Magdalena de Kino, Sonora
Martes 23 de marzo del 2004.
Nosotros y el tiempo contra quien
sea, se dijeron los asesinos y el olvido; y se sentaron a contemplar
su obra.
A diez años de distancia,
la respuesta del pueblo de México es contundente; de pie
y con la frente en alto, reafirma su compromiso de preservar los
ideales de Luis Donaldo Colosio; la sangre derramada de mi hijo
fertiliza el árbol de la unidad y la esperanza por un México
de libertades, por un México de progreso, por un México
de paz y de justicia.
Por eso, mis amigas y amigos, muchas
gracias por estar aquí; por eso agradezco con el corazón
y a nombre de toda mi familia, su presencia.
Muchas gracias porque en estos diez
años, su presencia en este lugar en que descansan mis hijos
Diana Laura y Luis Donaldo, ha sido bálsamo para nuestro
dolor y ha hecho soportable la indignación, la frustración
y el coraje.
Muchas gracias a todos aquellos
mexicanos, que en cualquier lugar del país, recuerdan con
cariño a mis hijos.
Muchas gracias a las mujeres y los
hombres de los medios de comunicación, que con valentía
y profesionalismo, han hecho conciencia del reclamo social en
el caso de mi hijo: por honrar la verdad y la ética profesional,
mi gratitud y mi reconocimiento.
Una década ya, de dolor y
ausencia para mi familia, diez años de condolencia social
por el asesinato de mi hijo; una década ya, desde que muchos
mexicanos sintieron perder a un miembro de su propia familia,
diez años hace, que muchas mujeres y hombres bien nacidos,
morimos un poco.
Pero también, diez años
para evidenciar que los hombres que vivieron entregados a causas
legítimas y generosas, nunca mueren; una década
en que la sociedad mexicana le ha dedicado pedazos de existencia
individual; diez años en que su pueblo ha sabido cumplirle
honrando su memoria; una década en que su familia, sus
amigos y muchos mexicanos, no escatimamos en nuestro reclamo de
justicia.
A diez años de distancia,
debemos reconocer que un elemento de la apuesta de los asesinos,
el olvido, les ha dado resultados.
Mucha gente, de todas las edades
y en muchos lugares del país, piensa que ya debemos callar,
que ya dejemos las cosas en paz, que es imposible saber la verdad,
que es un caso más de injusticia.
Para algunos mi reclamo de justicia
parece grotesco, hay quienes podrán pensar que soy un viejo
necio en busca de lo imposible. Que ya no tiene sentido señalar
negligencias y omisiones; rechazar remedos de investigación,
pantomimas y teorías ridículas; condenar intereses
mezquinos, traiciones y deslealtades.
Que es suficiente ya el veredicto
del pueblo que condenó a los poderosos, que ayer se hicieron
un traje a la medida, con la teoría del asesino solitario,
y que hoy sus inconsistencias y contradicciones inundan el ambiente
con el fétido olor de la sospecha.
Que a este gobierno, ya no le toca
llamar a cuentas a los que nos mintieron, a los que nos engañaron;
que su falta de voluntad política obedece a que no quiere
reabrir un caso espinoso, que intranquiliza a las buenas conciencias
y enoja a los grandes intereses que lo asesinaron.
Frente a estos mexicanos que cansados
piensan así, con toda humildad les digo; que no me mueve
el deseo de venganza, que no busco notoriedad, que no aspiro al
poder, que no es la ambición la que me ciega; que sólo
me mueve el amor de padre, que sólo me inspira el anhelo
de mi hijo adorado, de un México mejor para todos.
Recordar a Donaldo es un grito y
es un clamor por la justicia incumplida, es un reclamo por la
congruencia, es comprometer todo, por las ideas y propuestas de
grandes exigencias, es rechazar la comodidad y el privilegio.
No sólo no callaré,
déjenme comentarles que previendo que las fuerzas me abandonen,
desde hace un año he venido trabajando con la ayuda de
mis amigos, para que en este décimo aniversario pudiera
publicarse un libro, en que mi memoria dejara testimonio de la
presencia de mi hijo, de su formación, los antecedentes
y la herencia que asimiló, la cultura que lo impulsó,
y, desde luego, el balance, el recuento a diez años de
distancia de aquel artero crimen del 23 de marzo de 1994.
