Penitenciaría de
México, marzo 3 de 1914.
Señor general Aureliano Blanquet.
Presente.
Señor general:
La señora Gutiérrez de
Mendoza, mi amiga y compañera de prisión, me ha dicho
que aseguró a usted que yo estaba dispuesta para ayudar al
Gobierno en su obra de pacificación. Ha dicho verdad, y, aunque
espontáneamente, no ha hecho más que interpretar mis
deseos, mis aspiraciones que le son bien conocidas.
Sí, yo estoy dispuesta a contribuir
a la pacificación de nuestra patria, por vías pacíficas
también, y por el convencimiento, única manera de evitar
el derramamiento de sangre; de poner un hasta aquí a la ruina
de los ciudadanos; de cegar, en fin, el raudal de lágrimas
que a la vez que la sangre, mana por todas partes, a consecuencia
de los horrores de la guerra civil, esto es lo que yo ambiciono.
La señora Gutiérrez de
Mendoza me dijo también, de parte de usted, que le manifestara
extensamente por escrito mis proposiciones y mis pretensiones, hablándole
con toda claridad sobre este asunto, lo cual agradezco a usted sobremanera,
pues llena mi deseo más ardiente para el fin que persigo.
De acuerdo, pues, con su iniciativa,
le digo que mis pretensiones personales son ningunas. Recluída
injustamente en esta prisión desde hace seis meses y días,
después de haber permanecido 50 días en Belén,
espero la sentencia de mis jueces, cualquiera que sea, reservándome
el derecho de apelar de ella y de los procedimientos de que he sido
víctima, ante la opinión pública, si, como hasta
hoy, no hallo justicia en ninguna parte.
En consecuencia, si el Gobierno acepta
mis servicios, en la forma que quiero y puedo prestárselos,
continuará mi proceso hasta que llegue a su fin; y cuando tenga
que salir de la población para desempeñar alguna comisión
que se me encomiende, regresaré a mi prisión, por mi
propia voluntad, para seguir bajo la autoridad que me juzgue, porque
así me lo exige mi delicadeza, como adepta de una causa a que
he sido y soy fiel: la causa del Pueblo y de la justicia.
En cuanto a mis pretensiones de interés
general, son dos: una, que lea usted cuidadosamente lo que voy a escribir
sobre la revolución actual, cuyas causas conozco desde antes
de que estallara, y cuya marcha he seguido paso a paso, en sus medios
más íntimos muchas veces; otra, que acepte el Gobierno
los medios pacíficos que voy a tomarme la libertad de exponerle.
Antes de seguir adelante, debo manifestar
a usted, para prevenir errores y prejuicios, muy naturales en quien
no me conozca, que no soy enemiga ni partidaria personalmente de nadie,
pues, afecta, apasionada tal vez de ciertas doctrinas sociales y políticas,
cuando soy amiga de alguien, lo soy en lo particular, y en política
sólo considero y estimo a las personas por sus hechos.
Además, huérfana de padre
y madre desde muy joven; viviendo siempre de mi trabajo, y, desde
hace tiempo también, sola en el mundo, no existe otra influencia
para mí que la de mi criterio y la de mi conciencia, no aspirando
a nada material ni arredrándome nada tampoco, si no es obrar
torcidamente, lo cual está en mi mano evitar.
Hecho este exordio que juzgo necesario,
voy a entrar en materia, suplicando a usted no vea en mis apreciaciones,
reproches ni mala voluntad para nadie, pues no la tengo; sino la necesidad,
el deber puedo decir, en el presente caso, de presentar las cosas
como son, a fin de hallar el remedio que se ha menester para poner
fin a una situación verdaderamente angustiosa para la gran
familia mexicana; sólo me guía al escribir esta carta,
dirigida a usted, el deseo del restablecimiento de la Paz y el bien
de todos.
Los hombres de Estado, por grandes que
sean sus aptitudes para el alto puesto que ocupan, y por sanas que
sean sus intenciones en favor de sus gobernados, es muy raro que vean
claro en una contienda que, como la presente, tiende a la reorganización.
y reforma de las instituciones políticas y sociales que rigen
a un pueblo, porque la atmósfera de preocupaciones, de adulación
y de intereses personales, no siempre legítimos, que los envuelve,
lo impide, cegándolos en cierto modo; de aquí se origina
la necesidad y aun el deber que tienen ciertos espíritus imparciales
y desinteresados, de exponer sus razones para esclarecer problemas
como el que nos ocupa, y yo, contando con el consentimiento de usted,
voy a exponer las mías.
Uno de los grandes errores que impiden
el restablecimiento de la Paz es considerar la presente revolución
como el impulso de unos cuantos ambiciosos que pretenden escalar los
puestos públicos, y de un número más o menos
crecido de bandoleros, cuyo objeto único es el robo.
