Veracruz, junio 26 de
1913.
Señor general Félix Díaz.
México, D. F.
Mi querido Félix:
Dentro de unos cuantos momentos zarpará
el buque destinado a conducirme al extranjero, y por tal motivo puedo
hablarle ya con absoluta claridad, sin despertar la sospecha de estar
inspirado por la ambición política o por la rabia desbordante
del fracaso. Me he esperado hasta el último ínstante
a fin de no perjudicar el prestigio de su popularidad.
Cuando los periódicos anunciaron
la ruptura del "Pacto de la Ciudadela", entendí desde
luego la turbia maniobra de Rodolfo Reyes; pero aunque la intriga
se había urdido con el cordón de la más increíble
ingratitud, preferí callar y me resigné abnegadamente
a que sobre mí se descargaran todas las responsabilidades de
la presente situación.
Pero ahora es distinto. Pronto abandonaré
las playas de mi patria, y aun cuando me propusiese lo contrario,
cualquier trabajo mío resultaría ineficaz. Por eso mis
palabras, lejos de tener finalidad política, son únicamente
la expresión dolorida de "quien tiene sabor amargo en
la boca" y da libre curso al justiciero resentimiento que lo
embarga.
¿Resentimientos con Huerta? No,
amigo mío. El Presidente hizo su movimiento aparte el 18 de
febrero, y por esta causa no tenía el deber de acompañarme
al precipicio. Mis quejas van únicamente contra aquellos que,
beneficiados por mí, no han vacilado en sacrificarme en aras
de su interés personalísimo y de su conveniencia particular.
Usted, amigo Félix, estaba ligado
por dos pactos: el del general Huerta que autorizó usted con
su firma, y el mío; que selló únicamente con
su honor. El primero podía usted romperlo de acuerdo con el
Presidente. El segundo era de aquellos que no se pueden tocar sin
convertir en añicos la gratitud y el pundonor.
Yo debí el Ministerio, no a usted
personalmente, sino a la Revolución de la Ciudadela. Y a una
misma Revolución debieron Rodolfo Reyes, la Cartera de justicia,
y usted su salida de la prisión y su candidatura presidencial.
Ahora bien: ¿quién es
el verdadero autor del movimiento revolucionario del 9 de febrero?
¿Usted o yo?... Que responda la opinión imparcial de
la República.
Nadie ignora, amigo Félix, que
yo fuí quien concibió primero el pensamiento de la Revolución;
que yo mismo comprometí a la oficialidad; que yo asalté
los cuarteles de Tacubaya y formé las columnas que se dirigieron
a la Penitenciaría y al Cuartel de Santiago; que yo igualmente
abrí las bartolinas en que se encontraban el general Reyes
y usted; que yo puse a ustedes dos en libertad; que yo, por fin, después
del desastre frente al Palacio Nacional, ocasionado por el impulsivismo
de Reyes, y la impericia de usted, reuní la fuerza dispersa
y ataqué la Ciudadela, logrando su inmediata rendición.
En la fortaleza, yo dirigí la
defensa, con una constancia que pueden atestiguar todos los revolucionarios.
Yo construí parapetos, abrí fosos, levanté trincheras
y dirigí todas las operaciones militares. En una palabra: yo
fui el todo durante los días de la Decena Trágica, y
la historia dirá tarde o temprano, que hasta el 18 de febrero
mi figura fué la primera, por no decir la única, saliente
en la Revolución.
En esa fecha estalló otra Revolución
militar, fuera de la Ciudadela, y como derrocara al Gobierno del señor
Madero, vino como consecuencia un Pacto de las dos Revoluciones. ¿Por
qué firmó usted ese Pacto y no yo, como justamente correspondíame?
Por dos razones: la primera estriba
en mi absoluta falta de ambiciones políticas; la segunda se
basa en la convicción de que era usted agradecido; en la suposición
de que teniendo usted plena conciencia de que toda su personalidad
se había formado por actos míos, habría de acompañarme
abnegadamente a la desgracia cuando se presentase, y al desastre,
si alguna vez venía.
El general Huerta no me debía
favores ni servicios de ninguna clase, y por lo mismo ha estado en
su derecho para separarme del Ministerio, en el momento en que así
le convino.
Pero usted y Rodolfo, no debieron consentir
fría y pasivamente en ello, sin decidirse a retirarse conmigo
de la cosa pública. Pero es curioso, amigo Félix, que
Rodolfo y usted hayan roto el Pacto de la Ciudadela, con el exclusivo
objeto de perjudicar a quien les había preparado la mesa.
En cambio, roto el Pacto, sigue el banquete.
A mí me habría dolido salir del Ministerio de la Guerra
en cualquiera circunstancia, porque el fracaso siempre es penoso;
pero el salir empujado por aquellos a quienes yo encumbré,
constituye una decepción inconsolable, que, nunca pude imaginar.
¿Que mi separación se imponía? Pues entonces,
amigo Félix, "a jalar parejo" como dicen en mi pueblo.
Sin embargo, ustedes se resolvieron a olvidar los antiguos servicios
y sólo "barrieron para adentro".
Usted sabe lo que conmigo se ha hecho,
además de ser ingratitud, envuelve enorme falsedad. Yo no soy
el único responsable del recrudecimiento de la guerra civil,
los autores del presente estado de cosas, somos todos y principalmente
usted, que careciendo de popularidad, se obstina en ser el próximo
Presidente de la República. También se encuentra en
primera línea de culpabilidad Rodolfo, que con sus constantes
manifiestos, declaraciones e intrigas, no cesa en su trabajo funesto
para la Patria.
Por lo demás, no debiera extrañarme
la conducta inquieta del consejero que ha escogido usted. Si subió
al Ministerio sobre el cadáver de su padre, nada tiene de particular
que compre su continuación en él Gabinete con mi ostracismo
político.
Pero usted, amigo Félix, debe
detenerse en la peligrosísima pendiente en que resbala sin
sentirlo. Ayer confió usted la dirección del órgano
político a quien atacó con más encarnizamiento
al señor general Porfirio Díaz. Hoy colabora en la expulsión
del que forjó la personalidad que ostenta usted.
¿Qué fin se propone con
estos manejos? ¿Cree usted que por tales escalones se asciende
indefinidamente? No, amigo mío; el éxito no coincide
nunca con la ingratitud.
Yo me retiro de la vida pública.
El pueblo sabe ya que usted se separa de Mondragón, que le
sirvió con riesgo de su vida, para ligarse con Zayas Enríquez,
que ultrajó cruelmente al protector, al padre de usted.
Así es la vida, así es
Rodolfo, así también ha resultado usted. Pero antes
de partir, a fin de que usted perciba la diferencia entre su conducta
y la mía, le recordaré que el 13 de junio, cuando escribí
mi renuncia, usé esta palabra: solidaridad, que usted no conoce,
o que por lo menos la olvidó al romper, no el Pacto dé
la Ciudadela, sino el otro pacto, el no escrito, el celebrado bajo
la fe de lealtad con quién tuvo el gusto de romper los hierros
de su cautiverio y labrar el pedestal de su personalidad actual, y
que hoy lo tiene sin rencores ni malos deseos, al sacrificarse obscuramente
para atizar la llama agonizante de la casi muerta popularidad de usted.
MANUEL MONDRAGON