Señoras y señores;
Amigos todos:
El tema que me han propuesto para
esta intervención, "El Estado como Promotor del Desarrollo
Social", se ubica a mi juicio en el centro de un amplio e
intenso debate a nivel mundial.
Las diversas naciones tratan de
responder, bajo nuevos esquemas, a las crecientes demandas de
sus sociedades, y entre ellas se encuentra, de forma muy destacada,
la promoción del desarrollo social.
Los países del Este se encuentran
ante el difícil dilema que les plantean los nuevos espacios
de libertad, reclamos sociales que no aceptan demoras o dilaciones
y sistemas económicos en proceso de consolidación
y algunos casos de transformación.
Algunos problemas de desintegración
dan cuenta del grado de dificultad que implica este proceso.
Aunque en otras dimensiones y con
otras características, la Comunidad Económica Europea
también enfrenta obstáculos para mantener los niveles
de crecimiento que le permitan cumplir con las expectativas de
bienestar social de sus países.
Los Estados Unidos de América
apuestan ahora a un nuevo arreglo económico y social. Buscan,
así, nuevos esquemas para reactivar su economía
y mejorar sus niveles de bienestar.
Los países de América
Latina, los países de nuestro continente surgimos después
de una década de ajustes y cambios difíciles, a
una nueva etapa en la que el desarrollo social es impostergable
y en donde eludir su atención necesariamente conlleva a
la pérdida de viabilidad de las propuestas económicas
y políticas.
En México, hablar de desarrollo
social es, sin duda alguna, referirnos a una tesis central de
nuestro pensamiento, de nuestro pensamiento que participa de la
cultura universal.
Al igual que otros países,
en otras latitudes, concebimos al Estado como producto de un contrato
social, que expresa la voluntad de los ciudadanos, que la soberanía
emana del pueblo y que se manifiesta a través de las formas
de representación de la voluntad popular.
En la economía, consideramos
que el hombre produce riqueza y la intercambia a través
del mercado, que así se distribuye el ingreso y que éste
es la base principal para la satisfacción de las necesidades.
Pero sabemos que, en la práctica,
el mercado, por sí solo, es insuficiente. Es insuficiente
para asegurar mayor equidad; es necesario pero no es suficiente.
También sabemos que una democracia
en condiciones de injusticia social y de pobreza extrema puede
verse amenazada. La libertad política debe acompañarse
de opciones para resolver carencias de mejores oportunidades.
Por eso, señoras y señores,
el desarrollo social es el propósito superior de la sociedad
y del gobierno en nuestro país.
El desarrollo social hace posible
que el ideal económico y el ideal político, de hombres
que participan en el mercado con beneficios justos y que constituyen
libremente gobiernos, se cumplan cabalmente.
El desarrollo social es, pues, el
elemento que articula y cohesiona a nuestra sociedad y que cimienta
las vías para el cumplimiento de sus ideales.
En la conducción y consolidación
del México moderno, el Estado siempre ha ocupado un lugar
de primordial importancia.
Por eso, cuando se planteó
un nuevo acuerdo político, una reforma económica
y una nueva política para el desarrollo social, fue necesario
partir de la reforma misma del Estado.
Para nosotros, los mexicanos, el
Estado surge de los grandes consensos de la sociedad; pero no
se trata de un Estado pasivo, ni meramente regulador, sino de
un Estado que tiene la fuente de su legitimidad en el logro de
una economía eficiente, en la creación de las instituciones
necesarias para la estabilidad y la promoción de la justicia.
En síntesis, un Estado para
los fines de la nación: soberanía, justicia, libertades
y democracia; un Estado que gana la legitimidad día a día.
La sociedad está dispuesta
al esfuerzo conjunto, bajo este presupuesto político: el
Estado tiene que ser eficiente en el fin o los fines que la nación
le ha otorgado, y hoy es necesario hablar de reforma porque la
creación de grandes estructuras administrativas llegó
a representar más obstáculos que ventajas para alcanzar
el mismo objetivo: el bienestar de la población.
En algunos casos, los medios se
convirtieron en fines y se llegó a pensar que el gobierno
era el único responsable de la política social.
Caímos así, en una
política social de la burocracia; hoy estamos para una
política social de la corresponsabilidad, de la amplia
participación, para ser eficientes en la consecución
de beneficios reales para los más necesitados.
Y en ese marco, se enfrenta el reclamo
de elevar eficiencia y productividad, y de asimilar avances que
se muestran en diferentes campos, pero el Estado nunca puede ser
conceptualizado como una empresa y, enfrente a él, la sociedad
tampoco puede verse como un simple mercado.
El Estado, como ustedes lo saben,
no es otra cosa que la forma superior de organización que
se da una sociedad, fundada en un pacto, en un pacto que se inscribe
en leyes y altos propósitos; es la forma política
que integra a todos los intereses en el interés general.
