Tlancualpicán,
Marzo 20 de 1913.
Señor general Eufemio Zapata.
Donde esté.
Estimado general a quien debo mis consideraciones:
Quizás por sus múltiples
ocupaciones, no debo pensar otra cosa dada la corrección que
se gasta usted para con todos, no obstante esto, vuelvo a ocupar su
atención hoy, esperando de su cortesía y finura se sirva
consagrar toda ella (su atención) a la VERDAD que entraña
esta carta, en todo lo que contiene.
Tanto en mi primera como en la segunda,
me permitía decir a usted que se sirviera indicarme el lugar
y tiempo en que pudiéramos vernos para conferenciar de una
manera prudente, racional, pertinente y justa, acerca de los medios
para llegar a realizar la paz en la región del Sur, donde operan
usted y su hermano el general Emiliano.
Por supuesto que si tal cosa me permitía
llamar a usted, es porque cuento con las facultades especiales y omnímodas
ad hoc, que me ha conferido el actual Ministro de Gobernación,
que no hay posible comparación, dicho sea de paso, entre él
y el ex Ministro Hernández, de la familia Madero, funestísima
para nuestra pobre patria.
Permítame usted, don Eufemio,
que le asegure que el actual Ministro es una persona de tal manera
aceptable, que basta tratarlo por unos momentos para estimarla, por
comprender que están hermanadas en él todas las cualidades
que un caballero debe tener para el desempeño de tan elevado
puesto.
Las frases que textualmente salieron
de los labios de este señor, fueron éstas:
«Licenciado, (dijo dirigiéndose
a mí) diga usted a Zapata y a todos los suyos, que ... un velo
sobre lo pasado y que estemos unidos todos los mexicanos para salvar
a nuestra patria; que ya no quiero la matanza de hermanos con hermanos,
como tan inicuamente la produjo el Gobierno de Madero; usted ha visto
ya la Ley de amnistía general firmada y este es un broche de
oro con que el actual Gobierno asegura las garantías de todos,
llamándolos a su seno, como buenos hijos de México y
como hermanos... No debe correr ya más sangre de los hijos
de México, toda vez que el Gobierno déspota e inicuo,
ya quedó derrocado".
Pues bien, además de esto, en
la conferencia íntima que tuvimos, me indicó esto que
en seguida expreso, para que vea usted hasta dónde está
inspirado el Gobierno en nobles sentimientos; me dijo textualmente
esto:
-"Dígale a Zapata que quedará
con 800 á 1,000 hombres de los que él escoja de entre
los suyos, a sueldo pagado por el Gobierno y dependiendo no de la
Secretaría de Guerra, sino de la de Gobernación. Que
él quedará con el carácter de Inspector General
de las Fuerzas en el Estado de Morelos, con su Cuartel General en
Cuernavaca, con su oficina respectiva".
Todavía además de esto,
don Eufemio, sucedió lo que en seguida voy a exponer a usted.
En virtud de que algo había sabido el señor Ministro
acerca de la impopularidad de Leyva, el Gobernador de Morelos, por
una comisión que en los momentos de salir yo del Ministerio
llegaba de Cuernavaca, en privada conferencia sobre el particular,
me dijo el Ministro:
---"El señor Ramón
Oliveros es una persona que está muy bien aceptada por todas
las clases pobres y demás, en el Estado de Morelos; es un hombre
correcto, sin vicios y sin necesidad de robar al Estado; es además,
según sé, buen amigo de los hermanos Zapata, porque
sus padres de ellos, es decir, el del señor Oliveros y el de
los señores Zapata, fueron buenos amigos, así es que
dígale usted en lo confidencial a Zapata, al general Emiliano,
que se ponga de acuerdo con usted para que me pida que cambie a Leyva
del Gobierno de Morelos y lo cambiaré dejando al señor
Oliveros, siendo amigo. como es del señor don Eufemio."
Como yo veo en esas proposiciones del
señor Ministro claramente la razón, la justicia, la
pertinencia, y además, selladas con una buena intención
de hombre leal, franco y honrado para cumplir todo cuanto ofrece,
creo que merecen el honor de ser atendidas.
Ocuparía una resma de papel (permítaseme
la exageración) si tratara de decir por escrito a usted, todo
lo que tengo para conferenciar can usted, pero sí puede estar
seguro, se espera allá en México el telegrama que debiéramos
poner su hermano Emiliano y yo para proceder en el acto en lo relativo
al cambio de Gobernador de Morelos y así de lo demás
que debiera contener el convenio acerca del punto relacionado con
la paz del Sur.
Una prueba perfecta de lo que acabo
de decir a usted, es el telegrama que ayer recibí y que original
le remito, para que se forme concepto del caso; en él me dice
el señor Oliveros que ha puesto muy alto el nombre de su hermano
Emiliano en el Gobierno y que se espera el telegrama para efectuar
el cambio.
Protesto a usted, amigo don Eufemio,
que es esta una oportunidad no despreciable, pues hay otras muchas
cosas que no juzgo prudente consignar aquí, pero que sí
son de extremada importancia y todas ellas ya tendré el gusto
de conferenciarlas con usted.
