El instinto popular no se halla
engañado, la
intuición campesina tenía razón. Carranza, hombre
de antesalas, legítima hechura del pasado, imbuído
de las enseñanzas de la corte porfirista, acostumbrado a ideas
y prácticas de servilismo y de aristocracia, entendiendo por
política el arte de engañar y considerando como el
mejor de todos los gobernantes el que con más seguridad sepa
imponer su voluntad omnímoda; Carranza el anticuado, Carranza
el vetusto, no estaba en condiciones de comprender los tiempos nuevos
y las nuevas aspiraciones.
Imposible que él, formado sobre los moldes porfirianos, encarnase
las ideas de una juventud deseosa de reformas; y más inconcebible
todavía y más absurdo, que él llegara a ser
el intérprete y el representante de esa fogosa generación
que llena de confianza en sí misma, se levantó en 1910
y volvió a erguirse en 1913, sacudiendo yugos, rechazando
preocupaciones, imponiendo principios, arrasando aquí desigualdades,
derribando allá exclusivismos, y clamando por el advenimiento
de una nueva era que diese justicia y libertad a los oprimidos, y
enérgica y virilmente refrenase los abusos, las invasiones
y las ansias de dominio de esa audaz oligarquía de acaudalados
que protegiera Porfirio Díaz.
El desengaño tenía que venir,
y vino, para los que creyeron en la honradez del ex-gobernador
de Coahuila.
Carranza terrateniente y rapaz, devolvió a poco andar los
bienes confiscados y reconstruyó el latifundismo que la revolución
con sus garras de acero había hecho polvo.
Carranza, discípulo de Porfirio Díaz, no ha tardado
en instaurar un nuevo despotismo, en que se reproducen los procedimientos
puestos en práctica por la vieja dictadura.
Carranza, ambicioso y egoísta, ha pretendido convertir en
canonjías para los suyos, en negocios lucrativos y en personalismos
odiosos las conquistas de una revolución que era y es enemiga
de toda burocracia, que proclamó libertades y vía libre
para la gran masa de postergados, y que en sus anhelos generosos,
excluye todo favoritismo y va a chocar contra todo privilegio de
casta, de facción o de camarilla.
Las imposiciones de gobernadores y los chanchullos
electorales han sido y son cosa corriente. Hemos visto al yerno
del llamado presidente
de la República, ser impuesto como gobernador de Veracruz;
a su ex-Jefe de Estado Mayor, ser designado autocráticamente
para gobernador constitucional de San Luis Potosí y a uno
de sus ex-secretarios particulares, ser elevado en medio de la general
protesta, a la gubernatura de Coahuila; sin más méritos
de todos ellos que los de haber sido lacayos del actual dictador.
De los principios revolucionarios nada queda
en pie. Las tierras no se han repartido, los campesinos no han
sido emancipados, la raza
indígena continúa irredenta.
Y como la inmensa mayoría de los revolucionarios han sido
y son revolucionarios, y siguen creyendo en un principio de libertad,
la indignación ha estallado y la rebelión ha ido creciendo.
Si ayer -en 1915- abarcaba seis o siete Estados, hoy el movimiento
insurreccional contra Carranza domina toda la República no
hay un rincón en ella donde no palpite el alma de la revolución,
de la verdadera, de la indomable, de la incorruptible, de la que
ha entusiasmado a todas las almas y sacudido todos los espíritus,
desde la etapa inicial de 1910, y que obstruccionada unas veces y
traicionada otras, ha seguido y seguirá arrolladoramente su
curso, hasta que sean una realidad tangible todas y cada una de sus
reivindicaciones.
Unificación revolucionaria mediante
la eliminación
de Carranza, tal es la común aspiración de todos los
revolucionarios de verdad.
Así lo han comprendido, así lo sienten aún
los que en un principio creyeron en Carranza y fueron sus partidarios
o sus amigos.
