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Adormecidos por el calor, molidos
por los dos días y medio de camino (las últimas
cinco horas habían sido en sendero de terracería)
y más empolvados que un cocol, llegamos a la selva.
De pronto, el subcomandante
Marcos subió a nuestro camión y dijo: "Honorable
Congreso de la Unión..." La sorpresa nos dejó
atónicos (sic), pero rápidamente nos despavilamos
y estalló el relajo con chistes y una cálida bienvenida.
"En un momento iremos a
un pueblo de transgresores de la ley donde descargaremos y platicaremos
con más calma", nos dijo.
Viajamos por lo menos dos horas
más. Nunca supe dónde estuvimos, y es mejor así.
El alto mando zapatista dio órdenes muy precisas sobre
las normas de seguridad para el resto del recorrido: luces apagadas
dentro del autobús, todos sentados, prohibición
absoluta de bajar del camión y fotografiar, sobre todo
con flash, pues éste puede denunciar la posición
de los insurgentes a los satélites y avionetas que los
vigilan.
Era medianoche y la población
se quedó en sus casas; no los vimos. Un batallón
zapatista nos dio un saludo militar presentando armas. Se dice
que son armas de alto poder, pero parecían rifles de feria.
Seguro que una resortera tiene más potencia.
Me impresionó estar tan
cerca de los zapatistas y descubrir que en su mayoría
son muy jovencitos, de metro y medio de estatura y muy delgaditos,
por no decir mal nutridos, pero a pesar de su constitución
física tienen una presencia y aplomo admirables.
Había muchas jovencitas
de trenza y pasamontañas. Alguien preguntó cuál
era la diferencia entre los que traían paliacate y pasamontañas
y el sub contestó que unos alcanzaron pasamontaña,
los otros no.
No habíamos comido nada
en todo el día. Los chilangos se quejaban de tener el
estómago vacío, precisamente con quienes milenariamente
no tienen que comer.
Para consolarlos se les dijo:
"El hambre y la sed es la misma hasta Guatemala". Un
periodista alemán preguntó: ¿dónde
está el baño? Los tzetzales (sic) rieron hasta
las lágrimas.
Era demasiado tarde para regresar
a San Cristóbal y aún no habíamos descargado
las 200 toneladas de comida, medicinas y ropa que llevábamos
para las comunidades que quedaron del otro lado del cerco militar
y ganadero, en la llamada zona de conflicto, allá donde
no llega nada y el hambre, esa milenaria compañera, hace
más estragos que nunca.
Las cosechas se perdieron y
no se pudo sembrar la nueva; el cerco impide el comercio y el
trueque. La situación es desesperante y la desnutrición
tal, que cualquier enfermedad consume a los campesinos en horas.
Además de las donaciones,
era importante hacer acto de presencia para mostrar nuestro apoyo
moral. Es inhumano dejar que esos indios mueran por un sitio
de hambre, muy parecido al que sufrió Leningrado a manos
de los nazis, o Puebla con los franceses.
Se nos invito a pasar la noche
allá para al día siguiente descargar la ayuda humanitaria
y en la noche participar en la fiesta que los pobladores organizaron
en nuestro honor. Estaba tan cansada que no me importó
dormir en un establo, muy cerca de un hormiguero.
Me picó una araña
y me dejó un tobillo de elefante, pero de ahí no
pasó. Lo malo son las nauyacas o siete narices. Son serpientes
venenosísimas.
Nos contaba el Sub de un insurgente
que caminando por la selva se topó con una. Lo mordió
en el empeine; como su bota no tenía lengüeta, los
colmillos del ofidio penetraron. El zapatista tomó su
machete y trató de amputarse el pie, pero no pudo. El
chorro de sangre salió disparado.
Sus compañeros lo atendieron
y le salvaron la vida. En medio del susto aquel, el insurgente
se disculpaba ante el alto mando, pues no había afilado
su machete esa mañana como se había ordenado; por
esa razón no pudo cortarse el pie.
Marcos nos contó esta
anécdota estremecido por el sentido del deber de su compañero.
"No hombre, pero cómo pides perdón. Olvídalo,
alegrémonos de que estés vivo".
