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DISCURSO DE MANUEL
CAMACHO SOLÍS EN QUE
RENUNCIA A SEGUIR
SIENDO COMISIONADO
PARA LA
PAZ EN CHIAPAS
Junio 16, 1994


Manuel Camacho Solís:

En recientes declaraciones sobre las negociaciones de paz en Chiapas, se me exige una explicación. Tratándose de un tema tan delicado, es necesario, efectivamente, hacer del conocimiento de la opinión pública la explicación:

Diez días de guerra causaron muertos, luto, más de 25 mil mexicanos refugiados y una caída equivalente al ocho por ciento de la producción de Chiapas.

El conflicto se extendía. Había terrorismo en el D.F. y en otros estados, movilizaciones crecientes, polarización social, incertidumbre económica y repudio internacional.

¿Tener una tregua pactada hoy, es igual a la situación que imperaba el 11 de enero? Una acción de fuerza no hubiera llevado a la solución del conflicto.

Cuando aceptamos ir a Chiapas, la opinión pública y cada uno de nosotros estuvimos conscientes de que frenar la guerra con acciones políticas tenía mínimas posibilidades de éxito.

Eso no había ocurrido en otras partes y no era previsible a partir de lo sucedido en los primeros días de enero.

Desde los primeros días se buscó el más amplio respaldo del gobierno, de cada una de las fuerzas políticas, del Congreso de la Unión, de los intelectuales, de líderes de opinión y de los medios, de las iglesias y de las organizaciones no gubernamentales.

Ello facilitó que se conformara un frente de opinión pública en favor de la paz, cuyas acciones fueron elevando el costo político de la guerra.

Frente a la decisión de guerra, de búsqueda del derrocamiento del gobierno, se fue configurando otra propuesta en el ámbito de los partidos y las instituciones: autonomía y limpieza electoral como vía para avanzar en la democracia; democracia como procedimiento para hacer cambios pacíficos.

El tema de la democracia fue siempre un punto especialmente delicado, porque extendía el tema de Chiapas al resto del país, y porque el avance democrático sólo puede sustentarse en la instituciones republicanas y en la amplia participación de la sociedad civil y no en un movimiento armado.

Este era el consenso de la propia sociedad civil al demandar la solución política del conflicto.

El acuerdo en favor de la paz, la juticia y la democracia, suscrito por los distintos partidos y los candidatos a la Presidencia de la República el 27 de enero, reivindicó para las instituciones republicanas y para la sociedad civil el tema de la democracia y permitió seguir avanzando en la búsqueda del diálogo por la paz y la reconciliación en Chiapas.

Lo ocurrido en Chiapas es una gran lección para el país: la modernización no puede dejar de lado las raíces culturales e históricas de México.

El cambio económico debe incluir respuestas a las necesidades de grupos sociales que han quedado al margen del desarrollo, por la misma dinámica de la economía.

La diversidad cultural y regional de México requiere de nuevas relaciones entre las instituciones y la sociedad nacional.

En estos meses se dieron pasos muy importantes en favor de la paz. Se ha mantenido invariable el cese de toda acción de fuego.

Se han ido restableciendo los cauces institucionales en la entidad; se están realizando reformas legales; se estarán creando nuevas instituciones para resolver los problemas de fondo. Existen garantías y una situación militar más estable.

Sin embargo, concluir que porque se han logrado estos avances por parte de Estado y sociedad, se han terminado los riesgos de inetabilidad, o concluir que se puede volver a los tiempos de antes, sería un error de apreciación política.

Si como sociedad política y como sociedad civil, no somos capaces de reconocer que Chiapas ha tenido un gran impacto; si no somos capaces de darnos cuenta que el país necesita crear otra forma de comunicación política, habríamos desaprovechado la alerta que significó Chiapas y podríamos estar enfrentando, en el futuro, condiciones más adversas, duras y generalizadas de inconformidad, en regiones más amplias del país.

De la misma manera que, frente al riesgo de la guerra, pudo darse una convergencia política y social en favor de la solución que se ha buscado, de una paz digna, hoy, la nación está en posibilidad de volver a unir sus fuerzas para reafirmar sus libertades; avanzar en la justicia; reiniciar el crecimiento de la economía y consolidar un cambio en sus instituciones políticas, que dé garantías a todos los intereses legítimos del país y permita también establecer mecanismos para canalizar inconformidades y aspiraciones de cambio democrático que, de no conducirse por vías legales y políticas, representarán un serio obstáculo al desarrollo del país y a su futuro.

No comento las evaluaciones que se han hecho sobre mi gestión al frente de la Comisión para la Paz y la Reconciliación en Chiapas, porque ello le corresponde a la sociedad.

En lo que hace a recientes declaraciones del candidato del PRI a la Presidencia, no pretendo responder a una crítica, sino precisar lo que percibo como una diferencia de fondo en un asunto central para el futuro del país.

Sus definiciones sobre el conflicto de Chiapas han debilitado la línea de la negociación política y el papel que podría seguir desempeñando este comisionado para dar nuevos pasos hacia la paz.

Para él, el problema se centra en que un pliego de peticiones se contestó y no se aceptó. Por tanto, el proceso de negociación falló.

