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San Cristóbal de las
Casas, Chis., 3 de marzo.- Dos aerotaxis, el segundo tres minutos
después del primero, surgieron sobre las montañas
al oriente de Ocosingo, en los momentos en que el Subcomandante
Marcos decía a los periodistas que le habían preguntado
si estaba satisfecho con los resultados de las pláticas
en la "Catedral de la Paz": "Ahorita nada más
podemos decir que estamos contentos de haber salido con vida
y de haber llegado con vida hasta acá".
El ruido del avión rebanó
la frase en la palabra "acá". Marcos volteó
la cara hacia el vehículo del cielo e intentó proseguir,
pero los reporteros también veían alelados la silueta
ominosa del mosquito. A pocos metros de ahí, repentinamente
pálidos, el obispo Samuel Ruiz y el licenciado Manuel
Camacho Solís perdieron el habla, esperando que del aire
de pronto empezara a llover la muerte.
Marcos añadió:
"Hasta que las comunidades no digan qué posición
van a tomar sobre las propuestas del Gobierno federal, nosotros
no podemos decir nada".
La avioneta se estaba alejando.
Otro periodista dijo: "¿Por qué abandonaste
ayer el estrado, antes que terminara la ceremonia en la Catedral?
El subcomandante disimuló un resoplido, aflojó
el cuerpo y metió los pulgares bajo las correas de la
mochila que le ceñían las clavículas.
"Pero, ¿cómo?
Si ya se había acabado. Y como hicimos el acuerdo de que
no iba a haber preguntas de ustedes... pues por eso me fui; no
sé qué pasó después".
"¿Estuvo bien el
dispositivo de seguridad?", le preguntó un tercer
periodista, y en ese instante, antes de hacerse visible, se anunció
el segundo avión. El obispo y el licenciado se engarrotaron
de nuevo.
Alguien supuso: es una acción
comando; la primera nave estableció el objetivo exacto
y ahora el piloto de la segunda está recibiendo las coordenadas
por radio...
Pero la segunda avioneta cruzó
tan indiferente y pacífica como la anterior, y cuando
se esfumó en la transparencia de la mañana, sólo
las grabadoras sabían que el Subcomandante había
declarado con rapidez:
-- "Sí, fue un dispositivo
excelente".
Eran las nueve y media de la
mañana y la misión de la Cruz Roja Internacional
estaba a punto de culminar con el mejor de los éxitos,
luego de una serie de movimientos que fueron calculados y ejecutados
con extraordinaria exactitud, sin dejar de tener un leve toque
de puntualidad a la mexicana.
Porque todo el mundo estaba
citado a las cinco en punto de la mañana a la puerta del
palacio municipal de San Cristóbal, y cuando unos y otros
comenzamos a vernos las caras enrojecidas de agua de lavamanos
y los ojos hinchados de sueños inconclusos, las camionetas
de la Cruz Roja internacional así como las patrullas de
la Federal de Caminos y los autobuses de la Cristóbal
Colón que llevarían a la prensa ronroneaban desdibujados
bajo la niebla que rodaba de las montañas sobre las tejas
de la ciudad.
El primer convoy debía
partir a las cinco y media de la mañana y el segundo a
las seis menos quince, pero mientras tiritábamos formados
en fila para ser revisados por los voluntarios del cordón
de seguridad, una voz jactanciosa empezó a presumir que
el grueso de la delegación zapatista se había ido
por sorpresa a las tres y cuarto.
"¿Y Marcos?",
preguntaba una reportera con una voz que era como un maullido.
"¿Y Marquitos? ¿A poco ya se me peló
Marquitos?".
5:30 y sereno. El autobús
del primer convoy se estacionó ante la puerta de la Catedral
que da al parque, rodeado aún por los soldados de la Policía
Militar y los abnegados vigías de las organizaciones no
gubernamentales y los socorristas de la Cruz Roja, que en esa
hora infame cumplían 15 mil 70 minutos ininterrumpidos
de guardia en torno del templo y de la mesa del diálogo,
trece días y veintidós horas en posición
de firmes como pacíficos postes, de día y de noche,
bajo el cobre fundido del sol y a merced del viento y a veces
también bajo la llovizna.
Alguien dio finalmente la orden
de subir al autobús.
5:55, decía un reloj
en la muñeca de un colega: tercia de cincos, pensé,
buen augurio, y busqué un asiento. Los fotógrafos
se apoderaron de las ventanillas y los demás nos preparamos
a contemplar el escenario donde, en pocos minutos más,
tal vez veríamos caer a los zapatistas acribillados por
las balas de un francotirador, como había ocurrido tantas
veces en las fantasías que habían torturado a Marcos
en los días previos.
