Señores Rafael Rangel y Ramón
de la Peña;
Señor Reyes Tamés Guerra, Secretario General
de la Universidad Autónoma de Nuevo León;
Señor David Noel Ramírez;
Señoras y señores Organizadores de este
V Congreso Nacional de estudiantes de Economía;
Amigas y amigos:
Quiero, en primer término,
decir que me siento profundamente honrado de asistir por invitación
suya, a este Quinto Congreso Nacional de Estudiantes de Economía.
La Economía, hoy, es un tema
del más alto interés para la vida pública.
Una estrategia económica pertinente y conducida responsablemente,
es factor fundamental para agrupar y cohesionar el esfuerzo colectivo
de las sociedad.
Podría aseverar, incluso,
que la viabilidad política está íntimamente
vinculada a la viabilidad económica; y aún más,
las naciones sólo sobreviven si aciertan en su proyecto
económico.
En el desahogo de la agenda de este
Congreso, según me he enterado, ustedes habrán de
ocuparse de aspectos que se ubican, precisamente, en el debate
económico que se lleva a cabo en las diferentes regiones
del mundo.
Es evidente el interés en
la organización de este importante evento, porque habrán
de participar no solamente ponentes nacionales, sino también
extranjeros de gran calidad y conocimiento.
Sin duda, las conclusiones a las
que aquí se llegue habrán de aportar nuevos elementos
para el esclarecimiento de los temas que a todos nos preocupan.
Por eso es que quiero felicitarlos
por la Iniciativa que han tenido para reunir a estudiantes de
economía de las diferentes universidades y escuelas superiores
del país.
Este quinto Congreso consolida una
sana y valiosa tradición que ustedes se han empeñado
en mantener vigente.
A mi juicio, todos saldremos ganando
del debate abierto de las ideas, del intercambio de puntos de
vista diferenciados de la argumentación y evolución
de las distintas propuestas que aquí se hagan.
Hoy, especialmente en economía,
las propuestas más eficientes provienen de la pluralidad.
Por eso es que eventos como el que
aquí se celebra, prestigian el pensamiento moderno de la
pluralidad. Por ello es que me congratulo y me siento honrado
de estar aquí con ustedes.
Y estar hoy aquí en el Tecnológico
de Monterrey, me lleva a un recorrido de la memoria hacia las
reflexiones y preocupaciones de la etapa dedicada a la formación
profesional.
Era el tiempo aquél en que
México asomaba, después de un amplio periodo de
crecimiento con estabilidad, al terreno incierto de los grandes
cambios que se iniciaban durante la década de los setentas
en el concierto mundial.
Era la época donde las fórmulas,
los supuestos y verdades de una etapa, dejaban lugar a nuevas
formulaciones.
El Keynesianismo exitoso durante
casi 30 años, se mostraba limitado y sin elementos suficientes
para explicar las nuevas realidades.
Por un lado, la etapa más
beligerante de la guerra fría y su lamentable expresión
de Vietnam. El estado de bienestar mostraba signos de debilidad.
El encuadramiento nacional de las
economías era desbordado y se tomaban decisiones novedosas
como el abandono del patrón oro.
Los avances de la electrónica
anunciaban una nueva revolución industrial, cuya conducción
disputaban Japón y Estados Unidos de Norteamérica.
Desde el punto de vista político se debatía intensamente
sobre opciones posibles y hasta antagónicas.
El socialismo mostraba ciertos logros
atractivos para los países en desarrollo, que se veían
cada vez más marginados por los cambios de la economía
mundial.
El mundo entero estaba cuestionando
sus viejas respuestas a sus tradicionales y nuevas preguntas;
a sus tradicionales y nuevos retos. La nueva búsqueda hizo
aparecer con fuerza a las utopías.
En México, durante 20 años,
ensayamos respuestas diversas a esas grandes preguntas que nos
hacíamos y se puede hablar, amigas y amigos estudiantes,
de que hicimos tres grandes apuestas que luego, con base en nuestra
realidad, tuvimos que modificar.
Primero, la de un Estado casi omnipresente,
que más adelante habíamos de descubrir que era inviable
social y financieramente.
Segundo, la de un rápido
endeudamiento como fórmula para responder a las demandas
sociales y mantener el crecimiento, lo cual y luego de restringirse
los créditos y elevarse los intereses, paralizó
nuestra economía.
Y tercero, la promesa de los recursos
del petróleo, descalificada por el cambio tecnológico
y la caída de los precios.
Fueron décadas largas y difíciles;
en ellas el pensamiento económico daba pauta a las grandes
alternativas; el debate político y social se lleva a cabo
también sobre el campo de la economía.
El pragmatismo de los ochenta y
la recuperación del liberalismo económico, pusieron
el énfasis en el mercado y predicaron el Estado mínimo.
Galda, el clásico, seguía
defendiendo el post keynesianismo; la teoría de las decisiones
sociales, en cambio, ponía el énfasis en las decisiones
individuales; la suma de experiencias y su contrastación
daban pistas a la teorías de la políticas públicas,
que se recomendaban en un nuevo arreglo entre gobiernos y sociedades
en una economía cada vez más globalizada.
