Estrechamente unidos por el ideal
común y por
la necesidad de conservar incólumes los principios, amenazados
de muerte por la tiranía de Carranza, no menos que por las
acechanzas e intrigas de la reacción; creemos que el primero
y más alto de nuestros deberes es corresponder a la confianza
que el pueblo mexicano ha depositado en nosotros, al encomendar a
nuestras armas la defensa de sus libertades y el logro efectivo de
sus reivindicaciones. Ha llegado, por lo mismo, el momento de formular
ante él nuestra profesión de fe, clara y precisa, y
de hacer franca manifestación de nuestros anhelos y de nuestros
propósitos. ¿A dónde va la revolución? ¿Qué se
proponen los hijos del pueblo levantados en armas?
La revolución se propone: redimir a la raza indígena,
devolviéndoles sus tierras, y por lo mismo, su libertad; conseguir
que el trabajador de los campos, el actual esclavo de las haciendas,
se convierta en hombre libre y dueño de su destino, por medio
de la pequeña propiedad; mejorar la condición económica,
intelectual y moral del obrero de las ciudades, protegiéndolo
contra la opresión del capitalista; abolir la dictadura y
conquistar amplias y efectivas libertades políticas para el
pueblo mexicano.
Tal es en esencia el programa de la revolución pero para
desarrollarlo, para fijar puntos de detalle, para obtener la solución
adecuada a cada problema y para no olvidar las condiciones especiales
de ciertas comarcas o las peculiares necesidades de determinados
grupos de habitantes, es preciso contar con el acuerdo de todos los
revolucionarios del país y conocer la opinión de cada
uno de ellos.
En cada región del país
se hacen sentir necesidades especiales y para cada una de ellas
hay y debe haber soluciones adaptables
a las condiciones propias del medio. Por eso no intentamos el absurdo
de imponer un criterio fijo y uniforme, sino que al pretender la
mejoría de condición para el indio y para el proletario
-aspiración suprema de la revolución-, queremos que
los jefes que representen los diversos Estados o comarcas de la República,
se hagan intérpretes de los deseos, de las necesidades y de
las aspiraciones de la colectividad respectiva, y de esta suerte,
mediante una mutua y fraternal comunicación de ideas, se elabore
el programa de la revolución, en el que estén condensados
los anhelos de todos, previstas y satisfechas las necesidades locales
y sentado sólidamente el cimiento para la reconstrucción
de nuestra nacionalidad.
A la inversa de Carranza, que ha impuesto su
arbitrariedad y su personalidad mezquina sobre la conciencia revolucionaria,
nosotros
pretendemos que ésta sea la que haga valer, la que impere,
la que regule y domine los destinos de la patria ante la cual desaparezcan
las pequeñas ambiciones y los bastardos intereses.
Y para evitar que una nueva facción exclusivista o nuevos
personajes absorbentes ejerzan preponderancia o influencia excesiva
sobre el resto de la revolución, hemos acordado adoptar el
siguiente procedimiento, de aplicación fácil y sencilla:
al ocupar las fuerzas revolucionarias la capital de la República
se celebrará una junta a la que concurrirán los jefes
revolucionarios de todo el país, sin distinción de
facciones o banderías. En esa junta se cambiarán impresiones,
harán valer su opinión todos los revolucionarios, y
cada cual manifestará cuáles son sus especiales aspiraciones,
y cuáles las necesidades propias en la región en que
opere.
En esa junta, por lo tanto, se dejará oír la voz nacional,
la voz del pueblo representado de pronto por sus hijos levantados
en armas; en tanto que establecido el gobierno provisional revolucionario,
puede el Congreso de la Unión, como órgano auténtico
y genuino de la voluntad general, resolver concienzudamente los problemas
nacionales.
Los jefes que asistan a la junta, expresarán los puntos o
principios que cada cual quiera ver convertidos en leyes o elevados
al rango de preceptos constitucionales, una vez constituido el gobierno
emanado de la revolución. Allí también, por
acuerdo de todos (y no por la voluntad de un solo hombre o de un
solo grupo, como ha pretendido el carrancismo), se formará el
gobierno provisional, compuesto de hombres conscientes y honrados
que satisfagan las aspiraciones revolucionarias, y al frente de los
cuales deberá funcionar como jefe de Estado, un civil, designado
y apoyado sinceramente por todos los elementos militares.
Reforma agraria, reivindicaciones obreras, purificación y
mejoramiento de la administración de justicia, constitución
de las libertades municipales, implantación del parlamentarismo
como sistema salvador del gobierno, abolición del caudillaje
en todas sus formas, perfeccionamiento de los diversos ramos de la
legislación para que responda a las necesidades de la época
y a las exigencias crecientes del proletariado de la ciudad y del
campo; todo esto seriamente meditado, y discutido amplia y libremente
por todos, formará la médula y el alma del programa
revolucionario, la base y el punto de partida para la reconstrucción
nacional.
A esta obra de patriotismo y de concordia, de
fraternidad y de progreso, sólo los ambiciosos podrán eximirse de colaborar, sólo
podrán negarse los que pretendan imponer su voluntad sobre
la de los demás, los que quieran valerse de la revolución
para satisfacer miras personales, o para realizar propósitos
de medro, de lucro o de venganza.
Pero los que vemos por encima de nuestras pasiones
el bien de la causa, y más alto que cualquiera ambición el interés
supremo de la República, comprendemos muy bien que ya es tiempo
de unirnos y de entendernos. Ha llegado la hora de que surja la paz
de la victoria, la paz que sigue al triunfo; ya hace falta que vuelva
la tranquilidad a los hogares, se cultiven los campos, se trabajen
las minas, abran sus puertas los talleres, nazca el crédito
nacional y francamente se encarrilen las actividades del país
por las vías del progreso.
Estorba Carranza el ambicioso, y hay que derribarlo. Perjudican
los antiguos rencores, las torpes desconfianzas, las pasiones vulgares,
y hay que suprimirlas, hay que borrarlas.
Sobre la unión de todos los revolucionarios, militares o
civiles (siempre que unos y otros sean honrados), sobre el cordial
acercamiento de todas las voluntades, sobre el mutuo y libre acuerdo
de todas las inteligencias, debemos basar el triunfo de nuestros
ideales y la reconstrucción de la patria mexicana.
Al emprender esta obra unificadora, no podemos
ni debemos olvidar a los compañeros descarriados, a los que, víctimas
del engaño de Carranza, permanecen aún a su lado, defendiendo
tendencias que no son las suyas y sosteniendo a una personalidad
que los vende y los traiciona.
Invitamos, pues, a la concordia y a la unión a todos los
luchadores de buena fe, que desengañados ya de Carranza y
convencidos de su falsía, estén dispuestos a volver
al campo de la lucha y a unirse a los que combatimos porque sean
una verdad las promesas de redención hechas al pueblo y que
es preciso cumplir, aunque sea a costa de nuestra vida.
Y para que haya un documento en que conste nuestro
solemne compromiso de cumplir y hacer cumplir las bases anteriores,
estampamos al pie
del presente nuestras firmas, con las que empeñamos nuestra
dignidad de hombres y nuestro honor de revolucionarios.
Reforma, Libertad, Justicia y Ley.
Tlaltizapán, Morelos, 23 de abril de
1918
El General en Jefe del Ejército Libertador,
Emiliano Zapata