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CRÓNICA DE LA SALIDA DEL
SUBCOMANDANTE MARCOS
DE SAN CRISTÓBAL
DE LAS CASAS,
POR JAIME AVILÉS
Marzo 3, 1994


San Cristóbal de las Casas, Chis., 3 de marzo.- Dos aerotaxis, el segundo tres minutos después del primero, surgieron sobre las montañas al oriente de Ocosingo, en los momentos en que el Subcomandante Marcos decía a los periodistas que le habían preguntado si estaba satisfecho con los resultados de las pláticas en la "Catedral de la Paz": "Ahorita nada más podemos decir que estamos contentos de haber salido con vida y de haber llegado con vida hasta acá".

El ruido del avión rebanó la frase en la palabra "acá". Marcos volteó la cara hacia el vehículo del cielo e intentó proseguir, pero los reporteros también veían alelados la silueta ominosa del mosquito. A pocos metros de ahí, repentinamente pálidos, el obispo Samuel Ruiz y el licenciado Manuel Camacho Solís perdieron el habla, esperando que del aire de pronto empezara a llover la muerte.

Marcos añadió: "Hasta que las comunidades no digan qué posición van a tomar sobre las propuestas del Gobierno federal, nosotros no podemos decir nada".

La avioneta se estaba alejando. Otro periodista dijo: "¿Por qué abandonaste ayer el estrado, antes que terminara la ceremonia en la Catedral? El subcomandante disimuló un resoplido, aflojó el cuerpo y metió los pulgares bajo las correas de la mochila que le ceñían las clavículas.

"Pero, ¿cómo? Si ya se había acabado. Y como hicimos el acuerdo de que no iba a haber preguntas de ustedes... pues por eso me fui; no sé qué pasó después".

"¿Estuvo bien el dispositivo de seguridad?", le preguntó un tercer periodista, y en ese instante, antes de hacerse visible, se anunció el segundo avión. El obispo y el licenciado se engarrotaron de nuevo.

Alguien supuso: es una acción comando; la primera nave estableció el objetivo exacto y ahora el piloto de la segunda está recibiendo las coordenadas por radio...

Pero la segunda avioneta cruzó tan indiferente y pacífica como la anterior, y cuando se esfumó en la transparencia de la mañana, sólo las grabadoras sabían que el Subcomandante había declarado con rapidez:

-- "Sí, fue un dispositivo excelente".

Eran las nueve y media de la mañana y la misión de la Cruz Roja Internacional estaba a punto de culminar con el mejor de los éxitos, luego de una serie de movimientos que fueron calculados y ejecutados con extraordinaria exactitud, sin dejar de tener un leve toque de puntualidad a la mexicana.

Porque todo el mundo estaba citado a las cinco en punto de la mañana a la puerta del palacio municipal de San Cristóbal, y cuando unos y otros comenzamos a vernos las caras enrojecidas de agua de lavamanos y los ojos hinchados de sueños inconclusos, las camionetas de la Cruz Roja internacional así como las patrullas de la Federal de Caminos y los autobuses de la Cristóbal Colón que llevarían a la prensa ronroneaban desdibujados bajo la niebla que rodaba de las montañas sobre las tejas de la ciudad.

El primer convoy debía partir a las cinco y media de la mañana y el segundo a las seis menos quince, pero mientras tiritábamos formados en fila para ser revisados por los voluntarios del cordón de seguridad, una voz jactanciosa empezó a presumir que el grueso de la delegación zapatista se había ido por sorpresa a las tres y cuarto.

"¿Y Marcos?", preguntaba una reportera con una voz que era como un maullido. "¿Y Marquitos? ¿A poco ya se me peló Marquitos?".

5:30 y sereno. El autobús del primer convoy se estacionó ante la puerta de la Catedral que da al parque, rodeado aún por los soldados de la Policía Militar y los abnegados vigías de las organizaciones no gubernamentales y los socorristas de la Cruz Roja, que en esa hora infame cumplían 15 mil 70 minutos ininterrumpidos de guardia en torno del templo y de la mesa del diálogo, trece días y veintidós horas en posición de firmes como pacíficos postes, de día y de noche, bajo el cobre fundido del sol y a merced del viento y a veces también bajo la llovizna.

Alguien dio finalmente la orden de subir al autobús.

5:55, decía un reloj en la muñeca de un colega: tercia de cincos, pensé, buen augurio, y busqué un asiento. Los fotógrafos se apoderaron de las ventanillas y los demás nos preparamos a contemplar el escenario donde, en pocos minutos más, tal vez veríamos caer a los zapatistas acribillados por las balas de un francotirador, como había ocurrido tantas veces en las fantasías que habían torturado a Marcos en los días previos.

