México, 16 de septiembre
de 1914.
Señor General Don EMILIANO ZAPATA.
Cuartel General del Ejército Libertador.
Cuernavaca, Mor.
Muy estimado señor General:
Después de escrita mi carta del
día 14, recibí su grata fecha 3 de los corrientes, por
el muy apreciable conducto de mi buen amigo don Manuel Gregorio Zapata.
Como se trata de evitar mucha sangre
y muchos dolores a nuestra Patria, tengo la seguridad de que usted,
hombre de corazón, sabrá disculpar mi insistencia sobre
ciertos puntos relativos al PROBLEMA AGRARIO, pues creo que de la
buena inteligencia de ellos, puede depender un arreglo que llene a
todos los mexicanos de satisfacción, al evitar que la guerra
continúe.
Cuando el interés del PUEBLO
es debatido, me considero con pleno derecho a ocupar un puesto en
primera fila, por la razón sencilla de que siempre he vivido
con el Pueblo; recibí mi instrucción primaria y preparatoria
junto con los hijos del Pueblo en la villa de Jonuta, Tabasco, y en
la Escuela Preparatoria de esta Capital.
Ya hombre, continué tratando
muy de cerca al Pueblo, en el campo de la industria y de los asuntos
agrícolas.
Ese contacto íntimo con el Pueblo
me permitió prever la actual Revolución, y cuando surgió,
me propuse encauzarla por caminos que son los únicos que llevarán
al fin propuesto; fin que consiste en la resolución definitiva
del PROBLEMA AGRARIO, firme base del desarrollo económico nacional
y de la paz orgánica entre los mexicanos.
Hace cuatro años que he abandonado
casi en absoluto mis negocios, para dedicarme con toda buena voluntad
y empeño a la causa del PUEBLO; lo que me ha producido un quebranto
de trescientos mil pesos en mis intereses.
Ese tiempo lo he ocupado en escribir
en la Prensa y en preparar y editar varios folletos; además
he sostenido polémicas públicas en los periódicos
y varias privadas por cartas.
Algunas de esas discusiones han sido
hasta amargas, como la sostenida en el seno de una sociedad científica.
Mi larga labor que ha sido ensalzada en el Extranjero, no ha dejado
de ser combatida en mi Patria por las CLASES SOCIALES interesadas
en evitar el avance del PUEBLO.
Esa labor de cuatro años quedará
concentrada en un libro en cuarto, de un millar de páginas
poco más o menos que próximamente será publicado;
así es que al tratar del PROBLEMA AGRARIO en el Estado de Morelos,
al par que en toda la extensión de la República, no
lo hago como un advenedizo, sino como un factor del movimiento revolucionario,
con derecho legítimo para levantar la voz ante el PUEBLO, que
puede escucharme sin desconfianza, pues tengo demostrado que soy uno
de sus verdaderos y desinteresados servidores.
Ante un caracterizado representante
del PUEBLO, como es usted, debo hablar y tengo que ser escuchado;
porque es mi ardiente anhelo evitar más dolores a ese PUEBLO,
que hace cuatro años está prodigando su sangre en defensa
del pan y la libertad, para las generaciones futuras.
Ciertamente, la implantación
de mi SISTEMA requiere muchos millones de pesos; pero no tendrá
que desembolsarlos el Gobierno, sino quienes adquieran la tierra,
que si son una millonada tanto mejor para todos, absolutamente para
todos, hasta para el Gobierno.
Las razones de esto son muy sencillas.
La tierra actualmente puede expropiarse pagando a cincuenta pesos
la hectárea, término medio por todo valor; así
es que diez hectáreas costarán quinientos pesos a un
campesino que no haya sido un valiente soldado revolucionario; aquel
deberá pagarlas en veinte años a razón de veinticinco
pesos por año.
Ahora bien, esas diez hectáreas
por el progreso general del País y por las mejoras constantes
de que su propietario o el Gobierno en su caso, las hagan objeto:
desmontándolas, irrigándolas, saneándolas y adecuándolas
con los abonos convenientes; se poblarán de frutales y estarán
listas en una palabra, para producir cosechas de diez a cien veces
superiores a las raquíticas que actualmente se sacan de ellas
y adquirirán por todo ello, un valor veinte o más veces
mayor; es decir, habrá quien pague por dichas diez hectáreas
hasta DIEZ MIL PESOS y más; porque vea usted: terrenos que
en la Alta California se vendían hace unos veinticinco años
a setenta y cinco centavos la hectárea, valen hoy cinco mil,
diez mil y quince mil pesos.