La puerta de la Catedral se
abría y cerraba con tímida lentitud, como las vulvas
de una almeja indecisa, y lo que se distinguía de repente
era la silueta de alguien sin máscara y de "walkie-talkie",
que aguardaba envuelto en un zarape azul.
Faltaba un minuto para las seis
cuando los vehículos de la Cruz Roja se apostaron en sus
sitios, pero en lugar de los zapatistas, del templo brotaron
varios ayudantes del obispo cargados con huacales y costales
de yute que fueron a dar al interior de una camioneta.
Y entonces sí, a las
seis y cinco, después de asomarse como ratoncitos asustados
y mirando a izquierda y derecha con sus pasamontañas verdes
de algodón tejido, salieron Juan, Federico y Eduardo y
creciéndose ante el peligro hipotético irguieron
el cuerpo y sacaron el pecho y saludaron a los periodistas "con
honor y verdad" en cuanto pisaron la escalinata de piedra,
y aunque era imposible comprobarlo estoy seguro que sonreían.
Eran tres y se fueron cada uno
en un vehículo, como potentados. En cuanto cerráronse
las portezuelas, las llantas procedieron a dar giros, y nos fuimos
entre los bostezos de todos los que llenaban las calles y de
algún modo inaudible aplaudían y vitoreaban con
fumarolas de vapor, sin suponer los decepcionados gemidos de
la felina reportera que insistía en lamentarse porque,
"ay, qué lástima que no nos tocó acompañar
a Marquitos. Ay... que pinche suerte". Y a nadie se le ocurrió
amordazarla.
A las seis y media, con procedimientos
que no puedo suponer distintos, partió el segundo convoy.
Mientras el primero corría sobre la carretera a Teopisca
y atravesaba los campos de niebla rumbo a Comitán para
desde allí desviarse a Las Margaritas y enfilar hacia
Guadalupe Tepeyac en la puerta de la Lacandona, la segunda caravana
salió de San Cristóbal, pasó frente a la
base militar de Rancho Nuevo, torció a la izquierda para
coger el camino hacia Oxchuc y Altamirano, y desdeñó
los retenes de los bordes de Ocosingo, para bajar entonces por
la serpentina de curvas de la ruta a Palenque. Pero antes, como
veinte kilómetros antes de la cuchilla para Yajalón,
se metió por una brecha rumbo a San Miguel, pegando brincos
en los baches de la terracería.
Iban, en esa comitiva, ocho
delegados del EZLN en una combi y en una Ram 4x4, apretadísimos
naturalmente, y detrás de ellos, defensa con defensa,
la camioneta de Manuel Camacho que manejaba él mismo y
charlaba con don Samuel, quien a su vez admiraba la niebla y
los colores del paisaje y alababa al Dios de la Paz, que había
invocado en su última alocución de la víspera,
y el mundo era sin duda bueno y se podían esperar cosas
grandes y maravillosas del corazón de los hombres.
"¿Y Marcos?",
le preguntaron los periodistas, una vez que se detuvieron los
carros y se apagaron los motores y se encendieron los grillos.
"¿Y Marcos?", repitieron mirando a los ocho
zapatistas, que los veían incrédulos de haber tenido
tanta suerte y gozado de mejor protección. "¿Y
Marcos?". El obispo les respondió con una sonrisa
y encogiendo los hombros se hizo como si la Virgen le hablara.
Marcos bajó de la combi,
siempre fumando en pipa, y se dirigió a don Samuel para
estrecharle la mano; luego se despidió de Camacho, que
iba de mezclilla y con el mismo suéter azul del día
anterior. Entonces, el Subcomandante recogió las palmas
y los dedos que le tendían los chicos de la prensa, contestó
a sus últimas preguntas a la vez que irrumpían
los aviones y el aire se llenaba de adrenalina, y cuando retornó
la tranquilidad, los zapatistas tomaron la vereda que apuntaba
hacia la selva y, fuera del guión, echaron a andar tras
ellos los reporteros.
"¿Quién manda
aquí?", preguntó Marcos, encabronado, en voz
alta, después de varios bromistas intentos por detenerlos.
"El que dé un paso más no entra el domingo
a la selva". Los periodistas entendieron que el Subcomandante
les estaba formulando una invitación y dejaron de seguirlo.
Los combatientes empezaron a alejarse a buen tranco y antes de
disolverse en el horizonte inmediato, se vieron copados por nuevas
formas humanas que se desprendían del follaje, cubiertas
de paliacates y armados de fusiles.
Periódico EL FINANCIERO
4 de marzo de 1994
Salida del Subcomandante Marcos
de San Cristóbal de las Casas
Por Jaime Avilés, enviado |