Un sello que dice: República
Mexicana.- Ejército Libertador.
Cuartel General del Ejército Libertador en el Estado de Morelos.
Al C. Venustiano Carranza.-
México, D. F.
Como ciudadano que soy, como hombre
poseedor del derecho de pensar y hablar alto, como campesino conocedor
de las necesidades del pueblo humilde al que pertenezco, como revolucionario
y caudillo de grandes multitudes, que en tal virtud y por eso mismo
he tenido oportunidad de reconocer las reconditeces del alma nacional
y he aprendido a escudriñar en sus intimidades y conozco de
sus amarguras y de sus esperanzas; con el derecho que me da mi rebeldía
de nueve años siempre encabezando huestes formadas por indígenas
y por campesinos; voy a dirigirme a usted, C. Carranza, por vez primera
y última.
No hablo al Presidente de la República,
a quien no conozco, ni al político, del que desconfío;
hablo al mexicano, al hombre de sentimiento y de razón, a quien
creo imposible no conmuevan alguna vez (aunque sea un instante) las
angustias de las madres, los sufrimientos de los huérfanos,
las inquietudes y las congojas de la patria.
Voy a decir verdades amargas; pero nada
expresaré a usted que no sea cierto, justo y honradamente dicho.
Desde que en el cerebro de usted germinó
la idea de hacer revolución, primero contra Madero y después
contra Huerta, cuando vió que aquél caía más
pronto de lo que había pensado; desde que concibió usted
el proyecto de erigirse en jefe y director de un movimiento que con
toda malicia denominó "constitucionalista"; desde
entonces pensó usted, primero que nada, en encumbrarse, y para
ello, se propuso usted convertir la revolución en provecho
propio y de un pequeño grupo de allegados, de amigos o de incondicionales
que lo ayudaron a usted a subir y luego lo ayudasen a disfrutar el
botín alcanzado: es decir, riquezas, honores, negocios, banquetes,
fiestas suntuosas, bacanales de placer, orgías de hartamiento,
de ambición de poder y de sangre.
Nunca pasó por la mente de usted
que la revolución fuera benéfica a las grandes masas,
a esa inmensa legión de oprimidos que usted y los suyos soliviantan
con sus prédicas. ¡Magnífico pretexto y brillante
recurso para oprimir y para engañar!
Sin embargo, para triunfar fué
preciso pregonar grandes ideales, proclamar principios, anunciar reformas.
Pero para poder evitar que la conmoción
popular (peligrosa arma de dos filos) se volviese contra el que la
utilizaba y la esgrimía; para impedir que el pueblo, ya semilibre
y sintiéndose fuerte, se hiciera justicia por sí mismo,
se ideó la creación de una dictadura, a la que se dió
el nombre novedoso de "dictadura revolucionaria".
Se encontró luego la fórmula
apropiada; se pronunciaron palabras sugestivas; eran precisas, indispensables,
la unidad de dirección y de impulso, la cohesión entre
los revolucionarios, la rapidez para concebir, la energía y
la prontitud para ejecutar.
Todo eso, que no podrá tener
cabida en una asamblea deliberante, se otorgó a un solo hombre,
que fué usted, y desde entonces fué el único
amo de las filas del constitucionalismo.
Para hacer triunfar las reivindicaciones
libertarias de la revolución, se necesitaba un dictador -se
dijo entonces-. Los procedimientos autocráticos eran inevitables
para imponerse a una sociedad refractaria a los principios nuevos.
En otros términos, la fórmula
de la política llamada constitucionalista, fué esta:
"Para establecer la libertad hay que valerse del despotismo."
Sobre estos sofismas se fundó
la autoridad de usted, el absolutismo y la omnipotencia de usted.
¿Cómo y de qué
forma ha hecho usted uso de esos exorbitantes poderes, que habían
de traer el triunfo de los principios?
Aquí es preciso, para no pecar
de ligero, analizar con calma y pasar revista retrospectiva a los
hechos desarrollados durante la ya bien larga dominación de
usted.
En el terreno económico y hacendario,
la gestión no puede haber sido más funesta.