¿Quién se ha sacrificado
allí? Nadie, absolutamente nadie; lo que ha sucedido es que
el trabajo, fuente positiva de toda riqueza, que es la riqueza misma,
se ha aplicado de un modo perfecto y racional y la riqueza ha brotado
como por encanto en beneficio de todos.
Esa magnífica región hace
algo más de cuarenta arios, pertenecía a México.
¿Por qué en Morelos o en Chihuahua, no habría
de producirse el mismo colosal aumento de valor, por una aplicación
perfecta y racional del trabajo?
¿Qué falta para ello?
Que la tierra, en vez de pertenecer a ocho individuos en Morelos,
pertenezca a ochenta o cien mil jefes de familia.
¿Habrá injusticia o daño
en que éstos cuando no hayan sido soldados libertadores paguen
quinientos pesos, por tierras que al cubrir el último abono
de su valor actual, ya valgan cinco o diez mil pesos?
¿Quién habrá puesto
esa millonada que espanta a los consejeros de usted? No el Gobierno,
no el campesino, no hombre alguno, sino la tierra misma, una vez que
el hombre haya trabajado con los entusiasmos del propietario, con
los anhelos del padre de familia y del patriota y con la ciencia que
ha enseñado la experiencia universal a los hombres de otros
países y que fácilmente comunicarán los agricultores
instruidos, a los trabajadores moralizados, inteligentes y fuertes,
de nuestros campos, una vez que dejen de ser esclavos de ignorantes
y por ende crueles y corrompidos patrones.
La forma práctica con que se
conseguirá esa multitud de millones para invertirlos en la
tierra, siempre susceptible de producir ciento por uno, también
queda explicada en el cuaderno número 3 que contiene el SISTEMA
SALA.
Mediante hipotecas de la tierra una
Compañía de División y Colonización de
campos EXPROPIADOS a nuestros actuales terratenientes, que no hayan
sido enemigos de la Revolución, ni servido al Gobierno de Huerta,
pueden conseguir dinero para REFACCIONAR a los colonos nacionales
primero y a los extranjeros después y con el importe de sus
cosechas irán viviendo y cubriendo lentamente el pequeño
valor de sus lotes.
El propietario habrá VENDIDO
AL CONTADO a la Compañía de División de la tierra
y esta Compañía, recibirá anualmente por los
abonos de todos los colonos nacionales, el valor íntegro de
varios lotes, hasta obtener el de todos los que constituyan una región
así dividida, GANANDO la Compañía en esta operación
un ciento por ciento o más, de sus inversiones primitivas,
lo que equivale a una utilidad de cinco por ciento o más anual,
sobre el capital empleado.
El colono nacional o campesino, nada
perderá tampoco; en realidad irá acumulando una fortuna
al trabajar para vivir mejor, como nunca ha vivido, disponiendo de
sumas no soñadas cuando era peón y él gozará
o habrá dejado a su familia una tierra que vale veinte veces
más, que la cantidad en que la compró.
Dejará un capital sólido
a sus hijos y él en unión de éstos habrá
pasado años felices, a pesar del pequeño pago que ha
tenido que hacer, porque este será muy módico y se habrá
invertido el dinero de un modo sorprendentemente remunerador.
Ve usted cómo, por el "SISTEMA
SALA" se gastará ciertamente una millonada; pero sin perjuicio
de nadie; por el contrario, con enorme beneficio para todos: del Gobierno
o de las Compañías que son expropiadores directos de
los terrenos; de los pequeños propietarios o colonos, entre
quienes se haya dividido y además el Gobierno sacará
aún otras ventajas porque recabará más tributos
de una población próspera, que de la millonada de desventurados
parias en que las ambiciones y la estupidez de los conservadores:
frailes, hacendados y militares, han convertido a los habitantes del
campo Mexicano.
Con el SISTEMA SALA, el rico no puede
ocultar el valor de sus tierras y por consiguiente tendrá que
pagar al listado el tributo que JUSTAMEMENTE le corresponde.
He aquí la prueba: EL SISTEMA
SALA, dice que sobre el valor declarado por el terrateniente, éste
pagará un cinco al millar.
¿Cree usted que ese terrateniente
declarará un valor diez, veinte o treinta y hasta cincuenta
veces menor que el verdadero como sucede hoy? Imposible.
¿Por qué? Pues sencillamente
porque entonces el Gobierno, un vecino, un hombre de empresa, cualquiera,
que conozca el valor verdadero de esa hacienda la adquirirá
por ese valor bajísimo, mediante la expropiación para
dividirla y poblarla de colonos mexicanos primero y por Colonos extranjeros
dentro de algunos años.