Cuando amaneció pudimos
ver el lugar donde estábamos. Se me encogió el
corazón. Nunca había visto gente tan pobre. No
tienen nada, Sus casitas son de techo de palma y ramas; las paredes,
de palos, y el piso de tierra. No tienen muebles, ni una mesa
siquiera.
¡Pa' su madre! Ahora entiendo
su deseperación. Y estos hombres tan pobres, que no tienen
absolutamente nada, se levantan en armas y no sólo plantean
demandas locales (agua, energía eléctrica, escuelas,
hospitales, etc.), sino demandas nacionales, es decir para todos
los mexicanos, como el derecho a escoger a sus gobernantes y
una reforma agraria efectiva para todos los indios y campesinos
del país.
Nos quedamos tres días
y dos noches; en ese lapso quedé convencida de que las
versiones que circulan en la prensa sobre la "manipulación
de los indios por fuerzas oscuras" son puras mentiras. La
gente está muy consciente de lo que hace, del porqué
lo hace y a dónde quiere llegar.
Al subcomandante Marcos se le
presenta como el "engañador"; sin embargo no
es más que un vocero. Las comunidades deciden en asambleas
(y asientan en actas) lo que quieren hacer.
Se habla mucho en la prensa
del protagonismo de Marcos, pero en buena parte los periodistas
son responsables de que la información se enfoque hacia
él. No sé si es racismo o simplemente ceguera,
pero la prensa sólo se interesa por entrevistas con el
sub, nada más.
No quieren hablar ni con la
tropa, ni con los ancianos, ni las mujeres. Aunque pasen horas
en un retén del EZLN, son incapaces de platicar con los
guardias.
En lo particular, pienso que
uno de los atractivos de Marcos es que es un puente entre dos
mundos: el de los indios y el de los blancos, mejor dicho, de
los occidentales. El ha vivido diez años con ellos. Habla
su idioma, los conoce y a los no-indios puede explicarnos muchas
cosas que ni nos imaginamos.
Los indios le tienen confianza
y respeto; de hecho, la única autoridad que vale es la
moral. Los insurgentes no reciben salario, ni privilegios; al
contrario, han dejado sus pueblos, a sus familias, para pasar
aventuras de terror en la selva, ser perseguidos como animales
de caza y no tener siquiera la esperanza de salir vivos. Por
esta razón, su concepción de la muerte es distinta
a la de nosotros y su alegría de vivir, tan intensa.
Los preparativos para la fiesta,
que ellos llaman "alegría", empezaron a las
cuatro de la mañana. Matamos una vaca y desde las cinco
de la mañana toda la comunidad limpió frijol (donado
por nosotros, modestia aparte). Se invitó a indios de
otros pueblos. Vinieron a pie, caminaron varios días y
para muchos la "alegría" fue tristeza porque
llegaron dos días después de que había terminado.
Entre todos los chilangos descargamos
los camiones, mientras José de Molina nos deleitaba con
su guitarra y sus mordaces canciones, hasta que una viejitas
empezaron a corear: "Que trabaje, que trabaje...",
y se puso a cargar bultos.
Como era de esperarse estalló
la bronca cuando algunos brutos no acataron la orden de no fotografiar
(para la seguridad de todos). Se les dio un jalón de orejas
y no pasó a más.
Como a las dos de la tarde llegaron
los zapatistas. Marcharon y nos dieron otro emotivo saludo militar
bajo un sol que era como plomo derretido. Seguíamos con
el estómago vacío. La temperatura era de 40 grados
a la sombra, y no había sombra.
A pesar de que nos estábamos
achicharrando, nadie perdió el entusiasmo o el conocimiento.
En una tórrida ceremonia de bienvenida, los voceros de
las 150 organizaciones que integraron la Caravana de Caravanas
manifestaron su apoyo a las demandas de los rebeldes.
Más tarde, el subcomandante
Marcos dio un discurso en el que explicaba el porqué las
comunidades no aceptaron formar la paz en los términos
que proponía el gobierno. Esencialmente, la negativa se
debió a que los zapatistas no confían en el gobierno.
No cumplió lo prometido
ni accedió a las demandas de carácter nacional,
como la reforma agraria efectiva y la renuncia del presidente
(Carlos) Salinas y su gabinete. Los zapatistas piensan que el
gobierno no debe ser interlocutor, sino la sociedad civil.