La puerta de la Catedral se abría y cerraba con tímida lentitud, como las vulvas de una almeja indecisa, y lo que se distinguía de repente era la silueta de alguien sin máscara y de "walkie-talkie", que aguardaba envuelto en un zarape azul.

Faltaba un minuto para las seis cuando los vehículos de la Cruz Roja se apostaron en sus sitios, pero en lugar de los zapatistas, del templo brotaron varios ayudantes del obispo cargados con huacales y costales de yute que fueron a dar al interior de una camioneta.

Y entonces sí, a las seis y cinco, después de asomarse como ratoncitos asustados y mirando a izquierda y derecha con sus pasamontañas verdes de algodón tejido, salieron Juan, Federico y Eduardo y creciéndose ante el peligro hipotético irguieron el cuerpo y sacaron el pecho y saludaron a los periodistas "con honor y verdad" en cuanto pisaron la escalinata de piedra, y aunque era imposible comprobarlo estoy seguro que sonreían.

Eran tres y se fueron cada uno en un vehículo, como potentados. En cuanto cerráronse las portezuelas, las llantas procedieron a dar giros, y nos fuimos entre los bostezos de todos los que llenaban las calles y de algún modo inaudible aplaudían y vitoreaban con fumarolas de vapor, sin suponer los decepcionados gemidos de la felina reportera que insistía en lamentarse porque, "ay, qué lástima que no nos tocó acompañar a Marquitos. Ay... que pinche suerte". Y a nadie se le ocurrió amordazarla.

A las seis y media, con procedimientos que no puedo suponer distintos, partió el segundo convoy. Mientras el primero corría sobre la carretera a Teopisca y atravesaba los campos de niebla rumbo a Comitán para desde allí desviarse a Las Margaritas y enfilar hacia Guadalupe Tepeyac en la puerta de la Lacandona, la segunda caravana salió de San Cristóbal, pasó frente a la base militar de Rancho Nuevo, torció a la izquierda para coger el camino hacia Oxchuc y Altamirano, y desdeñó los retenes de los bordes de Ocosingo, para bajar entonces por la serpentina de curvas de la ruta a Palenque. Pero antes, como veinte kilómetros antes de la cuchilla para Yajalón, se metió por una brecha rumbo a San Miguel, pegando brincos en los baches de la terracería.

Iban, en esa comitiva, ocho delegados del EZLN en una combi y en una Ram 4x4, apretadísimos naturalmente, y detrás de ellos, defensa con defensa, la camioneta de Manuel Camacho que manejaba él mismo y charlaba con don Samuel, quien a su vez admiraba la niebla y los colores del paisaje y alababa al Dios de la Paz, que había invocado en su última alocución de la víspera, y el mundo era sin duda bueno y se podían esperar cosas grandes y maravillosas del corazón de los hombres.

"¿Y Marcos?", le preguntaron los periodistas, una vez que se detuvieron los carros y se apagaron los motores y se encendieron los grillos. "¿Y Marcos?", repitieron mirando a los ocho zapatistas, que los veían incrédulos de haber tenido tanta suerte y gozado de mejor protección. "¿Y Marcos?". El obispo les respondió con una sonrisa y encogiendo los hombros se hizo como si la Virgen le hablara.

Marcos bajó de la combi, siempre fumando en pipa, y se dirigió a don Samuel para estrecharle la mano; luego se despidió de Camacho, que iba de mezclilla y con el mismo suéter azul del día anterior. Entonces, el Subcomandante recogió las palmas y los dedos que le tendían los chicos de la prensa, contestó a sus últimas preguntas a la vez que irrumpían los aviones y el aire se llenaba de adrenalina, y cuando retornó la tranquilidad, los zapatistas tomaron la vereda que apuntaba hacia la selva y, fuera del guión, echaron a andar tras ellos los reporteros.

"¿Quién manda aquí?", preguntó Marcos, encabronado, en voz alta, después de varios bromistas intentos por detenerlos. "El que dé un paso más no entra el domingo a la selva". Los periodistas entendieron que el Subcomandante les estaba formulando una invitación y dejaron de seguirlo. Los combatientes empezaron a alejarse a buen tranco y antes de disolverse en el horizonte inmediato, se vieron copados por nuevas formas humanas que se desprendían del follaje, cubiertas de paliacates y armados de fusiles.

 

 

Periódico EL FINANCIERO
4 de marzo de 1994
Salida del Subcomandante Marcos
de San Cristóbal de las Casas
Por Jaime Avilés, enviado


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