Contesto su mensaje en el que me propone
renuncie el puesto de Presidente Constitucional de la República.
Si ocupo este puesto, es por la voluntad libremente emitida de la
mayoría de los ciudadanos mexicanos. Usted en aquella ocasión
fué uno de mis opositores, y sólo obtuvo una minoría
tan insignificante que debería hacerle comprender que el pueblo
mexicano no tenía ninguna predilección por usted, y
que desaprobaba la funesta gestión que realizó a su
paso por la Secretaría de Gobernación. Usted en ese
puesto abusó de la confianza que como Jefe de la Revolución
deposité en usted.
Ahora para satisfacer sus ambiciones
personales, preparando con esa conducta antipatriótica la actual
agitación, que afortunadamente no reviste la gravedad que usted
desea, ni merece el apoyo de la mayoría de los ciudadanos,
no seré yo quien abandone el puesto que me ha confiado el pueblo,
por temor a las dificultades que usted me ha creado.
Precisamente mi deber es salvar a la
República de todos los peligros que puedan amagarla. Ninguna
revolución triunfa cuando no cuenta con la opinión nacional
y cuando su jefe en lugar de exponer su vida en las contingencias
de la guerra, permanece oculto al abrigo de todo riesgo y bajo la
protección de una bandera extranjera.