AL PUEBLO MEXICANO
El caudillo de la Revolución
del Sur, el ardoroso apostol del agrarismo, el abnegado redentor de
la raza indígena, el hombre enérgicamente representativo
del alma mexicana; pletórica de virilidad y de rebeldía;
el glorioso predestinado cuya misión era imponer a todas las
conciencias, con la sugestión del vidente, la clara idea de
la justicia que asiste a los eternamente despojados del derecho, a
las irredentas víctimas de la civilización; Zapata,
ese hombre todo corazón y todo carácter, ha sucumbido
bajo el golpe de la más artera alevosía, ha muerto en
su puesto de luchador, inconmovible inmaculado, inquebrantable.
No pudiendo matarlo frente a frente,
de hombre a hombre, en medio de las rudezas del combate, han tenido
sus enemigos que asesinarlo traidoramente, en cobarde celada, revestida
con todos los caracteres de la alevosía y agravada con toda
la infamia de una premeditación concebida y madurada durante
largos meses. Pero, esos miserables habrán asesinado al hombre,
pero no han podido matar la idea.
El General Zapata, al morir, nos ha
dejado su herencia; una herencia de abnegación, de espíritu
de sacrificio, de amor acendrado a la colectividad, de indiferencia
ante el peligro, de fe firmísima ante las dificultades y los
obstáculos, de constancia y valor indomable para la lucha,
de alta nobleza y de supremo desdén para todo lo que sea interés
personal, ambición o egoísmo.
Nuestro jefe nos enseñó
a luchar y a vencer; a luchar contra la calumnia de los enemigos,
contra la mentira de los intelectuales pagados, contra la fuerza bruta
de las tiranías, contra el poder del oro de los caciques engreídos,
de los magnates corruptos, de los latifundistas capaces de todas las
infamias, en su inicua pugna contra el derecho del humilde y contra
la justicia de los de abajo. Zapata nos deja su ejemplo, su leyenda
de gloria, su tradición de heroismo.
Los que hemos tenido el honor de ser
y seguir siendo zapatistas, estamos obligados a ser valerosos y firmes;
a tener verguenza, a conservar nuestro decoro, a erguir siempre la
bandera agrarista, tan alto como la enarbólo siempre nuestro
caudillo inmaculado.
Por eso, de un extremo a otro de la
región suriana, la noticia de la muerte de nuestro Jefe, en
vez de entibiar entusiasmos y de apagar ardentías, ha templado
voluntades, ha provocado indignaciones viriles, ha hecho surgir en
todas las almas la promesa de ser más que nunca honrados, el
juramento de ser más que nunca fieles.
Zapata ha muerto, pero nos queda su
obra, nos queda su ejemplo; esa obra de emancipación, de enaltecimiento
del mexicano, de glorificación del trabajador, de consagración
plena y absoluta a la causa del pueblo; -ese ejemplo de hombría,
de noble altivez, de pureza sin mancilla, de gallardo impulso para
todo lo bueno, de odio justiciero y vengador contra todo lo bajo y
contra todo lo protervo.
Tenemos una triple tarea: consumar la
obra del reformador, vengar la sangre del mártir, seguir el
ejemplo del héroe.
Y esa tarea la hemos de cumplir, a despecho
de retardatarios y de traidores; por encima de la perversidad de Carranza,
de la felonía de Pablo González y de Guajardo; de la
miserable vileza de los estafadores que hoy manchan los más
altos sitiales de la República.
No es la primera vez en nuestra historia
que, bajo el golpe de la maldad o bajo las balas de la traición,
cae la cabeza de un gran apostol.
Miguel Hidalgo, víctima de la
traición de Elizondo -émulo digno de los Pablo González
y los Guajardo-; Hidalgo, el venerable libertador, es asesinado en
Chihuahua por los agentes del realismo, Morelos, el genial sucesor
de Hidalgo, sucumbe gloriosamente en San Cristóbal Ecatepec.
Pero ni la muerte de Hidalgo, ni el sacrificio de Morelos, desanimaron
ni hicieron perder la fe a los bravos defensores de la Independencia.
Y así como Morelos recogió
de manos de Hidalgo el glorioso estandarte, del mismo modo, aún
después de muerto Morelos, continuaron la contienda sagrada
los antiguos insurgentes o se improvisaron nuevos caudillos, llenos
de fe en el triunfo y rebosantes de amor por la causa de la patria.
