MANIFIESTO AL PUEBLO
El pueblo mexicano ha sido constantemente
engañado por sus gobernantes, y, lo que es peor, por hombres
que, llamándose sus caudillos, han sido los primeros en traicionarlo
una vez conseguida la victoria.
Unos y otros le han impuesto enormes
sacrificios y han tenido que contraer onerosos e indignos compromisos
con los potentados de la República o del extranjero para hacer
frente a la necesidad de adquirir cantidades fabulosas de dinero,
armas y toda clase de elementos de guerra, con ayuda de los cuales
han pretendido contener, aunque en vano, el empuje arrollador de las
multitudes, ansiosas de tierra, de libertad y de justicia.
La Revolución del Sur, siempre
pura y altiva, jamás ha ido a humillarse ante un gobierno extranjero
para solicitar como un mendigo, armamento, parque o recursos pecuniarios,
y, sin embargo, teniendo que luchar contra un enemigo dotado de poderosos
elementos debidos al favor de los extraños, ha conseguido arrebatarle
palmo a palmo y en lucha desigual, una vasta zona del territorio de
la República.
Nuestras tropas dominan hoy, merced
al heroico e incontenible esfuerzo de los hijos del pueblo, en los
Estados de Morelos, Guerrero, Puebla, Veracruz, México, Querétaro,
Guanajuato y Michoacán, en todos los cuales el enemigo sólo
es dueño, en posesión precaria, de las capitales y de
las vías férreas, excepción hecha de los Estados
de Morelos y Guerrero, en donde el enemigo ha sido desalojado totalmente.
Las derrotas y los reveses se suceden
contra el carrancismo uno y otro día, en el norte tanto como
en el centro y en el sur; las defecciones de los suyos son cada vez
más numerosas y más significativas; la desbandada ha
empezado y adquiere a cada momento mayores proporciones; grandes partidas
y cuerpos enteros desertan o se rinden a nuestras fuerzas, o pasan
a incorporarse a las filas de nuestros hermanos, los bravos luchadores
del norte.
Sumados todos estos síntomas
al absoluto desprestigio de la odiada facción, indican que
el organismo carrancista ha entrado en plena descomposición
y que su agonía se acerca a toda prisa.
Es por lo mismo un deber para el Ejército
Libertador, formular ante el país, franca y solemnemente, el
programa de acción que se propone desarrollar una vez obtenido
el triunfo.
Afortunadamente, los errores y los fracasos
del carrancismo, bien visibles por cierto, nos marcan con toda precisión
el camino, y ahorrarán a la nación el espectáculo
de nuevos y formidables desaciertos.
Fresco todavía en nuestra memoria
el recuerdo de cómo se inició la catástrofe financiera
del carrancismo, nosotros no incurriremos por ningún motivo
en la infamia de explotar miserablemente a ricos y a pobres, declarando
de circulación forzosa determinado papel moneda, para en seguida
desconocerlo sin el menor respeto para la palabra empeñada
y los compromisos contraídos.
La cuestión del papel moneda
es problema resuelto ya por la experiencia de los siglos. Su emisión
produjo en época pasada una tremenda bancarrota en Inglaterra,
la provocó aún mayor en la República Francesa,
durante la gran revolución, e idéntico desastre originó
no hace muchos años cuando los Estados Unidos y la Argentina
intentaron la misma aventura para hacer frente a dificultades económicas
análogas a las nuestras.
Sabemos que mientras persista la actual
organización económico-social del mundo, es un absurdo
atentar contra la libertad del comercio, como lo ha hecho en forma
brutal el carrancismo, reduciendo a prisión y sacando a la
vergüenza pública a pacíficos comerciantes que
se defendían contra las medidas gubernativas.
No hemos de ser nosotros, ciertamente,
los que cometamos la torpeza de agravar con esos procedimientos la
carestía de todos los artículos y la miseria para las
clases populares, siempre más castigadas que la gente pudiente,
en las épocas de las grandes crisis.
El carrancismo ha implantado el terror
como régimen de gobierno y ha desplegado a los cuatro vientos
el odioso estandarte de la intransigencia contra todos y para todos.
Nuestra conducta será muy distinta: comprendemos que el pueblo
está ya cansado de horripilantes escenas de odio y de venganza;
no quiere ya sangre inútilmente derramada ni sacrificios exigidos
a los pueblos por el solo deseo de dañar, o simplemente para
satisfacer insaciables apetitos de rapiña.
