El antiguo régimen,
humillado y vencido, está dando al país el grotesco
espectáculo de su agonía. Entre las nubes de polvo de
la derrota, se han desvanecido ya los espejismos engañosos,
las leyendas fantásticas de la dictadura benéfica, de
la paz octaviana, del crédito público inagotable, de
la prosperidad material asegurada para siempre, de aquél gobierno
patriarcal y fuerte, sostenido por el amor de su pueblo y acariciado
por el beso de la Historia, que muda de admiración, venía
a postrarse a las plantas del tirano.
¿Dónde están hoy
los poderosos ejércitos, las aguerridas tropas, las falanges
invencibles, erizadas de fusiles y de bayonetas, que sembraban el
espanto en las poblaciones y ponían miedo en los ánimos?
¿Qué se han hecho los superhombres del porfirismo, sus
orgullosos ministros, sus doctos diputados, sus conspicuos financieros,
sus brillantes oradores, sus periodistas infalibles que, a manera
de oráculos, lanzaban profecías y anunciaban grandezas?
¿Qué ha sido de la soberbia
de las altas clases, que parapetadas detrás del ejército
y protegidas con las bendiciones celestiales, que el clero nunca trató
de escatimarles, robaban a toda su satisfacción a la gran masa
de los oprimidos y consumían en fiestas y placeres el fruto
del trabajo de los pobres? ¿Adónde han ido a parar aquellos
estadistas inimitables, únicos capaces de regir y llevar por
buen camino a ese hato de imbéciles que ellos veían
en el pueblo mexicano?
De todo esto sólo quedan los
zarpazos de la agonía, los últimos ecos de las bacanales,
el deseperado saqueo de última hora, los crímenes que
inspira el terror, los impotentes insultos que la desesperación
aconseja.
El ejército no existe ya, el
tesoro público está exhausto, el crédito nacional
se desplomó en la bancarrota, el gobierno está deshonrado
por el asesinato y por la traición, los intelectuales del porfirismo
han hecho fiasco, las clases acomodadas han puesto de relieve su corrupción
y su cobardía, el clero católico ha patrocinado las
peores infamias y ha hecho alarde de un impudor inaudito.
El antiguo régimen ha quedado
vencido en los campos de batalla, en los campos de la idea, ante la
moral, ante la civilización, ante la conciencia universal,
que protesta indignada contra ese aluvión de crímenes,
contra esa escandalosa ostentación de todas las desvergüenzas
y de todas las podredumbres.
La revolución ha triunfado de
hecho y por derecho. Si la Capital de la República no ha caído
en su poder, si la Metrópoli permanece aun en las garras del
huertismo, es por el terror que allí reina. La leva, el espionaje
y el asesinato han paralizado de miedo a los habitantes de la ciudad
de los palacios.
Pero la revolución de fuera,
la revolución campesina está ya en sus umbrales, toca
a sus puertas y pronto hará estremecer sus edificios y sus
pavimentos con el resonar de los corceles y el grito de guerra de
los libertadores.
La revolución anuncia el bombardeo
de la Metrópoli, para el día 15 del próximo mes
de julio. Lo advierte desde ahora a los habitantes pacíficos,
nacionales y extranjeros, para que con tiempo ponga a salvo su vida
y sus intereses pues ella no puede hacerse responsable de las víctimas
que caigan, ni de las pérdidas que ocurran en el fragor del
combate.
Anuncia también que dentro de
la zona ocupada por sus fuerzas dará plenas garantías
a los fugitivos que ocurran a ponerse bajo su protección, siempre
que pertenezcan a la clase de los neutrales y que de ningún
modo hayan sido cómplices del gobierno enemigo.
La revolución se dispone a alcanzar
su última victoria, y una vez ocupada la capital, entrará
de lleno al cumplimiento de sus promesas.
Los hombres del Sur, de acuerdo con
sus hermanos del Norte, que como ellos defienden el Plan de Ayala,
se encaminan rectamente a la realización de los anhelos del
pueblo, que pueden concretarse en dos palabras: cesación del
desequilibrio económico existente en la República.
Los ricos se hacen cada vez más
ricos, y los pobres se vuelven cada vez más pobres. Los ricos
tienen palacios, gastan lujosos trenes, visten con esplendidez, se
confortan con apetitosos manjares, viven sin trabajar, gozan de todas
las consideraciones y de todos los privilegios.
Los pobres languidecen de hambre, viven
a la intemperie o en chozas dignas de los salvajes, carecen de abrigo
contra el frío, mueren con frecuencia de insolación,
son utilizados como bestias de carga, reciben en los campos y en los
talleres un tratamiento que no se compadece con la dignidad humana:
son parias en su propio país y esclavos de sus propios conciudadanos.
Ellos son los que producen la riqueza,
y sin embargo, la riqueza se les escapa, para ir a rellenar los bolsillos
de los holgazanes, simples consumidores de lo que ningún esfuerzo
les ha costado.
Por eso la revolución lo proclama
altamente: el país no estará en paz nunca, mientras
no se destruya el feudalismo de los campos, mientras la tierra no
sea distribuida entre los que saben y quieren cultivarla, mientras
no desaparezca el monopolio de los bribones, no se den garantías
al trabajador y no se mejore la retribución del trabajo.
Los campesinos tienden la mano a sus
camaradadas de la ciudad, y los invitan a colaborar en el último
acto de la gran lucha, que es el combate de los que nada tienen contra
los que todo lo acaparan. Ellos confían en que los trabajadores
del taller, los modernos esclavos de la máquina, sabrán
estar en el puesto a que los llama la conveniencia, la dignidad y
el deber.
Ha llegado el instante de hacer a un
lado el miedo: es hora ya de tomar las armas, para destruir de una
vez, el abominable reinado de la soldadesca, protectora audaz de los
enemigos del pueblo, e identificada siempre, con los que roban a los
humildes el producto de su trabajo.
¡¡ A LAS ARMAS MEXICANOS:
A LUCHAR POR LA LIBERTAD, POR LA JUSTICIA, POR EL HONOR Y POR EL PAN!!
Yautepec, junio 24 de 1914.
El General en Jefe del Ejército
Libertador de la República Mexicana
Emiliano Zapata (rúbrica)
Generales: Eufemio Zapata, Francisco
V. Pacheco, Genovevo de la O, Amador Salazar, Ignacio Maya, Francisco
Mendoza, Pedro Saavedra, Aurelio Bonilla, Jesús H. Salgado
, Julián Blanco, Julio A. Gómez, Otilio E. Montaño,
Jesús Capistrán, Francisco M. Castro, S. Crispín
Galeana, Fortino Ayaquica, Francisco A. García, Mucio Bravo,
Lorenzo Vázquez, Abraham García, Ing. Angel Barrios,
Enrique Villa, Heliodoro Castillo, Antonio Barona, Juan M. Banderas,
y Bonifacio García, Lic. Antonio Díaz Soto y Gama, y
Reynaldo Lecona.--- Coroneles: Santiago Orozco, José Hernández,
Agustín Cortés, Trinidad A. Paniagua, Everardo González,
Vicente Rojas y Srio..-- Manuel Palafox.- Rúbricas.