Todos aquellos que quieran una
patria con paz, justicia y democracia deben organizarse y gobernarse
a sí mismos.
En ese discurso hizo la propuesta
de una Convención Nacional donde los diversos sectores
de la sociedad --dejando fuera al gobierno-- dialoguen, hagan
un plan de trabajo y de acción para hacer oir su voz y
tomar el lugar que le corresponde en la dirección del
país.
Es la única alternativa
a la guerra, que no sería del EZLN contra el gobierno,
sino que habría muchos ejércitos y un baño
de sangre como en Yugoslavia. La única alternativa a la
guerra civil es que el gobierno permita que haya procesos de
elección democráticos.
Cuando el sol se metió,
empezó la fiesta. llegaron indios de todos lados. Las
mujeres se habían bañado en el río y aún
tenían su larga cabellera húmeda. Los trajes eran
de colores muy chillantes y de una elegancia muy sobria.
Con un acumulador de automóvil
como fuente de energía, se conectó un tocadiscos
que estaba medio descompuesto y sólo funcionaba con 45
revoluciones; lo malo es que los discos eran de 33 revoluciones
y se oían muy rápido, tanto, que las polcas las
tuvimos que bailar como si fueran merengues dominicanos cantados
por las ardillitas de navidad.
Eso a nadie le importó.
Todo mundo bailó. Lo único incómodo del
bailongo fueron los pisotones y los riflazos de los zapatistas;
estábamos totalmente a oscuras y obviamente nadie soltó
su rifle para bailar.
Las avionetas sobrevolaban el
campamento insurgente, pero como ellos dicen: "A todo nos
acostumbramos". Aquella fiesta fue memorable. Todos estábamos
verdaderamente felices y para muchos indios fue su primer contacto
con gente de la ciudad.
A veces necesitábamos
traductor para platicar con ellos, pero aún así
hubo un acercamiento muy significativo. La fiesta duró
toda la noche, y los chilangos comenzaron el viaje de regreso
a las cinco de la mañana. Habíamos roto el cerco
militar y esto fue nuestro principal orgullo.
Uno de los grupos de la Caravana
de Caravanas es la Caravana Ricardo Pozas, integrada por estudiantes
universitarios de la UNAM, UAM, ITAM y otras instituciones de
educación superior.
Nosotros juntamos 40 toneladas
de ayuda humanitaria, pero a nuestro trailer se le poncharon
tres llantas y con la Caravana de Caravanas sólo pudimos
llevar 10 toneladas, así que decidimos regresar a aquella
zona dos días después de la fiesta.
Teníamos miedo de que
los ganaderos nos secuestraran, asaltaran y hasta lincharan --como
el 18 de febrero pasado-- pero aún así, hicimos
de "tripas corazón" y regresamos a la selva
con la ayuda que faltaba.
Después de descargar,
ya que estábamos a punto de regresar, el subcomandante
Marcos se nos apareció. ¡Qué sorpresa! Llegó
solo. Se puso a platicar con nosotros sobre el viaje y la fiesta.
Conversamos toda la noche.
Nos dijo que la policía
se había asustado cuando vio la columna de camiones (la
caravana), pues pensaron que los zapatistas iban a atacar Ocosingo
nuevamente.
Nos preguntó:
SUBCOMANDANTE MARCOS.- ¿Les
revisaron en el retén militar?
ENTREVISTADOR.- Sí. Bajaron
la mitad de la carga de cada camión, pasaron el detector
de metales, hicieron una lista con nuestros nombres y nos tomaron
muchas fotos, y nosotros hasta posábamos. Los militares
estaban muy intrigados al ver a 400 personas entrar a la selva.
Imagínate si no regresamos, si nos quedamos acá.
SUBCOMANDANTE MARCOS.- ¡Qué
horror! ¡Pobre selva!
ENTREVISTADOR.- Oye, tampoco
somos tan bestias. Si Marcos aprendió, nosotros también.
SUBCOMANDANTE MARCOS.- Uyyy,
eso dolió.
ENTREVISTADOR.- ¿Oye,
y la comunidad cómo sintió nuestra visita?
SUBCOMANDANTE MARCOS.- Se aterrorizó.
Pensó que eran los tanques.