Vicente Guerrero, Nicolás Bravo,
Ramón e Ignacio Rayón, Francisco, Xavier Mina, Pedro
Moreno, Juan Alvarez y cien otros caudillos pasearon la tarea de la
rebelión por las más centricas provincias del virreinato,
y sólo cesaron en su empeño cuando vieron definitivamente
consolidada con el apoyo y con el aplauso de los mismos que antes
fueron sus enemigos, la obra magna de la Independencia de México.
Hoy de igual modo, difundida ya la idea
agraria en todas las conciencias, despertada a nueva vida el alma
nacional por el ardoroso y arrollador llamamiento de Emiliano Zapata,
el apostol y el vidente; dispuestas en toda la República las
multitudes oprimidas a hacer triunfar con las armas, el principio
salvador del reparto de tierras; consumada. así por su triunfo
sobre las inteligencias y sobre las almas, la labor gigantesca del
libertador suriano, tiene que ser sólo cuestión de tiempo,
la victoria de los ideales que él sustentó, de las aspiraciones
que él hizo surgir en el corazón de todos los mexicanos,
para convertirlos, de esclavos en rebeldes y de parias deformados
por servidumbres seculares, en hombres libres, dignos del respeto
de la historia.
Los indígenas de todo el país
saben ya a que atenerse. Han comprendido al fin que sólo reconquistando
la tierra arrebatada a sus mayores, podrán asegurar su porvenir
como raza, su soberanía como hombres, su dignidad como ciudadanos.
De un extremo al otro del país
el indio ha proclamado su rebeldía, y él, oprimido por
Porfirio Díaz, sacrificado por Huerta, engañado vílmente
por Carranza, vendido por todos los falsos regeneradores, quiere hoy,
en un esfuerzo supremo, fundamentar la patria mexicana -no sobre el
privilegio de los menos, no sobre la riqueza de unos cuantos, sino
sobre la justicia y la libertad otorgada a todos por igual, sobre
la propiedad de la tierra concedida a cuantos sepan cultivarla, sobre
la independencia económica, real, y no sólo escrita
del campesino siempre esclavizado, y del indígena eternamente
proscripto.
Para crear esa patria nueva, se ha hecho
la revolución campesina; para evitar iniquidades, se proclama
la justicia, que no distinga entre ricos y pobres, que lo mismo ampare
al poderoso que al humilde; y todo ese impulso de reforma, todo ese
pensamiento de renovación, toda esa alma nueva, es la obra
y es el mérito de Emiliano Zapata.
Su idea se ha impuesto a todos los espíritus.
Los oprimidos, los despojados, los irredentos, han visto en su predicación
un nuevo evangelio, de luz y de glo. ría. Los intelectuales,
los fuertes, los privilegiados de la sociedad y de la civilización,
se han rendido por fín a la evidencia, han prestado homenaje
a la verdad, y hoy reconocen, desde Francisco León de la Barra,
el primer enemigo del Sur, hasta Migo Noriega, el despojador de tierras,
que sólo la pequeña propiedad salvará a la República.
El jefe Zapata ha muerto, pues, cuando
ya podía morir, cuando estaba consumada su benémerita
obra de difusión de ideales, de persuasión sobre las
conciencias, de heroico y altivo despertar de las energías,
de las esperanzas y de los entusiasmos de toda una raza.
El puede vivir tranquilo su vida de
inmortal. A nosotros toca seguir sus huellas, honrar con hechos su
memoria, proseguir su labor, generosa y buena, providencial y grande,
hasta que cristalice en realidades prácticas, en hechos que
impliquen regeneración y en instituciones que envuelvan grandezas.
A este respecto y descendiendo al detalle, nada nuevo tenemos qué
decir a la República.
Nuestros principios son los mismos que
sostuvo durante nueve años con inquebrantable honradez, el
General Zapata; nuestras esperanzas y nuestras promesas son las suyas;
nuestros anhelos de unificación revolucionaria y de reconstrucción
nacional, son los que el abrigó con tan grande nobleza que
lo llevó al sacrificio.