Hay otra cosa, señor mío,
la gran compañía que para resolver lo relativo al problema
agrario se acaba de formar. Una noche antes de mi salida para ésta,
me llegó la constancia escrita que original tengo el gusto
de remitir a usted también, para que se sirva usted informarse
de ella. Esa sociedad está compuesta de personajes de alta
significación y honorabilidad y está inspirada en los
mejores sentimientos para cumplir lo que está firmado por su
gerente, que es un anciano honorable por mil títulos.
Y no se diga que todas mis gestiones
llevan por móvil la esperanza de recibir esos cien mil pesos
que se me ofrecen allí, no; pues desde luego (y sirva de constancia
escrita para ello, calzada con mi firma esta carta que es un documento)
ofrezco que, con toda la ingenuidad de mi corazón los dividiré
todos entre tales y cuales personas de las que más méritos
hayan adquirido en el sostenimiento de la causa asiduamente representada
por su hermano y por usted.
Así es que como usted se servirá
considerar, no puede decirse, (justamente hablando) que me lleve el
interés de recibir esa suma de que hago mérito.
El mismo señor gerente me confió
en lo privado, muchas cosas perfectamente favorables a usted.
La orden que me entregó el señor
Ministro de Gobernación para venir yo acá, también
tengo el gusto de enviarla a usted y su simple lectura le hará
comprender a usted todo lo que entraña. En fin, básteme
decir a usted que tengo amplísimas facultades para que esto
quede definitivamente arreglado.
Usted comprenderá lo que significa
el hecho de entregar documentos originales y confiar por escrito confidencias
que de palabra se han recibido personalmente, pero, al llegar a este
punto, lo hago confiado en que usted es HOMBRE leal, y como leal,
honrado y siendo honrado, tengo yo asegurado lo que el delicado caso
presente demanda de discreción y demás para no quedar
en descubierto en asuntos de trascendencia como los que tratamos en
ésta.
Por tal razón, señor don
Eufemio, suplico a usted muy encarecidamente que, después de
impuesto de todo y de comunicarlo al señor su hermano, se sirva
devolverme los documentos que acompaño, esperándolo
así de su amabilidad, lealtad y honradez.
Cuando usted fué a México
a entregarme una carta de don Emiliano en que me daba las gracias
porque había yo sacado de la prisión a Jesús
Morales, a Margarito Martínez, a Daniel Andrade y no recuerdo
a quién más, entonces tuve el gusto de conocer a usted
y comprendo que es usted un hombre con las cualidades necesarias para
considerarme yo seguro en el punto de que hablo en el párrafo
anterior.
La prisión en que estaban los
arriba citados, era ocasionada por el tal Ambrosio Figueroa como recordará
usted. Ahora que se trata de Jesús Morales, diré a usted
que yo le indiqué mi opinión en el sentido de que había
hecho muy mal en entrar en arreglos sin antes haber acordádolo
con usted como jefe superior.
Cuando el señor Ministro de Gobernación
me habló sobre el particular, le dije que era improcedente
e impertinente la conducta de Morales, toda vez que le faltaban los
detalles razonados para haberse acercado al Gobierno, diciéndole
que se me han acercado varios soldados de las fuerzas revolucionarias,
quéjándose de que Morales los persigue y los molesta.
Dije también al Gobierno que
si los jefes de destacamentos militares no se mueven para nada por
la orden que hay para ello (como efectivamente es cierto, Pues tienen
orden de no estorbar para nada el libre paso de todos los jefes y
soldados revolucionarios que deseen hablar conmigo) con más
razón debe estar Morales en condiciones de no perjudicar a
nadie de los que van a Chietla por tal o cual motivo. Entiendo que
para esta fecha ya debe haberle venido la orden respectiva.
Yo aseguro a usted, don Eufemio, que
en el juicio de la mayor parte de las personas sensatas y de significación
de la capital, está la creencia segura de que tanto en usted
como en su hermano, hay buen fondo moral, hay nobles sentimientos
y Por consiguiente, son buenos patriotas. Y siendo esto así,
yo no vacilo ni por un momento en apelar a ese reconocido patriotismo
de usted, para que, teniendo en cuenta los delicadísimos momentos
porque atraviesa nuestra pobre Nación, nos unamos todos para
hacer desaparecer el grave peligro que entraña la prolongación
de la revolución ante los torcidos deseos del extranjero que
no espera más que un pretexto para intervenir en nuestros destinos
nacionales.
Ahora, si pensamos que la causa principal
de todo ya desapareció, cuya causa era la presencia en el Poder
del Gobierno de Madero, Gobierno déspota, intrigante y falso,
sin otra tendencia que la protección al nepotismo o sea el
sostenimiento de los parientes en todo y por todo; cuando éste
desapareció, parece justo, parece equitativo, parece patriótico
oír el llamamiento que el nuevo Gobierno hace a sus hermanos
para quedar en Paz y que no corra ya la sangre mexicana inútilmente.
Por otra parte, la presencia del señor
Huerta, en el Poder, es transitoria; pues ya en estos momentos se
preparan las cosas para llamar a los mexicanos para que elijan Presidente
de la República, en el concepto de que se quiere que sea un
civil y no un militar quien rija los destinos de nuestra pobre Nación.
¡Cuánto tengo que decir
a usted!
¡Ojalá muy pronto pudiéramos
hablar!
J. RAMOS MARTINEZ.