Bancos saqueados; imposiciones de papel
moneda, una, dos o tres veces, para luego desconocer, con mengua de
la República, los billetes emitidos; el comercio desorganizado
por estas fluctuaciones monetarias; la industria y las empresas de
todo género, agonizando bajo el peso de contribuciones exorbitantes,
casi confiscatorias; la agricultura y la minería pereciendo
por falta de garantías y de seguridad en las comunicaciones;
la gente humilde y trabajadora, reducida a la miseria, al hambre,
a las privaciones de toda especie, por la paralización del
trabajo, por la carestía de los víveres, por la insoportable
elevación del costo de la vida.
En materia agraria, las haciendas cedidas
o arrendadas a los generales favoritos; los antiguos latifundios de
la alta burguesía, reemplazados en no pocos casos, por modernos
terratenientes que gastan charreteras, kepí y pistola al cinto;
los pueblos burlados en sus esperanzas.
Ni los ejidos se devuelven a los pueblos,
que en su inmensa mayoría continúan despojados; ni las
tierras se reparten entre la gente de trabajo, entre los campesinos
pobres y verdaderamente necesitados.
En materia obrera, con intrigas, con
sobornos, con maniobras disolventes, y apelando a la corrupción
de los líderes, se han logrado la desorganización y
la muerte efectiva de los sindicatos -única defensa, principal
baluarte del proletariado en las luchas que tiene que emprender por
su mejoramiento.
La mayor parte de los sindicatos sólo
existen de nombre; los asociados han perdido la fe en sus antiguos
directores, y los más conscientes, los que valen, se han dispersado
llenos de desaliento.
Hoy se trata, al parecer, de infundirles
vida nueva, pero con miras políticas (como siempre) y bajo
la corruptora sombra del poder oficial. Acabamos de ver mítines
obreros presididos y "patrocinados" (!) por un gobernador
de provincia bien conocido como uno de los servidores incondicionales
de usted.
Y ya que se trata de combinaciones de
orden político, asomémonos al terreno de la política,
en el que usted ha desplegado todo su arte, toda su voluntad y toda
su experiencia.
¿ Existe el libre sufragio? ¡Mentira!
En la mayoría, por no decir en la totalidad de los Estados,
los gobernadores han sido impuestos por el centro; en el Congreso
de la Unión figuran como diputados y senadores creaturas del
Ejecutivo y en las elecciones municipales los escándalos han
rebasado los límites de lo tolerable y aun de lo verosímil.
En materia electoral, ha imitado usted
con maestría y en muchos casos superado a su antiguo jefe Porfirio
Díaz.
Pero ¿qué digo? En algunos
Estados no se ha creído necesario tomarse siquiera la molestia
de hacer elecciones. Allí siguen imperando gobernadores militares
impuestos por el Ejecutivo Federal que usted representa, y allí
continúan los horrores, los abusos, los inauditos crímenes
y atropellos del período preconstitucional.
Por eso decía yo al principio
de esta carta, que usted llamó con toda malicia, al movimiento
emanado del Plan de Guadalupe, revolución constitucionalista,
siendo así que en el propósito y en la conciencia de
usted estaba el violar a cada paso y sistemáticamente la Constitución.
No puede darse, en efecto, nada más
anticonstitucional que el gobierno de usted; en su origen, en su fondo,
en sus detalles, en sus tendencias.
Usted gobierna saliéndose de
los límites fijados al Ejecutivo por la Constitución:
usted no necesita de presupuestos aprobados por las Cámaras;
usted establece y deroga impuestos y aranceles; usted usa de facultades
discrecionales en Guerra, en Hacienda y en Gobernación; usted
da consignas, impone gobernadores y diputados, se niega a informar
a las Cámaras; protege al pretorianismo y ha instaurado en
el país, desde el comienzo de la era "constitucional"
hasta la fecha, una mezcla híbrida de gobierno militar y de
gobierno civil, que de civil no tiene más que el nombre.
La soldadesca llamada constitucionalista
se ha convertido en el azote de las poblaciones y de las campiñas.