Por eso es que se dice y se dice
bien, que el Estado es historia y el Estado es consenso. La sociedad
funda al Estado, pero éste le otorga seguridad y rumbo
al esfuerzo colectivo.
Pero más allá de la
definición del Estado, es válido preguntarnos para
qué sirve. Al Estado le corresponde promover y asegurar
los bienes públicos más preciados, como lo son el
bienestar social, la estabilidad, la paz, la civilidad y la convivencia
apegada al derecho. Para esto sirve el Estado.
Todos estos bienes sólo son
posibles con un Estado eficiente, capaz de responder sin burocratismos
a las demandas sociales, de canalizar sus recursos directamente
a los beneficiarios de sus políticas y de facilitar la
convergencia de esfuerzos públicos y privados.
Basada en esta concepción
del Estado, la nueva política social es, en nuestro país,
la de una acción pública sin exclusivismos; esto
es, abierta a la participación de las organizaciones sociales,
del gobierno y del sector privado; es una concepción opuesta
a la idea de que alguien en lo particular detente la política
social, porque ésta es el resultado del esfuerzo conjunto
de todos.
Por eso, nuestro reto es hacer confianza
en las instituciones de la propia sociedad. En las empresas, en
las universidades, en los institutos, en las organizaciones, en
fin, en todas las formas que la sociedad se da para actuar y así
hacerla aliada y copartícipe de la política social.
El gobierno, ciertamente es responsable
de dirigir y coordinar la acción colectiva para combatir
la pobreza extrema, la exclusión social, la desigualdad
de oportunidades.
Pero el gobierno no puede pretender
sustituir las iniciativas y libertades de los ciudadanos, de las
comunidades, de los municipios y de las regiones.
El gobierno lo que hace es crear
las condiciones favorables para la participación, para
el desarrollo, pero cada ciudadano es responsable del despliegue
de sus propias capacidades.
Nos hemos alejado por igual del
paternalismo, pero también de la indiferencia. No hay libertad
plena sin desarrollo social, ni desarrollo social sin libertades.
Estado justo, sociedad participativa y eficiencia en la acción
pública son los pilares de esto que llamamos la nueva política
social en México.
La política social, esta
nueva política social, se asienta en el terreno de la economía
eficiente y competitiva y garantiza así su permanencia
y continuidad.
La economía se organiza principalmente
a través del mercado, pero frente a éste, sobre
todo los mexicanos más desfavorecidos, no se encuentran
solos ni se encuentran aislados.
Sin duda, y eso quiero enfatizar,
una política social eficiente, responsable y permanente,
requiere como condición una economía en crecimiento
y estable.
Pero también quiero enfatizar
que esta condición es necesaria, pero no es suficiente.
El bienestar productivo, el combate a la pobreza y la superación
de la exclusión social, requieren de una política
deliberada y aquí es donde se prueba la voluntad de justicia
y la fuerza de las convicciones.
Las reformas introducidas por el
Presidente de México, por el Presidente Salinas, han permitido
superar la situación de apremio de la década de
los ochentas y generar las condiciones necesarias para la recuperación
gradual y sostenida del crecimiento económico con estabilidad
de precios.
Por ello, el eje fundamental de
la estrategia adoptada ha sido el profundo saneamiento de las
finanzas públicas y un manejo adecuado de la política
financiera y de la política cambiaria.
Y en sólo cuatro años
hemos logrado transformar el déficit financiero del sector
público, que en 1988 superaba el 12 por ciento del Producto
Interno Bruto, en un superávit estimado en cerca del uno
por ciento sobre el Producto Interno Bruto para el año
de 1992, sin considerar los ingresos extraordinarios por la privatización
de los bancos y otras empresas paraestatales.
Han sido estos mismos cuatro años
en que de manera consecutiva nuestra economía ha crecido
por encima del crecimiento demográfico de nuestro país.
Pero si bien los indicadores nos
permiten medir el comportamiento económico, la calidad
de vida de los mexicanos es su verdadera calificación.
La reforma económica y toda
acción pública tiene en el centro de sus preocupaciones,
en el centro de sus motivaciones, al hombre, al mexicano, con
su familia, en su entorno y su comunidad.
Elevar productivamente el bienestar
de los mexicanos es el objetivo superior de toda acción
pública.
La buena economía, pues,
debe ser capaz de generar oportunidades; la buena economía
combina al mercado con una política deliberada para atender
desigualdades.
Por ello, la nueva estrategia de
desarrollo social debe fortalecer su capacidad de atención
a las necesidades más apremiantes de la sociedad, pero
sin comprometer los avances alcanzados en el saneamiento de las
finanzas públicas, sin comprometer el crecimiento que supera
- repito -, por cuarto año consecutivo el crecimiento demográfico
con estabilidad de precios.
