A LOS REVOLUCIONARIOS DE
LA REPUBLICA
Todos comprendemos, todos sentimos la
necesidad de la unificación.
Nada más imperioso que este acercamiento
de todos los revolucionarios, que a más de ser condición
asegurar para la paz de la República, es una garantía
para la realización, tantas veces deferida de los principios
proclamados y la mejor defensa contra los amagos de la reacción
que espera sacar partido de la división entre los elementos
revolucionarios, para erguir al fin su cabeza triunfadora. Por eso
el Sur, que fué el primero, hace tres años, en hacer
un llamamiento a la concordia, persevera en su- actitud y hace hoy
una nueva invitación, esta vez formal y definitiva a todos
los revolucionarios de la República, cualesquiera que sea el
grupo a que pertenezcan, para que, haciendo a un lado pequeñas
diferencias, más aparentes que reales, nos congreguemos en
torno de los principios, nos hagamos mutua y cordial comunicación
de las aspiraciones y de los anhelos de cada uno, mediante una recíproca
compenetración de ideas. Formemos un solo y gran partido revolucionario,
inspirado en un programa común de reformas y capaz de dar al
país un gobierno fundado en el acuerdo de todas las voluntades,
y no en el capricho de un déspota, o en las intrigas de una
camarilla de ambiciosos.
A la vez que llevar hasta su término
la justiciera labor del derrocamiento del tirano Carranza, se precisa
comprender otra tarea más alta; la reconciliación de
todos los luchadores de buena fe, divididos entre si por las artimañas
y por la perversidad de ese perjuro, que ha mentido a todos los revolucionarios
declarando guerra a muerte a todos los hombres de principios.
Nuestra invitación se dirige,
por lo tanto, lo mismo a los revolucionarios actualmente levantados
en armas, que a los que, desengañados ya de Carranza y convencidos
de su falsía, estén dispuestos al volver al campo de
la lucha y unirse a los que combatimos porque sean una verdad las
promesas de redención hechas al pueblo mexicano.
A la inversa de Carranza, que ha impuesto
su arbitrariedad y su personalidad mezquina sobre la conciencia revolucionaria,
nosotros pretendemos que esta se haga valer, la que impere, la que
regule y domine los destinos de la patria, ante la cual desaparezcan
las pequeñas ambiciones y los bastardos intereses.
Y para evitar que una nueva facción
exclusivista o nuevos personajes absorventes ejerzan preponderancia
e influencia excesiva sobre el resto de la Revolución, proponemos
el siguiente procedimiento, de sencilla y facil aplicación
la celebración de una junta, a la que concurran los jefes revolucionarios
de todo el país, sin distinción de facciones o banderías.
En esta junta se cambiarán impresiones, harán valer
su opinión todos los revolucionarios, y cada cual manifestará
cuales sean sus especiales aspiraciones y cuales las necesidades propias
de la región en que operen.
En esa junta, por lo tanto, se dejará
oir la voz nacional, la voz del pueblo, representado de pronto por
sus hijos levantados en armas; en tanto que establecido el gobierno
provisional revolucionario, puede el Congreso de la Unión,
como órgano auténtico y genuino de la voluntad general,
resolver concienzudamente los problemas nacionales.
Los surianos sabemos perfectamente que
en cada región del país se hacen sentir necesidades
especiales y que para cada una hay y debe haber soluciones adaptables
a las condiciones peculiares del medio. Por eso no intentamos el absurdo
de imponer un criterio fijo y uniforme, sino que al pretender la mejoría
de condición para el indio y para el proletariado, aspiración
suprema de la Revolución, queremos que los jefes que representan
los diversos estados o comarcas de la República, se hagan interpretes
de los deseos, de las aspiraciones y de las necesidades del grupo
de habitantes respectivo, y de esta suerte, mediante una mutua y fraternal
comunicación de ideas, se elabore el programa de la Revolución,
en el que están condensados los anhelos de todos, previstas
y satisfechas las necesidades locales y sentado sólidamente
el cimiento para la reconstrucción de nuestra patria bien amada.
A rehacer esta patria despedazada por
la contienda intestina, combatida por pasiones encontradas hechas
trizas por la ambición y por la vileza de unos cuantos, invita
hoy el sur a todos los hombres de buena voluntad, a los que se duelan
de los sufrimientos del pueblo, a los que todavía tengan confianza
en el porvenir de la nacionalidad mexicana.