Así es que el dueño de
la tierra tiene interés hasta en señalar un valor alto
para no verse expropiado de su tierra; pero ¿puede subirlo
diez, veinte, treinta veces?
No, tampoco puede hacer esto, pues el
Gobierno cobrará el cinco al millar sobre el valor que el propietario
declare VOLUNTARIAMENTE.
Y si declara un valor diez veces mayor,
pagará en vez de cinco al millar cincuenta al millar; y claro
está que estos tributos lo arruinarían completamente
al cabo de muy poco tiempo.
Luego cualesquiera que sean las pasiones
y la imbecilidad de los terratenientes, si se dictan las leyes del
SISTEMA SALA tendrán que declarar algo muy cercano a la verdad
sobre el valor de sus tierras, porque si mienten en menos, se exponen
a ser expropiados inmediatamente por una suma pequeña y si
mienten en más, tendrán que pagar por siempre un tributo
muy fuerte al Estado, que los pone en peor condición que a
los terratenientes verídicos y sinceros que declaren la verdad
y sólo la verdad.
El SISTEMA SALA, establece automáticamente
la equidad en los tributos sobre la tierra y así el Gobierno,
en vez de recibir los ocho miserables millones que hoy recauda por
ese capítulo, recaudará cincuenta u ochenta millones,
que servirán precisamente para pagar los réditos de
los quinientos millones de pesos, con que se fundará el Banco
Agrícola Nacional, de donde los divisores de la tierra, los
colonizadores y los campesinos sacarán por de pronto los MIL
QUINIENTOS MILLONES en billetes muy bien garantizados y que son necesarios
para COMENZAR a implantar el SISTEMA SALA, con infinito provecho de
la Nación Mexicana.
La tierra no es del campesino ni de
nadie; es y debe ser de quien la trabaje, porque el Pueblo se la otorga
con ese fin.
La tierra es del Pueblo y tan miembro
del Pueblo es el que nace en el miserable jacal de una aldea, como
bajo el dorado techo de un palacio en una gran ciudad.
Si ese hijo de ricos, si ése
millonario quiere trabajar la tierra ¿por qué impedírselo?
Lo único que hay que impedirle
a todo trance, hasta cortándole la cabeza si es necesario,
es que la ACAPARE, que la utilice en beneficio puramente suyo, que
esclavice a los hombres de que se vale para trabajar; pero si ADQUIERE
una parcela máxima (que será siempre de cien hectáreas
a lo más) si la trabaja bien y paga altos jornales, ese rico
tiene tanto derecho a la tierra como el campesino que sólo
ha podido comprar la parcela mínima de cinco hectáreas
y en ellas vive trabajándolas noble y asiduamente con su familia,
conquistando el pan de cada día y a la vez la altiva libertad
y la dicha.
Los clericales, los terratenientes y
los militares profesionales, han creído que la tierra es para
ellos, únicamente para ellos, ocasionando con esta mala idea
la desventura de México y sus frecuentes sangrientas revoluciones;
lo que es deseable para todos los hijos de la Patria es que el AGRARIO
DE CORAZON no haga distinciones, que no se crea, porque no lo es,
dueño único del suelo y de todo el suelo; la tierra
es de todos, absolutamente de todos los que la trabajan por su bien
personal, sin perder de vista el bien de la Patria que no es distinto
al bien de todos y cada uno de sus habitantes.
La tierra es de los CAMPESINOS sin duda;
pero es indispensable que PUEDA HACERSE CAMPESINO todo el que quiera.
Esta es la verdad; la mentira y el mal
grave, el mal de que tratamos de salvarnos por el MACHETE y el TIZON
es precisamente el EXCLUSIVISMO, implantado por el conquistador español
y sostenido por los malos gobiernos.
Miente o por mala fe o por ignorancia,
quien sostenga una teoría contraria a la expuesta.
De esto se deduce que el Pueblo, es
decir, la sociedad entera no tiene ninguna obligación de OBSEQUIAR
la tierra, sino que está en la estricta obligación de
VENDERLA a quien pretenda trabajarla, en precio JUSTO, precio determinado
por la cultura social.
El precio de cincuenta o cien pesos
hectárea será hoy un precio justo de las tierras labrantías
mexicanas, dentro de veinte años, si por el SISTEMA SALA la
agricultura toma grandes vuelos, esa misma tierra tendrá un
precio justo de mil a diez mil pesos hectárea.
