Ejército Libertador de la República
Mexicana
Cuartel General
El Cuartel General a mi cargo, siempre
deseoso de encarrilar a los pueblos por el sendero de la libertad,
del
bienestar y del progreso
y procurando siempre arrancarles la venda del obscurantismo y del
error que pudiera extraviarlos y hacerlos caer una vez más
entre las férreas cadenas de la esclavitud y de la más
degradante miseria, hoy ha estimado de su deber dirigirse a todos
los habitantes de todas las poblaciones que actualmente asumen una
actitud hostil a la revolución, con el fin de persuadirlos
a que depongan esa conducta y francamente se unan a la causa popular,
desligándose en absoluto del vandálico y nefasto bando
carrancista.
El movimiento revolucionario se ha iniciado
y ha sostenídose,
a no dudar, para bien de la clase humilde del país, y ésta
ya ha saboreado los frutos que trae consigo la revolución.
El Cuartel General que me honro en dirigir, consecuente con los altos
fines que se persiguen, en todo tiempo se ha preocupado porque los
pueblos y demás comunidades comprendidas en la zona dominada
por el Ejército Libertador, goce de todas clase de garantías
en sus personas e intereses, y al efecto, ha expedido las disposiciones
conducentes, entre las cuales se encuentra la circular del 31 de
mayo de 1916, que permite a los vecinos de cada lugar armarse y organizarse
para defenderse de los malhechores y de los malos revolucionarios.
Los pueblos, correspondiendo a los nobles y
benéficos procedimientos
del Cuartel General, lejos de volver sus armas en contra de la gran
revolución agraria, deben por su propia conveniencia secundarla,
uniéndose a ella, procurando a lo menos ayudarla con elementos
de vida, pues que los soldados libertadores para su subsistencia
necesitan el auxilio de los pacíficos o no combatientes.
La
circular antes citada, a la vez que se propone otorgar amplias
y cumplidas garantías, a toda persona, le crea obligaciones
imprescindibles, sólo mientras dure el estado de guerra; estas
leves cargas son perfectamente soportables, puesto que los pueblos
hoy por hoy, están relevados de toda contribución,
lo mismo que exentos de pagar toda renta por el cultivo de tierras.
Por otra parte, las autoridades municipales
y el vecindario de cada localidad, están en la obligación de no confundir la
mala conducta de algún falso revolucionario con la del Cuartel
General , transformando un asunto personal en cuestión relacionada
con los intereses de la revolución; porque si es cierto que
hay jefes desordenados e intemperantes, el Cuartel General en nada
interviene a su favor, procediendo, al contrario, incontinenti ,
a reprimir cualquier atentado contra personas o intereses, estimando
que un pueblo está en su derecho para obrar con energía
respecto de algún militar abusivo, pero no así a oponerse
al curso de la propia revolución.
Además, es preciso que los pueblos a que aludo se den cuenta
de que el carrancismo está próximo a derrumbarse y
que en su caída arrastrará a muchos inocentes engañados.
Así lo indican los acontecimientos que ocurren. Carranza carece
de dinero, de hombres y de toda clase de elementos, y lo que es peor
todavía, de prestigio.
Numerosos jefes antes adictos a su
facción lo han abandonado, indignados por los múltiples
atropellos que ha cometido contra todas las libertades y contra todos
sus derechos, y también porque ha faltado a todos sus compromisos.
Las defecciones en sus filas se suceden a diario, y las sublevaciones
están a la orden del día.
Los Generales Francisco Coss,
Luis y Eulalio Gutiérrez, Eugenio López y José María
Guerra en Coahuila y Tamaulipas; Cervera y Arenas en Puebla, los
subordinados de Mariscal en Guerrero, José Cabrera en México,
y otros muchos jefes en distintos puntos del país han desconocido
a Carranza convencidos de la perfidia que es su norma, y de las traiciones
que ha consumado; todos ellos se han adherido a la causa, trayendo
un contingente de más de veintiocho mil hombres.
Esto sin
contar con el levantamiento de los Yaquis, sedientos de tierras
en Sonora, la de los Coras y Huicholes en Tepic, la de los mineros
en
Santa Gertrudis, La Luz, Loreto y el Chico, pertenecientes a
Hidalgo, y las de otros varios lugares de la República.