ENTREVISTADOR.- ¿Neta?
SUBCOMANDANTE MARCOS.- Sí.
El camión más grande que han visto en su vida es
de tres toneladas. El torton se oía desde lejos y pensaron:
"¡Puta, nos cayeron!". El compañero del
retén que se adelantó con los periodistas olvidó
avisar a la comunidad que venía más gente de la
ciudad.
SUBCOMANDANTE MARCOS.- ¿Qué
fue lo que hicieron que la comunidad después estuvo tan
contenta?
ENTREVISTADOR.- Bailamos e intercambiamos
regalos.
SUBCOMANDANTE MARCOS.- Algunos
se quejaron de que las chavas de la ciudad no querían
bailar con ellos.
ENTREVISTADOR.- ¡No, al
contrario! Nosotras teníamos casi que obligarlos a bailar.
SUBCOMANDANTE MARCOS.- Yo le
pregunté a las guerrilleras por qué no bailaban
y me respondieron que no les había llegado la orden.
ENTREVISTADOR.- Uyyy ¡Qué
celoso!
SUBCOMANDANTE MARCOS.- Es que
aquí orden quiere decir permiso.
ENTREVISTADOR.- Hubieras visto
cómo Sharon Stone impresionó a tus soldados. Este
autobús trae una videocasetera pero por razones obvias
el chofer no pudo ver la película 'Bajos Instintos' en
el camino, así que, durante el baile, Chucho puso la película.
Algunos de nuestros compañeros
tenían que limpiar el camión y muy amablemente
unos zapas (zapatistas) se ofrecieron para ayudarlos. La película
corría y los zapatistas se quedaron hipnotizados por los
contoneos de Sharon Stone. Cada vez llegó más tropa
y se llenó el camión (hubo permanencia voluntaria).
SUBCOMANDANTE MARCOS.- Con razón
estaban diciendo: "¡¿Ya vieron cómo
montan caballo en la ciudad?!" La otra vez trajimos un video
a la selva --no el de 'Bajos Instintos'--, sino uno más
arriba de la cintura: Elpidio Valdés, de Cuba. Los compas
lo vieron y no les gustó. Al final me dijeron: "¡Qué
raros son los cubanos!, mejor ponnos una película de gente
como nosotros. (Elpidio Valdés son dibujos animados)".
Acá la selva es otra
onda, de veras otro mundo. Por ejemplo, cuando estalló
la Guerra del Golfo Pérsico, los compañeros se
alarmaron mucho sobre los bombardeos. Todos estaban bien preocupados
y rezaban hasta que alguien del Comité preguntó:
-- "¿Dónde
está Irak?
-- Muy lejos.
-- ¿Qué tan lejos?
-- Requetelejos.
-- ¿Más allá
de Tuxtla?
-- Sííí,
mucho más pa' allá.
-- ¡Ah bueno, tons no
hay problema!"
SUBCOMANDANTE MARCOS.- Pues
sí muchachos, de veras qué bueno que vinieron.
Ahorita los soldados han de estar divertidísimos con ustedes.
Cuando vuelvan a leer en los periódicos que sale otra
Caravana de Caravanas, van a decir: "¡Ni madres, yo
pido mi cambio a otro lado!"
Ese día que estaban en
la fiesta declaró el comandante que no hay cerco, que
la gente trae lo que quiera, que incluso ustedes pudieron haber
contrabandeado rifles R-15, AKA 47 (sic), escopetas, etc. "No
los revisamos" --decía la nota.
ENTREVISTADOR.- ¡Ah qué
mentira!
SUBCOMANDANTE MARCOS.- De todos
modos revisan muy mal. Les da güeva.
ENTREVISTADOR.- Pero pobres
cuates. El que cargaba bultos bajó empapado en sudor.
SUBCOMANDANTE MARCOS.- Pues
nuevamente, qué gusto volverlos a ver y saber que la Ricardo
Pozas está bien.
ENTREVISTADOR.- Pues ya que
lo mencionas, te trajimos una de nuestras playeras. Haber (sic)
si así ya te cambias de ropa.
Revista JUEVES DE EXCELSIOR
14 de julio de 1994
Entrevista y comentarios
del Subcomandante Marcos
Por Marta Durán de Huerta Patiño |