De esto se deduce también que
la tierra es una propiedad de la Nación, del Pueblo, de la
sociedad entera que vive en una Patria y por tanto, tiene que ser
VENDIDA al hombre que honradamente la trabaja para él y sus
sucesores, bajo la precisa condición de trabajarla siempre.
A nadie se puede despojar de la tierra
que está trabajando; pero a cualquiera debe expropiarse de
la que no trabaja o de la que trabaja mal y que sin embargo acapara
y debe expropiarse para entregarla POR SU JUSTO PRECIO al trabajador.
Por supuesto que no se trata aquí
de las tierras que como premio, reciban los valientes soldados que
han luchado contra la dictadura de Huerta, tanto en el Norte como
en el Sur. Ellos han pagado ya esas tierras a un precio altísimo:
¡el de su misma sangre!
Pero ¿CUANTOS CAMPESINOS HAN
LUCHADO? Tan sólo la DECIMA PARTE DE LOS ADULTOS, contando
hasta con los muertos en los combates.
En efecto, cuando más habrán
tomado parte en las batallas, desde hace cuatro años, unos
trescientos mil hombres, contando hasta con los soldados de la Dictadura
y como pueden calcularse en tres millones los campesinos de diez y
seis a sesenta años, resulta que dos millones setecientos mil
individuos del campo, nada han hecho por recibir un regalo de tierras.
Si los Gobiernos REIVINDICARAN los despojos
cometidos hace siglos, evidentemente que nunca habría paz en
las naciones.
Lo único que está permitido
a las verdaderas revoluciones, es dar orientaciones nuevas al modo
de ser de los vivos, remontándose lo menos posible en componer
hechos sucedidos hace cientos de años.
Resulta de consiguiente, que los principios
agrarios son justos, aun cuando se vendan las tierras a la inmensa
mayoría de los hombres del campo aptos para cultivarlas, inmensa
mayoría que no ha militado bajo ninguna bandera.
Cuesta muchísimo dinero REIVINDICAR
y CONFISCAR, porque si bien es cierto que la justicia es gratuita
para el ciudadano tiene que pagarla el Estado y a precio muy alto,
si se quiere que sea eficaz.
Los jueces mal pagados, se dejan sobornar
y sus injustos fallos producen cuantiosos gastos a las naciones.
Sin embargo, las REIVINDICACIONES y
las CONFISCACIONES tendrán que hacerse ahora, porque su realización
se impone al Gobierno Revolucionario cuesten lo que costaren; pero
repito que son simplemente medios de segundo orden, para dotar a los
campesinos de las tierras que necesitan para salir de una vez por
todas, de su prolongada y espantosa miseria.
El medio más eficaz que para
esto existe, es el de las EXPROPIACIONES. Ellas necesitan millones
de pesos, es cierto; pero esos millones los proporciona la tierra
misma, no el sudor del pobre, como creo haberlo demostrado.
Las cuestiones netamente políticas
contenidas en el Plan de Ayala, se arreglarán todas, en la
Junta que celebrarán los Generales según la Convocatoria
lanzada por el señor Carranza para el 1o. de octubre y se arreglarán
mejor si usted o sus representantes concurren a ella.
Nada se niega por nadie a los surianos
en lo que se refiere al PROBLEMA AGRARIO; tampoco se trata de defraudarlos
en lo que respecta a sus justas ambiciones políticas; para
todos es conveniente que los surianos tengan suficiente influencia
y poder en la Administración Constitucional del futuro muy
inmediato, para que aseguren la realización de los principios
AGRARIOS tal como los proclamó el Plan de Ayala y como los
aceptan los Constitucionalistas; pero siguiendo los procedimientos
realmente prácticos, indicados en el SISTEMA SALA, incluyendo
también la REIVINDICACION y la CONFISCACION.
De nuevo suplico a usted perdone mi
insistencia; pero desearía con mi vida entera, modificar ciertas
ideas de usted que pueden causar males infinitos a la Patria, por
predisponerlo a continuar la guerra, cuando ésta, desde el
punto de vista agrario, es completamente injustificada e inmensamente
contraproducente.
Los puntos de vista políticos
tampoco ameritan continuación de la lucha fratricida, pues
las diferencias son muy allanables, con una poca de buena voluntad
y de desinterés por ambas partes.
Dando a usted gracias anticipadas por
la atención que preste a mis ideas, me es muy grato repetirme
su afmo. atto. amigo y S. S.
Antenor Sala (rúbrica).