Y esta buena economía y este
sano crecimiento de la misma, ha permitido que año con
año se incrementen los montos presupuestales destinados,
precisamente, hacia los sectores que resultan altamente prioritarios
para el país.
Si acumulamos el gasto durante los
últimos cuatro años, orientados a lo social, en
otras palabras a educación, salud, vivienda, y muy importantemente
el Programa Nacional de Solidaridad, el crecimiento ha sido en
términos reales, superior al 65 por ciento.
Así la buena economía,
la economía fortalecida, permite la generación de
recursos para una política social que promueva las condiciones
de bienestar como elemento que hace posible el despliegue de las
capacidades individuales, pero también el despliegue de
las capacidades colectivas.
Hoy ya no basta con dar garantías
a las libertades, es necesario asegurar que sean plenas, sin ineficiencias,
sin excusas frente a las arbitrariedades; sin dilaciones en su
reparación cuando han sido violadas.
Se trata de que cada mexicano sea
plenamente libre, sin sometimientos ni coacción; que cada
uno pueda expresar lo que piensa y encuentre los medios para hacerlo.
Porque limitar las libertades de
un individuo es generar pérdidas a la nación. La
convivencia social crea necesidades de reglamentar, pero a fin
de asegurar el más amplio ejercicio de las libertades para
todos; sin embargo, esa es la única estipulación
admisible en su ejercicio.
Es necesario avanzar sobre un marco
más amplio y eficiente de libertades.
Se abre ante nosotros la época
de los derechos humanos; derechos políticos y sociales
de carácter universal, primero; y ahora los derechos que
garantizan el respeto a las diferencias y los que se refieren
al ámbito de la vida privada.
Derechos, también, de nuestras
comunidades indígenas y derechos de las mujeres y los jóvenes,
derechos de los niños, de los impedidos y de la población
de la tercera edad.
Pero para que así sea, es
necesario considerar no sólo los aspectos jurídicos;
es necesario considerar no solamente la expedición de justicia;
es preciso también considerar los elementos de orden material
y social que definen los niveles de vida.
Libertades plenas sólo pueden
ser alcanzadas por individuos que disfrutan de vivienda, que tienen
acceso a servicios de salud, que cuentan con educación
y que cuentan con un empleo.
Con carencias en lo fundamental,
el individuo se encuentra en peligro de aceptar condicionamientos
que pudieran imponérseles en la satisfacción de
sus reclamos; con la pobreza extrema se propician mesianismos,
se propician caciquismos, se propician clientelismos y otras formas
que tienden a manipular las voluntades libres.
Libertades y justicia se enlazan
en nuestra concepción de democracia: condiciones de vida
adecuadas para el ejercicio pleno de libertades, y la voluntad
de cada ciudadano como el elemento insustituible para constituir
gobiernos.
Estamos pues todos en la construcción
de una nueva sociedad; de una nueva sociedad de mayores libertades;
de mayores libertades para el individuo, pero también de
mayores libertades inscritas en la vida comunitaria.
Son libertades que liberan la energía
social; libertades para asumir compromisos; libertades de la corresponsabilidad,
libertades de la Solidaridad.
Amigas y amigos:
Los nuevos métodos de acción
gubernamental, los nuevos arreglos institucionales y los acuerdos
sociales en nuestro país, buscan un compromiso más
eficiente en la gestión pública.
Ustedes, como empresarios, jóvenes
en su mayoría, están en una posición adecuada
para impulsar acciones de desarrollo social y así, junto
con los demás sectores de la sociedad, contribuir al progreso
de México.
La reforma del Estado les abre nuevas
oportunidades para la inversión en las áreas de
la política social y ahí está la inversión
del empresario mexicano en las nuevas carreteras; ahí está
la inversión del empresario mexicano en las plantas de
tratamiento de aguas residuales o en las plantas para proveer
de agua potable a varias comunidades de nuestro país, y
ahí está la inversión del empresario mexicano
en la construcción de más y mejores viviendas.
Sin embargo, todo esto, a mi juicio,
también los corresponsabiliza; los corresponsabiliza porque
también ustedes son beneficiarios de las posibilidades
que ofrece una nación como la nuestra: una nación
con libertades, una nación con alternativas y oportunidades
crecientes para la realización de las diferentes iniciativas:
estado de Derecho y garantías jurídicas, paz y estabilidad
social y un espacio abierto para la expresión de las ideas
y el debate respetuoso.
En síntesis, un maravilloso
país de oportunidades seguras para todos.
Que no se nos olvide: la grandeza
de México la dan los mexicanos, sus regiones, sus estados,
sus municipios, sus organizaciones, sus empresas, el coraje y
la fortaleza de cada mexicano en los distintos rincones de la
Patria.
Muchas gracias.