En este esfuerzo editorial, recuerdo
al hijo responsable y esforzado, al hijo amoroso y sensible, al
hijo que confiaba en sus padres, al hijo que amaba entrañablemente
a sus hermanos.
Recuerdo al esposo de mi hija Diana Laura, al padre de Donaldo
y Marianita; al padre que sabía que este mundo no se lo
habíamos heredado nosotros, al padre que reconocía
que se lo habían prestado sus hijos.
Recuerdo al hermano a quien amaba,
al hermano que lejos me hacía y hoy me hace tanta falta,
al amigo con quien platicaba, con quien compartía inquietudes,
al amigo a quien recurría aún con necedades.
Pero también recordé
al hombre que recogió en su corazón y en su palabra
la voz de los necesitados; al hombre que tuvo la sensibilidad
de ver el sufrimiento de nuestros hermanos indígenas, al
hombre que jamás confundió el interés de
su pueblo con su deseo personal; al hombre que se atrevió
a vivir como hombre.
Lo hice porque tenía que
hacerlo, lo hice porque tenía que cumplirle a mi hijo,
a mi amigo, a mi hermano; lo hice para rechazar la perversidad
de los que lo asesinaron, lo hice porque me niego a aceptar la
victoria del olvido.
Amigos y amigas:
Difícilmente encontraremos
una etapa donde la política se haya alejado mas de los
grandes objetivos, metas, estrategias y prioridades nacionales.
Lamentablemente hoy, solo basta con encender la radio, abrir los
periódicos o prender la televisión para enterarnos
de un nuevo caso de corrupción, de traiciones, de calumnias,
de trampas o descalificaciones.
Por eso, a riesgo de que el cariño
por mi hijo y mi admiración por el hombre, me lleven a
un ejercicio con fallas en la objetividad, es necesario hablar
de una visión diferente de país, de considerar los
valores que deben prevalecer en nuestra sociedad, de aceptar el
desafío de un México mejor.
Creo que la memoria de Luis Donaldo
es un reclamo por el rescate de la buena política, de la
que se finca en el esfuerzo permanente por abrir vías de
acuerdo para resolver nuestra convivencia y alcanzar mejores estados
de desarrollo.
A Luis Donaldo no le podemos devolver
la vida, pero si es posible retomar su ejemplo, enaltecer la palabra,
el esfuerzo, la lealtad en los fines, innovación en los
métodos, congruencia, liderazgo sustentado en el quehacer
cotidiano.
Ante los liberales de méxico,
tres días antes de su muerte, Luis Donaldo señalaba:
"La ley es la expresión
más alta de la vida civilizada; es la mejor respuesta que
ha encontrado la humanidad para resolver la convivencia; vivir
en un estado de leyes es vivir con certidumbre, con seguridad;
es tener confianza y es también, tener la mejor garantía
para la paz".
Esos conceptos corresponden a los
que años antes me escribiera en una carta mientras estudiaba
lejos de casa ... " todo sistema que haga uso de la fuerza
y métodos represivos para subsistir, no merece mi respeto;
estoy y estaré siempre, en contra de todo sistema donde
las ideas, por equivocadas que sean, no encuentren medio de difusión.
Estaré en contra de la idea misma y trataré de refutarla
pero con argumentos razonados, no con un fusil; en eso soy quizá
muy volteriano "estoy en contra de lo que dices, pero lucharé
hasta el día de mi muerte, por el derecho que tienes de
decirlo". "
Desde entonces, Donaldo marcaba
su convencimiento por las libertades, por llevar al ser humano
a la soberanía de su destino; de ahí su cita de
Voltaire a favor de las libertades que permiten expresar pensamientos
y opinión, aún a aquellos con quienes se difiere,
o quizá, especialmente a aquellos con quienes se disiente.
La idea de una Nación que
se hace fuerte desde las capacidades, desde la libertad y el desarrollo
de cada mexicano, era la aspiración de Donaldo; él
creía en una Nación que se fortaleciera de la diversidad
y la pluralidad que tenemos; en una Nación democrática
que abriera el futuro y que generara alternativas de progreso
en cada rincón de su geografía.