Francisco Coss, el jefe coahuilense
que en 1914 fue el primero en desconocer a la Convención
y protestar su adhesión
a Carranza; Luis Gutiérrez, el conocido General que siguió siendo
adicto al Primer Jefe, aún después de que la Convención
hubo nombrado presidente provisional de la República a su
propio hermano, Eulalio Gutiérrez; Dávila Sánchez,
Lucio Blanco y muchos otros connotados defensores del carrancismo,
han sabido volver por los fueros de su honor como revolucionarios,
y se han declarado ya en abierta rebeldía contra el hombre
que villanamente los engañara.
Carranza, aborrecido por la opinión y abandonado por los
suyos, a quienes miserablemente ha mentido, se debate angustiosamente
en una asfixiante atmósfera de desprestigio y de impopularidad.
Lo odia el pueblo, porque ha sido el causante de la miseria, del
hambre y de la falta de trabajo; lo abominan los hombres de empresa,
porque se ha mostrado incapaz de dar garantías y con su obcecación
ha impedido el aseguramiento de la paz; lo maldicen los campesinos,
porque les ha arrebatado las tierras de sus mayores para entregarlas
a los latifundistas; reniegan de él los obreros, porque ha
atropellado el derecho de huelga, porque pone obstáculos a
la libre discusión de los temas sociales y patrocina sin escrúpulos
los más odiosos atentados del militarismo.
Los candidatos derrotados por causa
de las consignas oficiales, los ciudadanos que vieron burlado su
voto en los comicios,
los revolucionarios
injustamente postergados, los luchadores de buena fe que han presenciado
el derrumbe de sus creencias y han ido a chocar contra el hecho brutal
de la dictadura.
Todos, militares y civiles, reformadores
sociales y simples demócratas liberales y socialistas, hombres de acción
y enamorados platónicos del ideal revolucionario; unos y otros,
ante el desastre sufrido por los principios, ante los atropellos
de la soldadesca, ante las bellacas imposiciones de gobernadores
y caciques, ante la eliminación de los elementos sanos y la
invasión de los puestos públicos por un Macias, un
Palavicini, un Rafael Nieto, un Gerzayn Ugarte o un Luis Cabrera,
protestan airados contra los autores de semejante desconcierto, y
en nombre de la patria amenazada de muerte, prescinden ya de criminales
personalidades y buscan anhelantes la suprema esperanza de salvación.
La unificación de todos los elementos revolucionarios, la
unión en apretado haz de todas las personalidades fuertes
y honradas de la política reformista, para fundar la paz nacional
sobre la eliminación de la odiosa figura de Carranza y sobre
el cordial acercamiento de todos los hombres de pecho sano y voluntad
justa que quieran colaborar en la obra inmensa, pero gloriosa, de
la refundición de la patria en los nuevos moldes de la encarnación
revolucionaria.
En momentos tan críticos como decisivos para el porvenir
de la República, la revolución agraria invita a un
esfuerzo común, contra el déspota, a todos los verdaderos
revolucionarios del país, a todos los hombres que anhelan
la emancipación del obrero y del campesino, a los que tengan
fe en los destinos de su pueblo, a los que desean para sus compatriotas
una era de bienestar, de trabajo, de paz, pero también de
trascendentales y necesarísimas reformas.
A todos los mexicanos amantes del progreso
de su país y de
la redención, de los que tienen hambre y sed de justicia,
los exhorta la revolución defensora del Plan de Ayala, a combinar
sus esfuerzos, su propaganda, sus capacidades y sus energías de combate
para emplearlas contra el funesto personaje que sin más apoyo
que su capricho, es hoy por hoy el único estorbo para el triunfo
de los ideales reformistas y para el restablecimiento de la paz nacional.
Reforma, Libertad, Justicia y Ley.
Cuartel General de la Revolución
Tlaltizapán, Morelos, 27 de diciembre
de 1917
El General en Jefe del Ejército Libertador,
Emiliano Zapata