Yo no negaré que haya ambiciosos
ni bandolerismo, aunque no en las proporciones de que habla la prensa,
porque es muy raro el hombre sin ambiciones, que, por lo general,
no vale nada; y los bandoleros, que nunca faltan en todas partes,
se acogen a cualquiera bandera, bajo la cual pueden realizar sus fechorías
con mejor éxito; pero ni Vázquez Gómez, ni Carranza
luchan por ser presidentes, aunque no les desagradaría serlo;
ni el pueblo se sacrifica porque rijan nuestros destinos personas
determinadas; ni el objeto de la presente lucha es apropiarse de lo
ajeno, por más que muchos lo hagan; el movimiento revolucionario
que nos preocupa no es más que el brazo armado de las aspiraciones
y propósitos de una inmensa colectividad que constituye la
mayoría, casi podríamos decir la totalidad, con raras
excepciones, de la Nación Mexicana, que anhela, que ha resuelto
efectuar reivindicaciones que le son debidas, así como establecer
leyes que garanticen la equidad entre el capital y el trabajo con
los derechos de todos.
Así, usted ha visto, señor
general, que a pesar de las innegables energías del señor
general Huerta y de sus colaboradores; a pesar de los grandes elementos
de la Nación, que tiene en sus manos; a pesar de la numerosa
policía de que dispone, la cual descubre a diario complot tras
complot, y puebla todas las cárceles de la República
de reos políticos; a pesar del arrasamiento de los pueblos,
y a pesar de toda clase de medidas represivas que se han venido empleando,
desde el 18 de febrero de 1913 a esta fecha, con el fin de acabar
con la revolución, ésta ha ido aumentando en vez de
decrecer.
¿A qué se debe esto? A
que las ideas de reivindicaciones y reformas que se agitan en todos
los cerebros enardecen todos los corazones, arman todos los brazos
y predisponen a todos los sacrificios; a que las medidas rigurosas,
en vez de atemorizar, calmándole, a un pueblo que no conoce
el miedo, le exasperan más y más y le impulsan a la
venganza; parece que del vapor escapado de la sangre de los que han
sucumbido, y de las lágrimas de los que lloran, se han formado
nuevos y numerosos combatientes que aumentan sin cesar; fíjese
usted, señor general.
Como una comprobación de lo que
acabo de expresar, voy a hacer a usted una breve reseña de
hechos cuya veracidad me consta por haber intervenido en ellos como
testigo y aun como autora muchas veces.
Después de la muerte de mis padres,
comencé, abandonando un poco mi sociedad habitual, a visitar
los cuchitriles de los miserables para llevarles, como miembro de
alguna sociedad filantrópica, un poco de pan y algún
consuelo; y como todo se los daba con amor, veían en mí
a una amiga, y me hicieron infinidad de veces sus tristes confidencias,
cadena desgarradora de miserias, de humillaciones y de injusticias,
la cual puede sintetizarse en estas palabras: usurpación, despojo,
abuso; porque el trabajo no estaba retribuído debidamente;
porque se les hacían pagar muy caras sus miserables viviendas;
de modo que a los propietarios de ellas redituaban el 4, el 5 y hasta
el 6 por ciento mientras que las casas destinadas a las otras clases,
redituaban cuando mucho, el 2 por ciento; y como si esto no fuera
bastante, se les exigía un humillante servilismo.
Después de ver las miserias de
la ciudad, originadas por la mala retribución del trabajo,
fuí al campo, en donde era todavía mayor la explotación
del hombre por el hombre, pues, además de lo bajo de los jornales,
había que agregar el despojo de los terrenos, tanto de los
pueblos, como de los particulares.
Y allí, entre aquellos seres
analfabetos, oí, de los labios de ellos al hacerme la relación
de sus desdichas, el grito de rebelión y de protesta, como
lo escuché en la ciudad, sin embargo de que nadie lo había
proferido ante ellos, si no era su propia conciencia, diciéndoles
que eran hombres y no cosas; que eran hijos de Dios y no propiedad
de los que los despojaban y oprimían. Desde entonces comprendí
que la revolución actual no estaba lejos, porque ideas germinaban
por todas partes.
Poco después vine a México,
donde vi que millares de ciudadanos iban a inscribirse en los clubs
políticos; de donde debería surgir la revolución,
como fué.
Durante el corto período de tiempo
que duró la lucha encabezada por Madero, el que fué
ídolo del pueblo, porque le habló de libertad y de reivindicaciones,
así como porque, tras su deficiente Plan de San Luis Potosí,
creía ver surgir todas las reformas ambicionadas, sucedió
algo que no debo pasar en silencio.