En cuanto a la jefatura suprema de la
Revolución, ha sido conferida al C. Dr. Francisco Vázquez
Gómez, a quien el General Zapata, haciéndose eco de
nuestros deseos y de nuestras aspiraciones, tuvo la atingencia de
designar para ese alto puesto, en los últimos días de
su fecunda vida, toda ella llena de clarividencia y de aciertos.
Inspirados, pues, en el programa y en
las tendencias de nuestro jefe, y constantes y firmes por el compromiso
que para nosotros implica su heroismo, renovamos hoy ante la nación
mexicana, nuestros juramentos de fidelidad a la causa, nuestra protesta
de adhesión a los principios, y le hacemos saber que hoy como
antes, privados ya del que fué nuestro caudillo pero depositarios
y poseedores de. la fuerza moral que nos legó con la ejemplaridad
de su vida, hemos de seguir enfrentándonos a los defensores
de la moderna tiranía, encarnada en el funesto carrancismo,
en esa camarilla de facciosos que no representa al ,pueblo mexicano
y si deshonra ala patria con sus rapiñas, con sus crímenes,
con su desverguenza, con esa su inaudita perfidia, lo mismo en las
cuestiones interiores, que en los más graves asuntos de nación
a nación.
Así como combatimos a Porfirio
Díaz, a de la Barra, a Madero y a Huerta, así hemos
de luchar hasta el fin contra la afrentosa dictadura de Carranza,
inmoral y corrompida, más falta de pudor que la de Porfirio
Díaz, más falaz y maquiavélica que la de Francisco
de la Barra, más imbécil y más hipocrita que
la de Huerta, el asesino.
Ya la nación conoce de sobra
al fatídico hacendado de Cuatro Ciénegas, hoy encaramado
al poder por obra de su audacia, para que tengamos que hacer más
comentarios. Ese hombre se quitó ya el disfraz, no puede ya
engañar a mexicano alguno y por eso confiamos en que todos
nuestros compatriotas sepan hacer causa común con nosotros
y con nuestros hermanos del Norte y del Centro, para minar y destruir
por todos los medios y en todas las formas, el ya carcomido y vacilante
edificio de la llamada administración carrancista.
Nuestro lema es y ha sido siempre: "Hasta
vencer o morir". Los stirianos comprendemos nuestro deber: SABREMOS
SER DIGNOS DE NUESTRO GLORIOSO JEFE.
REFORMA, LIBERTAD, JUSTICIA Y LEY.
Campamento revolucionario en el Estado
de Morelos, a 15 de abril de 1919. 450
Generales: Francisco Mendoza.- Genovevo
de la O.-Everardo González.- Jesús Capistrán.-
Pedro Saavedra.- Fortino Ayaquica.- Maurilio Mejía. Valentín
N. Reyes.- Adrián Castrejón.- Melesio Cavanzo.- Gildardo
Magaña, Zeferino Castillo.- Prudencio Casals R.- Arturo Camarillo.-
Sabino R. Burgos.- Timoteo Sánchez.- Tomás García.-
Antonio Beltrán- Rafael Cal y Mayor.- Guillermo Rodríguez.-
Gabriel Mariaca.- Pioquinto Galis.- Demetrio Gutiérrez.- Enrique
Rodríguez.- Teodomiro Rodríguez.- Manuel N. Reyes.-
Encarnación Vega Gil.- Joaquín Camaño.- Urbano
Catalán, Samuel Bonilla, Marcelino Alamirra.- Benigno Abundez.-
Gregorio S. Rivero.- Julio Villegas.- Gil Muñoz.- Ingeniero
Angel Barrios, Leopoldo Reynoso Díaz.- Leandro Arces.- Francisco
Alarcón.- Ramón Baena.- Vicente Aranda- Merino Ortega.-
José Contreras. Ismael Velazco.- Jesús Vega Gil.- Octaviano
Muñoz.- Conrado Rodríguez.- Cástulo Pérez.-
J. Cruz Espinoza.- Jesús Chávez- Jacinto B. Soriano.-
Gabino Lozano y Jorge Méndez.- Licenciados: Antonio Díaz
Soto y Gama, Arnulfo Santos Jr., y Francisco de la Torre.-Doctores:
José Parres y G. Fortunato, I. Macías y Alfredo Ortega.