedad civil para poner las condiciones
de democracia y de participación que garanticen para todos,
los básicos derechos humanos que corresponden a cada uno
en justicia, como miembros de un México nuevo.
Construir y mantener la paz
en la justicia es responsabilidad de todos.
Nadie puede eximirse de la obligación
de dar su mejor aporte desde el ámbito en que se encuentra:
los trabajadores organizados, los intelectuales, los estudiantes,
los partidos políticos y los servidores públicos,
las organizaciones populares, los movimientos indígenas
y campesinos, los movimientos de mujeres.
Todos debemos apresurarnos a
dar los primeros pasos significativos, actuando con responsabilidad.
Entonces sí la paz será pronto un hecho y no un
mero deseo inalcanzable.
En la búsqueda de esa
paz hemos de actuar movidos por un amor generoso y magnánimo,
dispuestos al perdón y a la reconciliación. El
amor a la vida y el amor al hermano, incluso el amor al enemigo,
son valores máximos de nuestra fe cristiana y del ejemplo
que nos dejó Jesús, y deben prevalecer sobre los
sentimientos de rencor o de venganza.
Estamos en el momento histórico
en el que ese amor puede manifestarse en toda su plenitud. Entonces
esta hora de crisis se convertirá en hora de gracia.
Hacemos un llamado especial
a nuestros hermanos que viven en una situación privilegiada,
lograda a veces como consecuencia de "un sistema económico
cuyo motor principal es el lucro, donde el hombre se ve subordinado
al capital... quedando su trabajo reducido a simple mercancía",
como nos advirtió el Papa en su discurso de Izamal, Yucatán.
Este es un llamado a construir
una paz duradera estando dispuestos a reconocer las injusticias
del "orden establecido", y a aceptar y llevar a cabo
las transformaciones necesarias de ese orden, aunque ello afecte
a sus intereses, con tal de favorecer a sus hermanos marginados
de ese sistema.
Quien más tiene debe
estar dispuesto a construir más, a fin de hacer justicia
a los que menos tienen. Con esto todos saldremos ganando.
"Nadie puede sentirse tranquilo
mientras el problema de la pobreza, que afecta a familias e individuos,
no haya encontrado una solución adecuada. La indigencia
es siempre una amenaza para la estabilidad social, para el desarrollo
económico y, en último término, para la
paz" (Juan Pablo II, Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero
de 1994).
Hemos de hacer justicia a nuestros
muertos. Si logramos realizar estos cambios hacia la justicia,
habremos puesto los cimientos firmes para la reconciliación
y su muerte no habrá sido en vano.
Hemos de hacer justicia a los
vivos injusticiados, para que no sigan en esa situación
de muerte que todos ahora lamentamos. Hemos de hacer justicia
a Dios, el Padre, y a su proyecto de vida para todos.
Todos nosotros, indígenas
y no indígenas, creyentes y no creyentes estamos llamados
a actuar en esta coyuntura con responsabilidad histórica.
El futuro está en nuestras manos. Podemos y debemos ahora
ser sujetos de la historia que Dios puso en nuestras manos para
que colaboremos a la construcción de su reino.
Termino con unas palabras del
Papa: "Conscientes de que la paz no se obtiene de una vez
para siempre, nunca debemos cansarnos de buscarla. Jesús,
con su muerte en la cruz, ha dejado su paz a la humanidad, asegurando
su permanencia siempre. Exijamos esta paz, recemos por esta paz,
trabajemos por ella" (Jornada Mundial de la Paz, 1994).
Homilía del obispo Samuel
Ruiz el domingo 23 de enero de 1994 en la Catedral de San Cristóbal
de las Casas, Chiapas. |