Y el Sur tan calumniado, tan vilipendiado,
tan cruelmente herido por los interesados en desprestigiarlo; el sur
que lleva siete años de luchar por la libertad, enmedio de
heroicos sacrificios y que, abandonado en ocasiones a sus propios
esfuerzos, ha combatido contra todos los malos gobernantes, teniendo
que quitar al enemigo las armas y el parque, porque nunca los han
recibido del extranjero, no con el ha contraído compromiso
alguno; el Sur, desinteresado y sin ambición, sereno y despojado
de envidias, de pasioncillas y de rencores, insiste en su labor de
unificación, porque sabe que sin ella naufragarán los
principios, y que con ella se salvará la república.
Al hacer esta invitación patriótica
y honrada, a todos los revolucionarios del país, no guía
al sur otra mira, otro anhelo, otro interés, que el bienestar
de todos, ni lo lleva otra ambición que la de evitar que por
culpa de nuestras decisiones, se levante sobre los odios de facción
un nuevo tirano que impida definitivamente el ansiado triunfo de los
ideales.
Por eso el Sur, consecuente con sus
principios de democracia y de libertad, solicita el concurso de todos,
el acuerdo de todos, para la elaboración del programa común
y para el establecimiento del gobierno que ha de llevar a la práctica
las aspiraciones por las que pugnamos los revolucionarios.
En la junta de jefes que nosotros proponemos,
se expresarán los puntos o principios que cada cual quiera
ver convertidos en leyes o elevados al rango de preceptos constitucionales,
una vez constituido el gobierno emanado de la Revolución. Allí
también, por acuerdo de todos (y no por la voluntad de un solo
hombre o un solo grupo, como ha pretendido el carrancismo), se formará
el gobierno provisional, compuesto de hombres concientes y honrados
que satisfacen las aspiraciones revolucionarias, y diferente de los
cuales sería de desearse estuviese, como jefe del Estado, un
civil, designado y apoyado sinceramente por todos los elementos militares.
Reforma agraria, reivindicaciones de
justicia, constitución de las libertades municipales, implantación
del parlamentarismo como sistema salvador del gobierno, abolición
de caudillaje en todas sus formas, perfeccionamiento de los diversos
ramos de la legislación para que responda a las necesidades
de la época y a las exigencias crecientes del proletariado
de la ciudad y del campo; todo esto seriamente meditado y discutido
amplia y libremente por todos, formará la médula y el
alma del programa revolucionario, la base y el punto de partida para
la reconstrucción nacional.
A esta obra de patriotismo y de concordia,
de fraternidad y de progreso, sólo los ambiciosos podrán
eximirse de colaborar; sólo podrán negarse los que pretendan
imponer su voluntad sobre la de los demás, los que quieran
valerse de la - Revolución para satisfacer miras personales,
o para realizar propósitos de medro, de lucro o de venganza.
Pero los que vemos por encima de nuestras
pasiones el bien de la causa, y más alto que cualquiera ambición
el interés supremo de la República, comprendemos muy
bien que ya es tiempo de unirnos y entendernos. Ha llegado la hora
de que surja la paz de la victoria, la paz que sigue al triunfo, ya
hace falta que vuelva la tranquilidad a los hogares, se cultiven los
campos, se trabajen las minas, abran sus puertas los talleres, renazca
el crédito nacional y francamente se encarrilen las actividades
del pais por las vías del progreso.
Estorba Carranza el ambicioso y hay
que derrocarlo. Perjudican los antiguos rencores, las torpes desconfianzas,
las pasiones vulgares y hay que suprimirlas, hay que borrarlas.
Sobre la unión de todos los revolucionarios,
militares o civiles (siempre que unos y otros sean honrados), sobre
el cordial acercamiento de todas las voluntades, sobre el mutuo y
libre acuerdo de todas las inteligencias, debemos basar el triunfo
de nuestros ideales y la reconstrucción de la nueva patria
mexicana.
A esa unión os invitan los revolucionarios
del sur, sin ambiciones para el futuro, sin prejuicios para el presente,
sin rencores para el pasado.
La aspiración del Sur es bien
conocida; emancipar al indio, dar a todo campesino la extensión
de tierra que necesite para proveer su subsistencia, devolver a los
pueblos despojados sus propiedades y su libertad y dar oportunidad
al jornalero, al peón de los campos, al esclavo de la hacienda
o del taller, para que, por medio de la pequeña propiedad,
se convierta en hombre libre, en ciudadano conciente, en mexicano
orgulloso de su destino.
REFORMA, LIBERTAD, JUSTICIA Y LEY.
Cuartel General de Tlaltizapán,
Mor., 15 de marzo de 1918.
El General en jefe
Emiliano Zapata.