Señor Presidente del senado
de Chile, Don Gabriel Valdés;
Señor Presidente de la Cámara de Diputados de Chile,
Don José Antonio Viera Gallo;
Señor Fernando Zumbado;
Señoras y señores:
En primer lugar, quiero agradecer
la deferencia para con este servidor al permitir que me dirija
a ustedes en esta sesión inaugural y comparta algunas reflexiones,
producto del trabajo que en materia de desarrollo social venimos
experimentando y realizando en la República Mexicana.
Ante todo, debo decir que, a nuestro
juicio, América Latina y el Caribe están empeñados
en darse un nuevo futuro, fincado en mejores oportunidades para
todos, con mayores libertades, mayor justicia y democracia.
Nuestra América participa
con razones e iniciativas propias en el cambio del mundo y construye
así su destino.
Por ello, amigas y amigos, tenemos
necesidad de profundizar el diálogo regional. Nuestro espíritu
latinoamericano debe expresarse no sólo en lo cultural,
sino también en lo político y en lo económico.
No se trata - como muy bien dijo
el Senador Valdés - de reproducir mecánicamente
esquemas o de unificar linealmente nuestras políticas,
sino de compartir experiencias y aprender unos de otros.
En síntesis, de hacer valer
la identidad latinoamericana en nuestras distintas formas de actuar.
Por eso, cuando recibí la
invitación para el seminario que hoy se inicia, decidí
asistir gustoso, ya que considero de gran relevancia participar
en este intercambio.
Es para mí un privilegio
encontrarme de nuevo en este gran país que es Chile, que
los mexicanos reconocemos y apreciamos, en el que la lucha por
la democracia se ha dado con intensidad, pasión y talento.
Me reconforta estar entre ustedes.
En primer término me referiré
al tema de la política social y el desarrollo, como lo
vemos en México, a la luz de nuestra propia experiencia.
Y si ustedes me lo permiten, dividiré mi exposición
en dos partes.
El primer aspecto tiene que ver
con las características de lo que denominamos la nueva
política social que en mi nación se ha diseñado
e impulsado con el Presidente Salinas de Gortari a la cabeza.
Y luego, me gustaría ocuparme
de algunos programas que se están llevando a cabo, cuyos
resultados deseo compartir con ustedes, en particular el Programa
Nacional de Solidaridad, que es el eje o la columna vertebral
de la nueva política social en mi patria.
En México, como en muchos
otros países de nuestra América Latina, después
de los duros años del ajuste económico era inaplazable
una propuesta radical y amplia de reformas, que colocara al desarrollo
económico y social en el centro de la atención del
Estado.
El nuevo arreglo que se está
viviendo en mi nación, al igual que en otras del continente,
parte de los logros alcanzados mediante tres reformas básicas:
la de la economía, la política y la social. Las
tres convergen en la reforma del Estado.
Y por eso seguí con mucha
atención el discurso inaugural del Senador señor
Valdés, porque los mexicanos, al igual que los nacionales
de muchos otros países de América Latina debíamos
formular o reformular el Estado que la situación exigía
para cumplir con los fines de la patria, en un nuevo marco de
desafíos, de retos, no sólo internos, sino también
en la arena internacional.
En lo interno, los desafíos
parten por brindar nuevas oportunidades productivas a más
de 85 millones de compatriotas, en su mayoría jóvenes:
Ocho de cada diez mexicanos son menores de 35 años, de
tal suerte que la nuestra es una población joven, dinámica,
en busca de nuevas oportunidades.
De ahí la necesidad urgente
de recuperación del crecimiento económico, pero
sobre nuevas bases que lo hagan perdurable y sólido.
También requeríamos
una nueva vinculación con el mundo, tanto en lo económico,
como en lo comercial y lo político; ampliación de
libertades y de posibilidades de participación política
para una sociedad - como dije antes - eminentemente joven, pero
crítica, demandante, reclamante, informada y exigente.