En la situación bamboleante
que atraviesa, y previendo ya su derrocamiento en breve tiempo,
el viejo hacendado de Cuatro Ciénegas
, Venustiano Carranza, se ha valido del ardid más odioso y
condenable para prolongar la vida de su llamado gobierno; ha empleado
el engaño, haciendo creer a los incautos que la revolución
está vencida, y que su régimen se consolidará;
ha seducido a los pueblos o bien los ha obligado por la fuerza para
que le presten su contingente de sangre como carne de cañón,
prometiéndoles orden y garantías que no puede ni está dispuesto
a hacerlas efectivas, puesto que sus chusmas, en su insaciable sed
de rapiña, no han respetado ni honras ni vidas, ni tampoco
intereses.
Ofrece hoy garantías, para al día siguiente
pisotearlas todas por medio de sus hordas de ladrones y asesinos,
que no teniendo otra manera de vivir, no respetan ni la ropa desgarrada
que porte el más desheredado de la fortuna.
Cuando el tirano ofrece garantías,
abriga únicamente
la intención de allegarse prosélitos, sirviéndole
este ardid para embaucar ignorantes que mañana, al derrumbarse
su mentado gobierno, le sirvan de barrera para huir cómodamente
al extranjero, a disfrutar los dineros robados al pueblo mexicano,
abandonando esa carne de cañón, a su propia suerte.
A mayor abundamiento, Carranza, en vez de satisfacer
las aspiraciones nacionales resolviendo el problema agrario y el
obrero, por el reparto
de tierras o el fraccionamiento de las grandes propiedades y mediante
una legislación ampliamente liberal, en lugar de hacer esto,
repito, ha restituido a los hacendados, en otra época intervenidos
por la revolución, y las ha devuelto a cambio de un puñado
de oro que ha entrado en sus bolsillos, nunca saciados. Sólo
ha sido un vociferador vulgar al prometer al pueblo libertades y
la reconquista de sus derechos.
En cambio, la revolución ha hecho promesas concretas, y las
clases humildes han comprobado con la experiencia, que se hacen efectivos
esos procedimientos. La revolución reparte tierras a los campesinos,
y procura mejorar la condición de los obreros citadinos; nadie
desconoce esta gran verdad. En la región ocupada por la revolución
no existen haciendas ni latifundios, porque el Cuartel General ha
llevado a cabo su fraccionamiento en favor de los necesitados, aparte
de la devolución de sus ejidos y fundos legales, hecha a las
poblaciones y demás comunidades vecinales.
Por todo lo expuesto, hago un llamamiento fraternal
y sincero a todos los pueblos arteramente seducidos por los carrancistas,
manifestándoles
que aún es tiempo de que reflexionen madura y concienzudamente
sobre su conducta y se convenzan de su error, volviendo sobre sus
pasos y alistándose en el formidable partido revolucionario;
bien entendidos de que el Cuartel General a mi mando, francamente
está decidido a olvidar los hechos pasados y recibir con los
brazos abiertos a los hijos de esos pueblos, a los que ofrece solemnemente
su mano amiga, y librar en consecuencia órdenes terminantes
a los jefes militares del rumbo, a fin de que por ningún motivo
los molesten tan pronto como cambien de actitud y se aparten abiertamente
del perverso y funesto grupo carrancista, resueltos a ayudar en alguna
forma a la sacrosanta causa del pueblo, sintetizada en el Plan de
Ayala que es su enseña.
Conciudadanos: todavía es tiempo de que os alejéis
del profundo abismo, todavía es tiempo de que volváis
al buen camino y dejéis a vuestros hijos la herencia más
preciosa que es la libertad, sus derechos inalienables y su bienestar;
podéis aún legarles un nombre honrado que por ellos
sea recordado con orgullo, con sólo ser adictos a la revolución,
y no a la tiranía personificada de Carranza.
Reforma, Libertad, Justicia y Ley
Tlaltizapán, Morelos, 22 de agosto de
1918
El General en Jefe, Emiliano Zapata