En México, las respuestas
que habríamos de encontrar las buscamos a través
del método que nos ha permitido encontrar, a través
de nuestra historia, nuestras propias respuestas; visualizamos
los retos actuales a la luz de los principios y de los fines que
nos hemos dado, aquellos que como mexicanos nos han permitido
sobrevivir como nación en los momentos más difíciles.
El primer gran desafío lo
constituía la recuperación del crecimiento; recuperación
del crecimiento económico por arriba de lo observado por
el índice demográfico, pero con bases sanas y con
permanencia.
Porque sin una economía en
crecimiento, se perpetúan desigualdades; sin una economía
en crecimiento se cancelan expectativas y ningún arreglo
político o social es viable.
Ante nosotros están las evidencias,
como lo mencionaba hace un momento el Presidente de la República;
ahí está la ex Unión Soviética, los
países del Este y los lamentables conflictos de algunos
países de nuestra América Latina.
Sin una participación decidida
y abierta en el mercado mundial, México tendería
a profundizar la crisis de una estrategia económica y a
convertir en permanente la propia crisis interna.
Ahora bien, en los años ochenta
se marcó -podemos decir - la terminación de un tipo
de Estado. Sin aplicarle sus responsabilidades estratégicas
ni claudicar en su defensa de la nación, tenía que
cambiar sus métodos de trabajo el Estado mexicano.
Pero, sobre todo, tenía que
cambiar para sostener una nueva relación con la sociedad,
de corresponsabilidad de participación y de aliento a la
iniciativa privada, a la iniciativa local y a la individual.
En otras palabras, gobernar más
para el desarrollo y menos para la regulación y el control;
no un Estado mínimo como proponían los neoliberales,
sino un Estado con la máxima capacidad de respuesta a las
demandas sociales; sin burocracias paternalistas y consumidoras
de los recursos necesarios para la obra social.
Un nuevo arreglo político
consecuente con la pluralidad del país, con la transformación
de la sociedad y la aspiración de los diversos grupos para
expresarse políticamente; un acuerdo social para elevar
productivamente el bienestar de los mexicanos, superando concepciones
asistencialistas y clientelares.
Una política acorde con la
promoción de los intereses de México en el ámbito
internacional; una política internacional, por tanto, activa,
responsable, apegada a nuestros principios y dispuesta a participar
en el cambio mundial.
Estos fueron desafíos a los
que puntualmente respondió desde sus inicios la propuesta
reformadora de Carlos Salinas de Gortari, y durante ese tiempo,
a casi cuatro años de su gobierno, se han sentado las bases
sólidas para el perfil del nuevo país que queremos
y exigen las generaciones actuales de las que ustedes forman parte
activa. El perfil de un nuevo país que no puede volver
ya a las prácticas del pasado.
Los cambios que se han emprendido
cuentan, definitivamente, con el consenso social y la demanda
actual es por la profundización y no el retorno a esquemas
del pasado.
Permítanme exponer más
ampliamente las posibilidades que hoy nos ofrecen los avances
en materia de política económica y social, cuyos
logros permiten ahora fincar nuevas expectativas y un horizonte
de esperanza para todos los mexicanos.
Sobre estas expectativas de progreso
y bienestar se funda, de hecho, un nuevo pacto social; el comportamiento
económico ha permitido en nuestro país, durante
estos años, combatir eficientemente la inflación,
fenómeno - como lo describía el Presidente Salinas
de Gortari en su mensaje a ustedes - que se había convertido
ya en parte de nuestra cultura económica.
Muchos de nuestros jóvenes
de hoy no conocían la estabilidad de precios y crecieron
en el apremio de expectativas inciertas en los indicadores económicos
y un ejemplo, en el mes de agosto pasado, fue la tasa de variación
mensual Indice Nacional de Precios al Consumidor, que se situó
en aproximadamente 0.6 por ciento, con lo cual la inflación
acumulada durante los ocho primeros meses del año alcanzó
un nivel de 7.7 por ciento, el más bajo que se registra
para ese mismo período, desde hace 20 años.
La perseverante lucha contra la
inflación es, definitivamente, a favor de una nueva etapa
en el desarrollo del país, ya que su superación
permite dejar atrás círculos viciosos que durante
años nos acompañaron y que se expresaron en inestabilidad
cambiaria, endeudamiento acelerado, baja de inversión;
especulación y así una espiral inflacionaria interminable.
Con los logros que hemos alcanzado
nos movemos ahora con mayor certidumbre económica, permitiendo
inversiones de riesgo y de largo plazo.
Tenemos ahora superávit en
las finanzas públicas y hemos alcanzado una disciplina
en el gasto que nos permite incrementar los recursos para el desarrollo
social responsablemente, y con esto quiero decir, sin recurrir
a empréstitos o mayor gasto inflacionario.
Todo esto en un marco en donde hemos
crecido durante los últimos cuatro años por arriba
del índice de incremento demográfico.