El Estado, pues, tuvo que renovar
su capacidad de conducción de la economía y, al
mismo tiempo, de respuesta a las exigencias de justicia y de mayor
participación política.
Con la crisis de los ochenta terminó
la viabilidad de un tipo de Estado. Los mexicanos nos enfrentamos
a varios dilemas: ¿Cómo tener finanzas sanas, cumplir
con los compromisos de un alto endeudamiento, crecer y liberar
recursos para satisfacer las urgencias sociales?
¿Cómo combatir rezagos
acumulados sobre todo en la última década y, a la
vez, ofrecer nuevas posibilidades a las generaciones venideras?
y ¿cómo hacer todo esto a tiempo?
Por eso la reforma en México
no podía ser superficial, parcial ni lenta; tenía
que ser contundente, integral, con resultados en el corto plazo
y generadora de nuevas posibilidades para el futuro.
Con la reforma, la energía
y los recursos del Estado tuvieron un cambio de destinatario;
ya no se trataría de una economía subsidiada, protegida
e ineficiente; ahora el Estado promovería la competitividad
y una nueva política social.
Por eso es que se desincorporaron
las empresas que no son estratégicas, de acuerdo con la
Constitución mexicana.
Se liberaron recursos que se orientaron,
por un lado, a la disminución de la deuda interna; se renegoció
la deuda externa y se modificó estructuralmente la composición
del gasto público; se llamó a la corresponsabilidad
de la sociedad.
Así, el crecimiento económico
dejaba de ser sólo efecto de la inversión pública
y pasaba a ser consecuencia de la actividad de la propia sociedad.
Los mexicanos vemos ya frutos de
este importante cambio. Por una parte, contamos con un nuevo andamiaje
en las finanzas públicas. En primer lugar, nuestra economía
crece, por cuarto año consecutivo, por sobre el crecimiento
demográfico.
Nos hemos quitado de encima el pesado
y agobiante lastre de la deuda externa. Recuerdo que en 1987,
siendo Diputado Federal y Presidente de la Comisión de
Programación y Presupuesto, por cada peso que se recaudaba
en el país, 73 centavos se destinaban a pagar el servicio
- ni siquiera el capital de la deuda externa - y los 25 centavos
restantes se orientaban a la satisfacción de las necesidades
de infraestructura y en lo social.
A la vuelta de los años,
con la renegociación de la deuda externa que el país
ha realizado, el panorama es exactamente a la inversa: por cada
peso que se recauda, 25 centavos son para cumplir con nuestros
compromisos externos, y los 75 restantes se destinan a los requerimientos
sociales y de infraestructura de la nación.
Hemos ampliado los recursos fiscales,
disminuido el gasto total del sector público en lo no estratégico
y - como señalé anteriormente - reorientado el gasto,
dada la transformación estructural del mismo.
No sólo hemos pasado del
déficit financiero, que en 1988 ascendía a 12 puntos
porcentuales sobre el Producto Interno Bruto, sino que para 1993,
por primera vez en la historia económica moderna de México,
habremos de tener un superávit fiscal de alrededor de uno
por ciento sobre el Producto Interno Bruto.
Todo esto ha permitido la generación
de recursos crecientes para la política social. En los
últimos años, el gasto en este rubro se ha incrementado
en más de 66 por ciento, en términos reales.
Actualmente, en el Congreso de la
Unión de mi país está en discusión,
por parte de los legisladores, la iniciativa sobre materia presupuestaria,
enviada por el Presidente Salinas al poder legislativo.
En ella se considera, por cuarto
año consecutivo, que más de 50 por ciento del Presupuesto
de Egresos de la Federación se destine a la inversión
social, es decir, a rubros tan importantes como educación
y vivienda y al Programa Nacional de Solidaridad, al cual habré
de referirme en unos momentos más.