Después de haberse descubierto
el proyectado movimiento revolucionario que debió estallar
el 20 de noviembre de 1910, varios ciudadanos, procedentes de algunos
Estados, y jefes cada uno de un grupo más o menos numeroso,
se unieron; formaron una junta revolucionaria; expidieron un plan
político-social reconociendo a Madero coma jefe supremo de
la revolución; y de ellos se lanzaron a la lucha Gabriel Hernández,
que salió de aquí con tres hombres, y los señores
Miranda, a la cabeza de varios de sus coterráneos.
Hernández, dos días después
de haber entrado en San Agustín Taxco, de donde sacó
sus primeros elementos, tenía 86 hombres, y este guarismo fué
aumentando de día en día hasta llegar a cerca de cuatro
mil; a los Miranda les pasó otro tanto; y en cuanto a los demás
que permanecieron en el Distrito Federal, organizados, aunque sin
armas en calidad de reserva, pasaban de 12,000 cuando, a principios
de mayo de 1911 fui a ver a Madero, comisionado por ellos, ya pasaban
de 20,000, sin contar al pueblo que se unió a ellos en los
días 24 y 25 del mismo mes cuando, enérgica e inapelablemente,
exigieron la inmediata renuncia al Dictador.
Ahora bien, ¿qué impulsó
a estos hombres a reunirse y a organizarse para la lucha de cuya verificación
estaban ansiosos como me consta y por qué se les proporcionaban
elementos de todas clases, lo cual me consta igualmente, si no fueron
las ideas y las aspiraciones a que me refería antes, las cuales
animaban a todos, a unos para luchar en los campos de batalla, y a
otros para secundarlos en otro terreno? Igual cosa sucede en la actualidad,
porque esta revolución no es más que la continuación
de aquélla.
En su primer período tuvo por
caudillo a Madero, porque su palabra fué como el eco de las
ideas y de los sentimientos del pueblo que le aclamaba como a un apóstol,
como a un redentor; en el segundo se armó contra Madero, porque
éste faltó a sus promesas, y apostató de sus
propias doctrinas; y hoy es en contra del gobierno del general Huerta,
porque ve en él un obstáculo para el establecimiento
de sus doctrinas.
Que cese el obstáculo, y la Revolución
concluirá, porque, lo repito, no es personalistá, es
que el pueblo de México siente la irresistible necesidad de
dar un paso en el camino de su evolución política y
social y persevera en su esfuerzo, como perseveró el de Turquía,
el de Persia, el de China y el de Portugal, hasta conseguir su objeto.
Esto no quiere decir que no haya remedio
para el mal que nos aqueja; para hacer cesar esta guerra civil que
nos amenaza con el exterminio; lo hay y se impone. Si me he atrevido
a cansar acaso la atención de usted, si he hecho esta superficial
y brevísima reseña de la revolución actual, así
como de su naturaleza y de sus causas; si he hablado con una sinceridad
que tal vez pueda perjudicarme en mi calidad de procesada política,
es porque juzgo que el remedio existe, y que está en manos
del Gobierno. Voy a explicarme.
El pueblo, para quien han sido instituídas
las leyes y las autoridades, tiene el derecho de formar, derogar,
reformar las primeras, y de elegir o deponer a las segundas, cuando
haya motivo para ello; y como el gobierno es para el pueblo, está
en las atribuciones que le competen facilitar el ejercicio de los
derechos de éste, sin efusión de sangre, sin perjuicio
para nadie.
Así, probado como está,
que el pueblo de México ha resuelto efectuar una reforma en
sus instituciones, el señor general Huerta, como Presidente
de la República, pues no es preciso que deje su puesto, puede
poner fin a la contienda, convocando a los revolucionarios que andan
con las armas en la mano a una convención, no para hacer elecciones,
pues no se trata de eso; sino para discutir la mejor manera de hacer
efectivas las aspiraciones, las justas exigencias, diré de
ese mismo pueblo, a fin de que el Congreso de la Unión acatando
las disposiciones de sus representados, las eleve a la categoría
de ley.
Si el señor general Huerta se
resuelve a dar este paso, dando libertad a los prisioneros políticos
que manifiestan hallarse conformes con la disposición citada,
y concediendo garantías para todos, la paz será un hecho,
y su pérsonalidad será grande, en la conciencia de sus
contemporáneos y en los anales de la historia.
En cuanto a mí, hállome
dispuesta, si llega ese caso, a poner al servicio del Gobierno mi
inteligencia, mis esfuerzos todos, teniéndome por muy dichosa
en haber contribuido, aunque sea en mínima parte, para obtener
el bien inapreciable de la paz.
Aprovecho con gusto esta ocasión,
señor general, para ofrecerle mis respetos.
DOLORES JIMENEZ Y MURO.