Por eso, ante los desequilibrios
actuales de la economía mundial, estamos en condiciones
radicalmente diferentes a las de hace apenas cuatro años.
Ante economías debilitadas
en el ámbito internacional, nuestra posición es
continuar en el ánimo de la reforma económica que
hemos escogido los mexicanos: competitividad, baja de la inflación,
salud fiscal, solvencia financiera y una amplia política
social para construir un nuevo piso de bienestar que sustente
el crecimiento económico.
El escenario internacional muestra
nuevos elementos, pero la congruencia y potencialidad de nuestra
economía hacen que, en condiciones mundiales diferentes,
no tengamos la necesidad de alterar nuestro programa económico,
sino que sigamos por la misma vía y hacia nuevos logros.
La fórmula que en buena medida
expresa lo hasta ahora conquistado, es el contar con una economía
eficiente y socialmente comprometida; eficiente, porque dispone
de bases para un crecimiento estable, sano y sostenido, y socialmente
comprometida porque genera los recursos que otorgan al estado
y a la sociedad mayor capacidad de respuesta a las urgencias sociales.
En estos últimos tres años
se ha incrementado el gasto social en términos reales,
en aproximadamente un 60 por ciento.
Esta es la expresión de una
economía que se ha reformado no para encerrase en sí
misma, sino para ser la base de un nuevo desarrollo con bienestar
social.
Esta es la economía del liberalismo
social; es la economía para la sociedad; es la economía
para el servicio del hombre, del mexicano, de su familia y de
su entorno en el que cotidianamente vive.
Sobre esta plataforma de la economía
sana y el crecimiento, hemos podido en México ampliar sistemáticamente
las acciones en materia de política social y hemos podido
ser congruentes para ofrecer expectativas de bienestar en las
diferentes regiones del país en dos ámbitos.
Primero en lo referente a la elevación
del bienestar social, haciendo posible que la sociedad en su conjunto
vea satisfecho el cumplimiento de los derechos que consagra la
Constitución: educación, salud, nutrición,
vivienda y servicios.
El otro ámbito de la política
social es el que se refiere al empleo productivo, porque la forma
más efectiva para elevar el bienestar es mediante el empleo
y el ingreso que éste genera. Y en este renglón,
vinculamos de manera novedosa política social y mercado.
Así, la política social
no es una empresa de asistencia a los expulsados del mercado,
sino una forma deliberada de hacer que la economía contribuya
al cumplimiento de criterios sociales.
Esta política social es la
que hace que el conjunto de las acciones del gobierno y de la
sociedad, contribuyan a la elevación del bienestar productivo,
para cohesionar y unir todavía más a los mexicanos.
El nexo entre economía y
política social que nosotros promovemos, se funda en una
visión del ciudadano, tal y como lo concibió el
pensamiento político: un individuo activo en la vida social
y no aislado, quien ejerce sus libertades y derechos; que tiene
intereses y para darle satisfacción se une con otros; un
ciudadano responsable de recia cultura cívica e interesado
en la vida pública.
Por eso, nuestra idea de economía
no es sólo su expresión material de indicadores,
aun cuando éstos, por supuesto, sean elementos indispensables
de su elevación.
Nuestra idea de la economía
es la de un instrumento cuya calificación final habrá
de ser la de su capacidad para promover una mejor vida social.
De hecho, podría afirmar
ante ustedes, que el éxito económico tendrá
que ser medido y es medido en nuestro país, por la elevación
del bienestar social.
La política social, por su
parte, tiene el propósito de hacer que el ciudadano alcance
plenamente su condición de hombre libre que se beneficia
de la vida en comunidad y que aporta a ésta.
Entonces, ciudadano y comunidad;
responsabilidad individual y esfuerzo colectivo; vida privada
y participación pública; generación de riqueza
y elevación del bienestar social, son los aspectos que
vincula el liberalismo social.
Amigas y amigos;
Jóvenes Estudiantes:
Ustedes, al haber elegido la disciplina
económica como ámbito de su desempeño profesional,
están llamados al cumplimiento de una alta responsabilidad
ante la sociedad mexicana de la cual forman parte.
Ustedes, en su proceso de formación,
han aprendido que terminó el tiempo de los dogmas y de
las verdades definitivas.
La economía es, hoy, búsqueda
incesante de consensos; la economía es, entre otras cosas,
evaluación permanente de las experiencias; economía
es también, la lucha incansable por aproximarse a las explicaciones
más satisfactorias de la realidad y las acciones que mejor
concuerdan con esto.
La sociedad tiene grandes expectativas
puestas en ustedes y en sus universidades. Hoy, en prácticamente
todos los asuntos de interés público, existe la
necesidad de contar con la visión económica. Así
es que tienen ustedes un amplio campo de acción y una alta
responsabilidad.
Estimo en todo lo que vale el honor
que me han dado para compartir estas reflexiones con todos ustedes,
ya que hace posible expresarles nuestra visión sobre algunos
de los problemas más importantes del país y así,
mantener juntos, vivas, la deliberación y el debate nacionales.
Muchas gracias.