La nación exige un gobierno reposado
y sereno que dé garantías a todos y no excluya a ningún
elemento sano, capaz de prestar servicios a la revolución y
a la sociedad. Por lo tanto, en nuestras filas daremos cabida a todos
los que de buena fe pretendan colaborar con nosotros, y a este fin
el Cuartel General de mi cargo ha expedido ya una amplia ley de amnistía
para que a ella se acojan los engañados por las mentiras del
carrancismo, los seducidos por las patrañas del
Primer Jefe", y, en general, los
hombres que por inconsciencia o por error hayan prestado su concurso
para sostener la presente dictadura, que a todos ha mentido y no ha
logrado satisfacer las aspiraciones de nadie. Díganlo, si no,
la renuncia de Cándido Aguilar y la separación o el
alejamiento de tantos otros jefes que sucesivamente han ido abandonando
al carrancismo para dedicarse a la vida privada o lanzarse a la revolución.
Nuestra obra será, pues, ante
todo, una labor de unificación y de concordia. Seremos intransigentes
y radicales solamente en lo que atañe a la cuestión
de principios; pero fuera de allí, nuestro espíritu
estará abierto a todas las simpatías, y nuestra voluntad
pronta a aceptar todas las colaboraciones si son honradas y se muestran
sinceras.
Unidos los mexicanos por medio de una
política generosa y amplia, que dé garantías
al campesino y al obrero lo mismo que al comerciante, al industrial
y al hombre de negocios; otorgar facilidades a todos los que quieran
mejorar su porvenir y abrir horizonte más vasto a su inteligencia
y a sus actividades; proporcionar trabajo a los que hoy carecen de
él; fomentar el establecimiento de industrias nuevas, de grandes
centros de producción, de poderosas manufacturas que emancipen
al país de la dominación económica del extranjero;
llamar a todos a la libre explotación de la tierra y de nuestras
riquezas naturales; alejar la miseria de los hogares y procurar el
mejoramiento moral e intelectual de los trabajadores creándoles
más altas aspiraciones; tales son los propósitos que
nos animan en esta nueva etapa que ha de conducirnos, seguramente,
a la realización de nobles ideales, sostenidos sin desmayar
durante seis años, a despecho de todos los obstáculos
y a costa de los mayores sacrificios.
La nación lo sabe perfectamente.
Nuestra lucha es únicamente contra los latifundistas, esos
despiadados explotadores del trabajo humano que han impedido a la
raza indígena salir de su letargo y han provocado sistemáticamente
la carestía de las cosechas, la miseria periódica y
el hambre endémica en nuestro país, cuyo suelo debiera
alimentar pródigamente a sus hijos y que hasta aquí
sólo ha podido sostener a una endeble nación de famélicos.
Cumplir el Plan de Avala es nuestro
único y gran compromiso; allí radicará toda nuestra
intransigencia. En todo lo demás, nuestra política será
de tolerancia y de atracción, de concordia y de respeto para
todas las libertades.
Como tantas veces lo hemos dicho y no
cesaremos de repetirlo, la revolución la ha hecho el pueblo,
no para ayudar a los ambiciosos ni para satisfacer determinados intereses
políticos, sino por estar ya cansado de una situación
sostenida por todos los gobiernos durante siglos, y en la que se le
negaba hasta el derecho de vivir, hasta el derecho de poseer el más
mínimo pedazo de tierra que pudiera proporcionarle el sustento,
con lo que se le condenaba a ser un esclavo en su propia patria, o
un miserable pordiosero en la misma sociedad que lo viera nacer.
Por esa necesidad de vivir como hombre
libre, por ese imperio o derecho de poseer una tierra que sea suya,
ha luchado y luchará hasta el fin el pueblo mexicano.
Los que hasta aquí han estorbado
su triunfo han sido y son los caudillos ambiciosos que, diciéndose
directores de la revolución, la han hecho fracasar momentáneamente
y han provocado la prolongación de la lucha al negarse a dar
al pueblo lo que pide y lo que tendrá, a pesar de todas las
intrigas y de todas las miserias de la política.
Firmes, pues, en nuestro propósito
de hacer triunfar la causa de la justicia y deseosos de que todos
vean la honradez y la seriedad con que la revolución procede,
cuidaremos en esta vez, con mayor empeño que las anteriores,
de otorgar amplias y cumplidas garantías a la población
pacífica, cuyos intereses, personas y familias serán
escrupulosamente respetados. Nuestro mayor orgullo consistirá
en aventajar a nuestros enemigos en cultura, en dar ejemplo a todas
las facciones, y en ser los primeros en inaugurar una era de completo
orden, de positiva libertad y de amplia y verdadera justicia.
Reforma, Libertad, Justicia
y Ley.
Cuartel General de la
Revolución, Tlaltizapán,
Mor., a 20 de abril de 1917.
El general en jefe, Emiliano
Zapata.