Por eso su insistencia en el desarrollo
regional, pues deberían encontrarse mecanismos y fórmulas
que ofrecieran respuestas distintas a problemas distintos.
Por eso su rechazo a la injusta
distribución de la riqueza; por eso proponía: pasemos
de las buenas finanzas nacionales a las buenas finanzas familiares.
A Donaldo le preocupaba la enorme
brecha que, desde entonces, se abría entre ricos y pobres;
por eso su insistencia en el desarrollo social, en la generación
de empleos; "sin desarrollo social, sin una vida digna para
los que menos tienen, no hay democracia que se consolide, no hay
prosperidad económica que se justifique".
Por eso su pasión por el
desarrollo regional y un nuevo federalismo; una política
federalista que dotara a las regiones de mayores facultades, de
mayores recursos; que permitiera a los estados mexicanos tener
capacidad para responder en tiempo real, con soluciones de fondo,
en donde se generan las demandas.
Por eso quería reformar el
poder; quería llevar el gobierno a las comunidades, quería
nuevos métodos de administración, para que cada
ciudadano obtuviera respuestas eficientes y oportunas cuando requiere
servicios, cuando plantea problemas o cuando sueña con
horizontes más cercanos a las manos de sus hijos.
Donaldo pensaba que ser funcionario
público, era una oportunidad para servir a la gente; creía
en la calidad, en la mejora continua, en la honradez; repudiaba
el abuso de las autoridades y la arrogancia de las oficinas gubernamentales.
Amigas y amigos:
Muchas gracias por apoyarme, muchas
gracias por el cariño para mi esposa, mis hijos y mis nietos,
muchas gracias por cobijar durante todo este tiempo, mi sueño
de verdad y de justicia.
Puedo ahora afirmar con razón,
que la amistad como la sombra vespertina, se ensancha en el ocaso
de mi vida; se que estoy en el último tramo de mi existencia,
de hecho, no sé si el próximo aniversario podré
estar físicamente con ustedes.
De ahí mi decisión
de plasmar mis pensamientos, mis reflexiones y juicios sobre lo
que hice y sobre lo que fue la vida de mi hijo; por eso decidí
que se vertiera en un libro mis sentimientos, mis satisfacciones
y también mis frustraciones.
Pero aquí, en este momento
en que nos reúne el afecto y admiración por mi hijo,
no quiero faltar a la convocatoria de lucha que Luis Donaldo Colosio
representó; deseo que este encuentro, sea también
por una demanda de justicia.
Sí, justicia que se le ha
negado a un hombre que se brindó con generosidad.
Justicia que es el elemento que
cohesiona a las sociedades, porque en torno de ella se forja la
cultura, se escribe la historia, se repudian los actos que nos
avergüenzan y se reconocen los hechos que nos engrandecen.
Amigas y amigos:
A Donaldo no lo podemos revivir,
pero sí le podemos hacer justicia; ése es el medio
que tenemos para evitar que actos como éste se repitan,
pues en la medida que impere la impunidad, se alientan las conductas
que nos lastiman como Nación.
Animados por el pensamiento de Donaldo;
dignifiquemos la política, ajustemos nuestra conducta personal
a la edificación de una cultura política a la altura
de los desafíos que enfrentamos.
Abandonemos la frivolidad que envanece,
evitemos las disputas animadas por conflictos personales, dejemos
de lado la mezquindad de propósitos; rechacemos el culto
a la popularidad a costa de lo que sea; vayamos al debate de las
ideas, de proyectos, de soluciones de fondo para darle viabilidad
a la Nación.
Ideas que cobren vida en los hechos,
palabras respaldadas en el ejemplo, ejemplos que honren las palabras;
queremos hombres con ideas, sí, pero también que
las ideas tengan hombres.
A diez años de distancia,
Donaldo espera justicia; es tiempo ya de respuestas, es tiempo
ya de cerrar esta herida de la Patria; es tiempo, ya, de cumplirle
a Luis Donaldo Colosio.