Así, deseo compartir con
ustedes esta experiencia de nuestro país, consistente en
que para avanzar en la reforma social, en la libertad - como la
definimos en México - era necesaria una nueva estructura
económica y financiera.
Pero algo nos ha quedado claro:
que la economía, aún con sus nuevas bases y con
su desarrollo en beneficio de las sociedad mexicana en general,
por sí sola no era garantía para el desarrollo social.
Se necesitaba una política
social deliberada por parte del Estado; se requería una
reforma capaz de hacer de cada individuo un participante competitivo
en la economía.
Se precisaba, en síntesis,
de una reforma social cuyo objetivo ulterior fuera hacer de cada
ciudadano un hombre libre, que no someta su voluntad ni esté
atado ni limitado por carencias excesivas.
En un país que avanza en
su modernización, era menester una mayor vinculación
entre libertades y justicia, tal como se formuló en los
orígenes del México moderno, en la Revolución
Mexicana.
Y por eso, el Presidente Salinas
ha llamado a este aliento reformador el liberalismo social. Se
trata de una promoción de libertades para la justicia y
de mayor justicia para ampliar libertades.
México, al igual que el resto
de América Latina y el Caribe, participa de la cultura
universal. Concebimos al Estado como el producto de un contrato
social que expresa la voluntad de los ciudadanos; consideramos
que la soberanía emana del pueblo y que se expresa a través
de las formas de representación de la voluntad popular.
En la economía, consideramos
que el hombre produce riqueza, que la intercambia por medio del
mercado, que así se distribuye el ingreso y que éste
es la base principal para la satisfacción de las necesidades.
Pero sabemos que el mercado solo no es suficiente.
También sabemos que una democracia
en condiciones de injusticia social y de pobreza extrema está
amenazada.
A nuestro juicio, la libertad política
debe estar en todo momento acompañada de opciones para
resolver carencias y para brindar mejores oportunidades productivas.
Por eso el desarrollo social es el propósito superior de
la sociedad y el Gobierno.
El desarrollo social hace posible
que el ideal económico y el ideal político de hombres
que, por un lado, participan en el mercado con beneficios justos
y, por el otro, en lo político, constituyen libremente
gobiernos, se cumpla cabalmente.
Sin ese desarrollo social se frustran
aquellos ideales de las comunidades modernas. En consecuencia,
o la política social se traduce en voluntad y acción
deliberada, o no existe, puesto que el mercado por sí sólo
no la garantiza.
Justicia social y mercado hacen
posible la competitividad y la eficiencia; justicia social y política
consolidan libertades y democracia.
Este es el liberalismo social de
la Revolución Mexicana, que cobra vigencia con Carlos Salinas
de Gortari.
Sobre esta plataforma de una economía
sana y en crecimiento, hemos podido ampliar sistemáticamente
las acciones en materia de política social y, a la vez,
ser congruentes para ofrecer expectativas de bienestar en las
diferentes regiones de mi país en, a lo menos, dos ámbitos.
Por una parte, en lo referente a
la elevación del bienestar social, haciendo posible que
la sociedad en su conjunto vea atendidos sus derechos a educación,
salud, nutrición, vivienda, consagrados en la Constitución,
lo que denominamos el piso social básico.
Por otro, en relación al
empleo productivo, porque - qué duda cabe - la manera más
efectiva para elevar el bienestar es el empleo y el ingreso que
éste genera. En este renglón vinculamos de manera
novedosa política social y mercado.
Esta política social es la
que hace que el conjunto de las acciones del gobierno y la sociedad
contribuyan a la elevación del bienestar productivo para
cohesionar, para unir.
Es una política social que
ha decidido, por otra parte, no recurrir a ficciones ni a falsas
promesas, que va al fondo de los problemas, que hace posible que,
al mismo tiempo que gradualmente se recupera el salario y crece
la oferta de empleo, mediante un buen funcionamiento de la economía,
se incremente la capacidad de respuesta del Estado, para construir
un piso social sobre el cual se desplieguen, sin trabas, las capacidades
productivas de todos los mexicanos.
