Ejército Zapatista
de Liberación Nacional
México
Al niño Miguel A. Vázquez
Valtierra.
La Paz, Baja California Sur, México.
Del Subcomandante Insurgente
Marcos.
Montañas del sureste mexicano,
Chiapas, México.
Miguel:
Tu mamá me entregó
tu carta junto con la foto donde sales con tu perro. Aprovecho
que tu mamá va de regreso a tu tierra para escribirte
estas líneas apresuradas que, tal vez, no alcances a entender
todavía.
Sin embargo, estoy seguro que
algún día, como en el que escribí lo que
aquí te pongo, entenderás que es posible que existan
hombres y mujeres como nosotros, sin rostro y sin nombre, que
lo dejan todo, hasta la vida misma, para que otros (niños
como tú y que no son como tú) puedan levantarse
cada mañana sin palabras qué callar y sin máscaras
para enfrentar al mundo.
Cuando ese día llegue,
nosotros, los sin rostro y sin nombres, podremos descansar, al
fin, bajo tierra... bien muertos, eso sí, pero contentos.
Nuestra profesión:
la esperanza
Ya casi se muere el día,
oscuro cuando se viste de noche y viene a hacer el otro día,
primero con su negro velo y luego con el gris o el azul asegún
se le antoje al Sol alumbrar o no polvo y lodo en nuestro camino.
Ya casi se muere el día
en los brazos nocturnos de los grillos y entonces viene esa idea
de escribirte para decirte algo que viene de eso de "profesionales
de la violencia" que tanto nos han achacado.
Y resulta que sí, que
somos profesionales. Pero nuestra profesión es la esperanza.
Nosotros decidimos un buen día hacernos soldados para
que un día no sean necesarios los soldados.
Es decir, escogimos una profesión
suicida porque es una profesión cuyo objetivo es desaparecer:
soldados que son soldados para que un día ya nadie tenga
que ser soldado. Claro, ¿no?
Y entonces resulta que estos
soldados que quieren dejar de serlo, nosotros, tenemos algo que
los libros y los discursos llaman "patriotismo".
Porque eso que llamamos patria
no es una idea que vaga entre letras y libros, sino el gran cuerpo
de carne y hueso, de dolor y sufrimiento, de pena, de esperanza
en que todo cambie, al fin, un buen día.
Y la patria que queremos habrá
de nacer también de nuestros errores y tropiezos. De nuestros
despojos y rotos cuerpos habrá de levantarse un mundo
nuevo.
¿Lo veremos? ¿Importa
si lo veremos? Creo yo que no importa tanto como el saber a ciencia
cierta que nacerá y que en largo y doloroso parto de la
historia algo y todo pusimos: vida, cuerpo y alma.
Amor y dolor, que no sólo
riman, sino que se hermanan y juntos marchan. Por esto somos
soldados que quieren dejar de ser soldados.
Pero resulta que, para que ya
no sean necesarios los soldados, hay que hacerse soldado y recetar
una cantidad discreta de plomo, plomo caliente escribiendo libertad
y justicia para todos, no para uno o para unos cuantos, sino
para todos, todos, los muertos de antes y de mañana, los
vivos de hoy y de siempre, los de todos que llamamos pueblo y
patria, los sin nada, los perdedores de siempre antes de mañana,
los sin nombre, los sin rostro.
Y ser un soldado que quiere
que ya no sean necesarios los soldados es muy simple, basta responder
con firmeza al pedacito de esperanza que en cada uno de nosotros
depositan los más, los que nada tienen, los que todo tendrán.
Por ellos y por los que han
ido quedando en el camino, por una u otra razón, injustas
todas. Por ellos tratar deveras de cambiar y ser mejores cada
día, cada tarde, cada noche de lluvia y grillos.
Acumular odio y amor con paciencia.
Cultivar el fiero árbol del odio al opresor con el amor
que combate y libera.
Cultivar el poderoso árbol
del amor que es viento que limpia y sana, no el amor pequeño
y egoísta, el grande sí, el que mejora y engrandece.
Cultivar entre nosotros el árbol del odio y el amor, el
árbol del deber.
Y en este cultivo poner la vida
toda, cuerpo y alma, aliento y esperanza. Crecer, pues, crecer
y crecerse paso a paso, escalón por escalón.
Y en ese sube y baja de rojas
estrellas no temer, no temer sino al rendirse, el sentarse en
una silla a descansar mientras otros siguen, a tomar aliento
mientras otros luchan, a dormir mientras otros velan.
Abandona, si lo tienes, el amor
por la muerte y la fascinación por el martirio. El revolucionario
ama la vida sin temer la muerte, y busca que la vida sea digna
para todos, y si para esto debe pagar con su muerte lo hará
sin dramas ni titubeos.
Recibe mi mejor abrazo y este
tierno dolor que siempre será esperanza.
Salud Miguel.
Desde las montañas del
sureste mexicano.
Subcomandante Insurgente
Marcos.
(Suscribe) Subcomandante Marcos
P.D. Acá nosotros vivíamos
peor que los perros. Tuvimos que escoger: vivir como animales
o morir como hombres dignos. La dignidad, Miguel, es lo único
que no se debe perder nunca... nunca.
La Jornada
6 de marzo de 1994 |