La pesadilla del carrancismo,
rebozante de horror y de sangre está por terminar. El pueblo
mexicano, aterrado todavía balbuciente aún con las ideas
confusas y la mente trastornada, empieza ya a volver en sí,
aunque sea sin darse precisa cuenta de lo que ha pasado y está
pasando ¡han sido tan crueles las realidades, que más
bien parecen espantables alucinaciones o enfermizos ensueños
de fantasía!
¿Qué quiere esa soldadesca
ávida de destruir, ese grupo de facciosos que sólo piensa
en el saqueo y en el asesinato, esa tumultuosa avalancha de hombres
desequilibrados y rapaces, que han pretendido erigirse en gobernantes
y directores de una nación que los rechaza horrorizada?
¿No les basta el espectáculo
de desolación, el escenario de muerte que han creado sus hazañas?
¿Exigen más miseria para el pueblo, más hambre
para las familias, mayor desesperación para el hombre sin trabajo,
días más tristes para el pueblo mexicano?
Por el capricho de un hombre ambicioso
y sin escrúpulos, hace dos años que se ciegan vidas
de inocentes; por el bastardo interés de una camarilla impopular,
que no representa ni la revolución, ni el orden, ni el progreso,
ni las reformas, se han destruido muchos hogares y llevan luto muchas
mujeres, por satisfacción a las pasiones y al ansia de lucro
de un centenar de estafadores del tesoro, se están agotando
las fuentes de riqueza de un gran país, merecedor de otro destino.
La industria perece por falta de mercados
o de medios de comunicación, la minería está
paralizada por la ausencia de todo género de garantías,
la banca y el comercio han sido heridos de muerte, los campos están
sin cultivo, los granos escasean, las cosechas faltan y el gobierno,
que debiera buscar remedio a tanto mal, lo agrava y lo exacerba, convirtiéndose
en monedero falso, en banquero fraudulento, en salteador de cajas
de los particulares, en cómplice y solapador de estafadores
y ladrones.
Mientras tanto, el hombre humilde, que
ve subir todos los días los precios de los artículos
de primera necesidad, que no tiene ahorro ni moneda metálica,
a quien le falta el trabajo y a quien rechaza el comercio, el desprestigiado
papel con que se les pagan sus jornales, se asoma al porvenir con
desesperación y se pregunta con duda torturante, ¿qué
llevará hoy a su pobre hogar, que dará de comer a sus
hijos el día de mañana? ¡Y lo terrible, lo escandaloso,
lo nunca visto es que todo esto es la obra de quienes se titulan gobernantes!
Ellos han desprestigiado su propio papel,
impuesto como moneda, ellos han desconocido sus compromisos y faltado
a la palabra empeñada con el comercio y con el público,
han robado a ricos y a pobres, lanzado a la circulación billetes
del tesoro, con todas las garantías de la fé pública,
para irlos sistemáticamente despreciando o concluyendo por
anularlos de un golpe en un arranque de sin igual cinismo.
Esos hombres, por su desprecio a la
opinión y por su negativa a realizar la forma agraria por la
revolución exigida, son los responsables de la ruina del país;
a ellos se debe la miseria en las ciudades y la inseguridad en los
campos, los trenes volados, las aldeas destruidas, los hogares incendiados,
la desolación para las familias y la falta de trabajo para
todos; por ellos arde la república en una hoguera de exterminio,
sin precedentes en nuestra historia, por culpa de ellos chorrea sangre
la nación y escapan en lenta agonía las fuerzas vivas
de la Patria Mexicana.
Por fortuna, el pueblo en masa ha acabado
de comprenderlo. Los alucinados por las patrañas del exgobernador
de Coahuila lo han conocido ya; no es un reformador, es un autócrata;
no es un apóstol, sino un impostor, un tirano. Y en cuanto
a los trabajadores de México, de Puebla, de Veracruz, de Orizaba,
que por un momento creyeron en el socialismo de Álvaro Obregón,
saben ya a que atenerse; la lección la han recibido, y bien
dura, en las últimas huelgas. El carrancismo que empezó
por embaucarnos no ha podido sostener la infame comedia; su juego
está a la vista, la trágica mentira ha quedado al descubierto,
Carranza es para todos el traidor a la revolución y el enemigo
de los hombres de honor y de vergüenza.
La caída de ese gobierno es una
exigencia nacional cuestión de principios para los revolucionarios,
problema de vida o muerte para los mexicanos y por ello, al dirigirse
al pueblo el Ejército Libertador, espera de él un inmediato
apoyo para apresurar el derrumbamiento, su entusiasta ayuda, para
escarmiento pronto y cumplidamente a los malvados.
La Revolución, que ese ejército
encabeza, hace siete años que viene luchando por obtener lo
que los poderosos y los embaucadores se han empeñado en no
conceder; la liberación de la tierra y la emancipación
del campesino.
"La tierra libre, la tierra para
todos, la tierra sin capataces y sin amos", tal es el grito de
guerra de una Revolución que va dirigida contra el hacendado,
residuo estorboso de otras épocas; pero ese grito es respetuoso
para todos los derechos que no signifiquen una usurpación,
un monopolio o un despojo.
El obrero, que hoy no encuentra contra
la tiranía del patrón otro recurso que el inseguro y
a veces ineficaz del asesinato o de la huelga, hallará en el
lote de terreno que la Revolución tendrá siempre disponible
para su cultivo, un verdadero refugio, un escape para la cautividad,
una puerta abierta que le permite trocar la esclavitud del taller
por la libertad gloriosa de los campos..
El programa del Sur, en todo generosidad
y amplitud para el campesino y el obrero, regeneración y libertad
para el comercio, facilidades y garantías para la industria
y la banca; amparo y protección, mientras no lleguen los monopolios
para el pueblo, sólidas y meditadas reformas, sobre la base
de nuestra actual cultura. Y para esa gran masa de neutrales, para
los que se han mantenido alejados de la lucha por indiferencia o por
timidez, una cordial invitación para que cooperen en la próxima
obra de reconstrucción de México, así en lo político
como en lo económico y social.
A todos tendemos nuestros brazos, menos
a los enemigos de la causa popular, menos a los reaccionarios impenitentes,
a los obstruccionistas incorregibles, indomables, reacios.
En la víspera del triunfo, la
Revolución envía sus saludos a las ciudades y a los
pueblos de la República que les ofrece, no destrucción,
sino concordia, libertades, en vez de autocracia y amparo para los
humildes y para los desheredados, en vez de la fría guadaña
del carrancismo, que ha dañado más al pobre que al rico,
al consumidor que al comerciante y se ha instalado cruelmente en el
indígena que quiere redención, con el campesino que
quiere tierra; sin descargar sus golpes sobre el hacendado y el cacique,
los verdaderos enemigos de la civilización y de la raza.
REFORMA, LIBERTAD, JUSTICIA
Y LEY.
Cuartel General en Tlaltizapán,
Mor. 20 de enero de 1917.
El General en jefe del Ejército
Libertador,
Emiliano Zapata.