La política social, pues,
que hemos puesto en marcha rechaza, entre otras cosas, la visión
estrecha propia de quienes sólo son demandantes de servicios,
por un lado, y de los oferentes de estos, por el otro.
Considera a los grupos sociales,
en sus propias comunidades, como participantes, promotores, actores
de su misma transformación y, al gobierno, como la instancia
a la que le corresponde la iniciativa de coordinar.
Así es como ha nacido en
mi país el Programa Nacional de Solidaridad.
Hoy en día, Solidaridad es
ya no un programa de gobierno; es de la sociedad entera, porque
los recursos que se destinan para la satisfacción de necesidades
se asignan con pleno respeto a la decisión de la propia
comunidad; es ésta la que, en los municipios de mi país,
define las prioridades; ella es la que maneja los recursos para
la satisfacción de aquellas necesidades.
Las comunidades se organizan en
comités de solidaridad en donde se definen las prioridades
del barrio, de la colonia, del ejido, del municipio en general.
Solidaridad trabaja en colonias
populares, con campesinos y con indígenas. Los recursos
se orientan hacia servicios sociales y de bienestar, hacia aspectos
productivos y hacia el desarrollo regional.
Los resultados más importantes
hasta ahora obtenidos hablan por sí solos: hemos construido
más de mil nuevas unidades médicas en los últimos
tres años; más de 68 hospitales; más de 70
mil nuevos espacios educativos.
Hemos lanzado un programa que -
debo decir - es uno de los más emotivos: lo denominamos
Escuela Digna.
Muchas de las escuelas construidas
no habían recibido, desde su fundación, recursos
para su mantenimiento. La dignificación de los espacios
educativos hace que converjan los intereses de los padres de familia,
los de los propios estudiantes y los del magisterio en general.
A través de Solidaridad se
han becado en estos cuatro años a más de 500 mil
niños, lo que significa proporcionarles recursos para su
sustentación y su manutención.
De otra manera habrían de
abandonar la escuela para dirigirse al mercado y ayudar al mantenimiento
de sus familias.
Más de 8 millones y medio
de habitantes se han visto beneficiados por primera vez con servicios
de alcantarillado y drenaje; más de 11 millones de mexicanos
cuentan, también por vez primera, con agua potable en sus
hogares y más de 13 millones con servicios de electricidad
domiciliaria.
También Solidaridad está
presente en las comunidades indígenas, en más de
mil 480 organizaciones de esa población, con toda clase
de proyectos productivos y de desarrollo social.
En general, Solidaridad es - como
dije anteriormente - el eje y la columna vertebral de la nueva
política social.
Es la forma nueva de alcanzar, de
acuerdo a las decisiones propias del pueblo de México,
el mejoramiento productivo de las condiciones de vida de la población.
La sociedad, como las otras de nuestra
América Latina, sin duda no es pasiva ni está sólo
a la expectativa de lo que el gobierno decida.
Hace ya tiempo que la responsabilidad
del desarrollo social dejó de ser única y exclusivamente
del gobierno.
Señoras y señores.
Permítanme concluir señalando
que la nueva política social a la que nos estamos avocando
debe surgir, sin duda alguna, a partir de la reforma del Estado
y de su concurrencia con la reforma económica y política;
se trata de una reforma social en la libertad.
Ese es, en nuestro país,
el liberalismo social que postula el gobierno del Presidente Salinas
de Gortari. Sin populismo ni paternalismo y también sin
actitudes patrimonialistas.
Debemos avanzar en una política
social que exija trabajo, imaginación y dedicación
de todos; que tenga por objetivo superior el ampliar libertades;
que aprenda de la experiencia y que, frente a la magnitud de los
retos, podamos, día por día, perfeccionar.
Nos falta un buen trecho por avanzar,
pero estamos en el camino correcto.
Muchas gracias.