Hermanos de las ciudades, venid al
encuentro de vuestros hermanos de los campos; hermanos del taller,
venid a abrazar a vuestros
hermanos del arado; hermanos de las minas, del ferrocarril, del pueblo,
salvad a los ríos, las montañas, los mares y confundid
vuestro anhelo de libertad con nuestro anhelo, vuestra ansia de justicia
con nuestra ansia.
¡Obreros de Puebla, de Orizaba, de Monterrey, de Guanajuato,
de Cananea, de Parral, de Pachuca, del Ebano, de Necaxa, obreros
y operarios de las fábricas y de las minas de la República,
acudid a nuestro llamado fraternal, ayudadnos con el empuje valiente
de vuestro esfuerzo; que ya cruje, que ya se bambolea esa armazón
de la tiranía carrancista que, cimentada en el fango de la
infidencia, forjada en la fragua
de las ambiciones y amarrada con los reptiles inmundos de la impostura
y de la perfidia, quiso
un día erguirse
a la faz del mundo, como el edificio grandioso de las conquistas
de la revolución reivindicadora de nuestros derechos a la
vida!
Falaz y artero el carrancismo, esa burguesía uniformada de
amarillo y ceñida de cananas, vistió ayer apenas la
blusa noble del taller y fingió tenderos la mano; su voz se
tornó halagüeña y compasiva, y, con el timbre
de la elocuencia libertaria entonó con vosotros el himno de
las reivindicaciones obreras. carecíais de pan para vuestros
hijos: con una mano -mano oculta entre sombras-, cerró los
talleres que aún estaban abiertos; con la otra -¡generosamente
tendida!- os ofreció a cambio de vuestra sangre el mísero
haber del soldado, a cambio del yugo del capataz, del patrón,
la férrea disciplina; a cambio del taller alumbrado, la obscura
noche del cuartel ... y con la misma mano -¡siempre generosa!-
os ungió en nombre de Carranza, ¡soldados de la Revolución!
La lucha os vió gloriosos en el combate, vuestros batallones
fueron citados en la orden del día; luchasteis con el denuedo
del que lucha por disipar las sombras del presente, con el ansia
del que pugna por ver la aurora del mañana.
El desengaño fue cruel y no se hizo esperar. En vez de la
ayuda prometida a vuestros sindicatos, vino la imposición
gubernativa, exigente y tiránica; se quiso hacer del obrero
la criatura dócil del gobierno, para preparar cuando la farsa
de las elecciones llegara, la exaltación al poder de los paniaguados
del carrancismo; es decir, se quiso hacer un arma que sirviera de
apoyo a la tiranía y a su aliado el capital, nada menos que
de los sindicatos, es decir, de las agrupaciones creadas para defender
el trabajo contra las expoliaciones y abusos de ese mismo capital,
y por haber querido resistir a esa presión gubernativa, vosotros,
lo sabéis, el carrancismo llegó a donde el mismo Huerta
no llegara, a cerrar vuestra casa, vuestro templo de libertades, ¡la
Casa del Obrero! No fue todo, bien lo sabéis; cuando la huelga
vino, se os negó el derecho de huelga: en vez de hacerlo los
patrones, Carranza os impuso sus condiciones, de acuerdo, claro,
con ellos. Y como si no fuera bastante, ¡a los que protestaron,
la prisión!; como si no fuera demasiado, ¡a los que
resistieron, el cadalso! ¿Queréis más? ¿Queréis
mayor infamia?
No; vosotros no podéis estar con vuestros enemigos. Vuestras
reclamaciones son parecidas a las nuestras. Exigís aumento
de jornal y reducción de horas de trabajo, es decir, mayor
libertad económica, mayor derecho a gozar de la vida; es lo
que nosotros exigimos al proclamar nuestros derechos a la tierra.
Solo que, menos tiranizados que nosotros creisteis encontrar en el
pacifico sindicato, la fórmula infalible que pusiera remedio
a vuestros males; en tanto que nosotros no pudimos ni debimos pensar
sino en las armas, en la rebelión abierta contra los conculcadores
de nuestros derechos; porque cuando el oprimido no es dueño
ni aún de lamentar su suerte, cuando la misma justísima
protesta contra sus verdugos es ahogada, al formularse apenas en
su garganta; entonces no queda a este oprimido, otro camino digno
ni otro gesto redentor, que el de esgrimir las armas, proclamando
vencer o morir; morir primero, antes de continuar más tiempo
siendo esclavo.
Tras seis años de tremenda lucha infatigable, la aurora del
triunfo se columbra por fin; el carrancismo, el más pérfido
de los disfraces que la burguesía ha revestido en nuestro
país; el carrancismo, desenmascarado y podrido de pretorianismo,
marcha a su ruina. El triunfo, pues, de nuestros principios, de los
consignados en el Plan de Ayala, se acerca; a vosotros, obreros,
os toca acelerarlo, poniendoos de nuestra parte.
Que las manos callosas de los campos y las manos
callosas del taller se estrechen en saludo fraternal de concordia;
porque en verdad,
unidos los trabajadores, seremos invencibles, somos la fuerza y somos
el derecho; ¡somos el mañana!
¡Salud, hermanos obreros, salud, vuestro
amigo el campesino os espera!
Tlaltizapán, Morelos, 15 de marzo de
1918
Emiliano Zapata