Para nosotros, lo central era detener la violencia, evitar el reconocimiento de beligerancia, proteger el prestigio del Ejército Mexicano y desplazar la agenda del tema de la renuncia del Ejecutivo, al de nuevas respuestas a demandas justas y avances democráticos.

Es decir, ver el problema no sólo en términos de política social, sino de concepción política, para construir las condiciones de una paz digna y duradera que fuera aceptada por el EZLN, y así evitarle a Chiapas y a México los costos sociales de una guerra prolongada.

Si se alcanzó la tregua que hoy existe, ha sido por la declaración de cese a toda iniciativa de fuego ofensivo por parte del gobierno, pero no únicamente en otros conflictos, las treguas difícilmente se respetan.

Lo importante fue que logró desarrollarse un complejo proceso de decisiones para ir ganando la buena disposición del EZLN para escuchar y de diversas organizaciones para alcanzar los acuerdos sociales que han permitido recuperar condiciones de gobernabilidad.

Tuvo que haber un cuidado extremo, empezando por el manejo de las palabras para no dar pretextos a la otra parte de cerrarse a la comunicación.

Respecto a la forma, me parece que a ningún grupo social se le puede ordenar sentarse a dialogar sin su voluntad para dialogar, también hay que ponerse de acuerdo. Ese es el primer paso de una solución política.

En el caso de una organización clandestina y armada, la tarea es mucho más compleja, pues existe una ruptura originada por la pérdida total de confianza en el gobierno y sus condiciones de sobrevivencia limitan severamente cualquier posibilidad de encuentro.

Lograr una primera conversación exigió cerca de dos meses de atención concentrada, llena de riesgos e incertidumbres. También de la ejecución de una estrategia que, salvaguardando los intereses legítimos del Estado, escuchara sus posiciones.

Por otra parte, fue necesario buscar la convergencia de la sociedad civil y de la opinión pública nacional e internacional y hacer atractiva la posibilidad del diálogo.

El haber llegado al diálogo creó las condiciones para que se pudiera sostener la posibilidad de una salida política.

A manera de ejemplo, para el último encuentro que tuvimos cerca de Guadalupe Tepeyac, tuvimos que hacer un gran esfuerzo de aproximación que nos llevó más de un mes de trabajo.

Se ha llegado a un punto de garantías mutuas de no violencia con el que no se contaba el 12 de enero. Tener una tregua hoy, no es un fracaso.

Lo que sí sería fracaso es que por descuidos o cambios de línea se pusiera en riesgo la efectividad del método político, la estabilidad militar alcanzada en la zona, las garantías que el EZLN ha dado a la población civil de no realizar acciones violentas, la salvaguarda, sin uso de la fuerza de la línea fronteriza y el hecho de que el proceso de paz se esté conduciendo en México y por mexicanos.

La tregua es el camino a la paz; es un error equipararla, en el caso de Chiapas, a un simple aplazamiento de las acciones armadas.

Ello sólo podría ser así si el Estado mexicano resolviera emprender acciones armadas contra el EZLN, lo cual existiendo una salida política tendría un costo inaceptable para la sociedad.

Podría ser también que el EZLN decidiera reiniciar la guerra con el argumento de la lucha por la democracia, lo que significaría entrar en conflicto con una sociedad que ha respaldado la paz digna.

La tregua refleja una situación en la que para ambas partes, cualquier solución racional será necesariamente de naturaleza política.

De ahí que sólo la política pueda resolver el conflicto y que contraponer tregua existente a la paz total inmediata, sea ficticio.

Las vías son dos: el camino hacia la paz vía los acuerdos, o el camino de la guerra para alcanzar, por la vía de las armas, una victoria.

De ahí que el objetivo que nos planteamos ha sido construir con la mayor velocidad posible, una paz duradera a través de la política. El primer paso fue detener el derramamiento de sangre.

Impacientarse y forzar las cosas, nunca ha convenido. Movilizar a la población, por una "paz total inmediata" sin una estrategia consensual que sume a todas las fuerzas políticas y a la sociedad, sólo aumenta las tensiones.

La solución política implica que no hay paz imperativa, pues ésa sólo podría alcanzarse con la derrota militar completa del EZLN. La paz imperativa y la solución política no son compatibles, como tampoco lo son la democratización y la vía armada.

En la actual situación de Chiapas, la posición del candidato del PRI, por los efectos que ha tenido, se ha traducido en una especie de voto de censura sobre mi trabajo, que dificulta más aún la construcción de la paz.

Para alcanzar una estabilidad política y económica duradera, lo que el país necesita es conciliar los intereses legítimos con las aspiraciones sociales y de cambio democrático; no recurrir a la exclusión.

Para mí, actuar en la política, en México, no ha sido para dar órdenes a otros y ganar posiciones.

Para mí, la política es un instrumento fundamental de la sociedad para realizar sus propósitos; es evitar que se desintegre el poder y predominen las divisiones y los intereses. Hoy esto sólo es posible por la vía democrática.

Muchas gracias.

 

 

 

Discurso pronunciado por el comisionado para la Paz y la Reconciliación en Chiapas, Manuel Camacho Solís, el 16 de junio de 1994, en el Hotel Stouffer Presidente, de la Ciudad de México, luego de renunciar a su cargo ante el Presidente de México, Carlos Salinas de Gortari.
16 de junio de 1994


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