Según confesión de los más altos jefes de usted
(nada menos que el secretario de Guerra, José Agustín
Castro), la revolución se extiende y nuevos rebeldes aparecen
cada día, en gran parte debido a los excesos y desmanes de
jefes sin honor y carentes de todo escrúpulo, que, olvidando
su carácter de guardianes del orden, son los primeros en trastornarlo
con sus crímenes y sus actos de vandalismo.
Esa soldadesca, en los campos, roba
semillas, ganados y animales de labranza; en los poblados pequeños,
incendia o saquea los hogares de los humildes, y en las grandes poblaciones
especula en grande escala con los cereales y semovientes robados,
comete asesinatos a la luz del día, asalta automóviles
y efectúa plagios en la vía pública, a la hora
de mayor circulación, en las principales avenidas, y lleva
su audacia hasta constituir temibles bandas de malhechores que allanan
las ricas moradas, hacen acopio de alhajas y objetos preciosos, y
organizan la industria del robo a la alta escuela y con procedimientos
novísimos, como lo ha hecho ya la célebre maffia del
"automóvil gris", cuyas feroces hazañas permanecen
impunes hasta la fecha, por ser directores y principales cómplices
personas allegadas a usted o de prominente posición en el ejército,
hasta donde no puede llegar la acción de un Gobierno que se
dice representante de la legalidad y del orden.
Y, sin embargo, usted acaudilló
a todos esos hombres; usted, su Primer Jefe; usted sigue siendo el
responsable ante la ley y ante la opinión civilizada, de la
marcha de la administración y de la conducta del ejército,
y sobre usted recaen esas manchas y a usted salpica ese lodo.
¡Con cuánta razón
los gobiernos extranjeros no tienen confianza en el de usted, y con
qué justo motivo el de Francia se ha negado a recibir al enviado
constitucionalista, considerándolo como el representante de
una facción y no como el funcionario de un gobierno!
Las naciones extranjeras recuerdan la
conducta de usted durante el período del gran conflicto guerrero,
y no tienen para usted sino recelos, desconfianza y hostilidad.
Usted protestó ser neutral, y
se condujo como furioso germanizante; permitió y azuzó
la propaganda contra las potencias aliadas, protegió el espionaje
alemán, obstruccionó y perjudicó el capital,
los intereses y las finanzas de los extranjeros hostiles al káiser.
Usted, con sus desaciertos y tortuosidades,
con sus pasos en falso y sus deslealtades en la diplomacia, es la
causa de que México se vea privado de todo apoyo por parte
de las potencias triunfadoras, y si alguna complicación internacional
sobreviene, usted será el único culpable.
Usted ha orillado a nuestro país
a la ruina en lo económico, en lo financiero, en lo político
y en el orden internacional.
La política de usted ha fracasado
ruidosamente.
Usted ofreció y anunció
que por medio de un régimen dictatorial que disfrazó
con el nombre de Primera Jefatura, haría la paz en la República,
mantendría la cohesión entre los revolucionarios, consolidaría
el triunfo de los principios de reforma.
La paz no se ha hecho, ni se hará
nunca con los procedimientos que usted emplea y con el desprestigio
que sobre usted pesa. Los revolucionarios, los de la facción
constitucionalista, los que usted ofreció unir, están
cada vez más desunidos: así lo confesó usted
en su último manifiesto, y en cuanto a los ideales revolucionarios,
yacen maltrechos, destrozados, escarnecidos y vilipendiados por los
mismos hombres que ofrecieron llevarlos a la cumbre.
Nadie cree ya en usted, ni en sus dotes
de pacificador, ni en sus tamaños como político y como
gobernante.
Es tiempo de retirarse, es tiempo de
dejar el puesto a hombres más hábiles y más honrados.
Sería un crimen prolongar esta situación de innegable
bancarrota moral, económica y política.
La permanencia de usted en el poder
es un obstáculo para hacer obra de unión y de reconstrucción.
Por la intransigencia y los errores
de usted, se han visto imposibilitados de colaborar en su Gobierno,
hombres progresistas y de buena fe que hubieran podido ser útiles
a México.
Esos hombres, esos intelectuales, esa
juventud pletórica de ideales, esa gente nueva, no mancillada,
no corrompida ni gastada, esos revolucionarios de ayer, se han apartado
de la cosa pública llenos de desencanto; esos jóvenes
que se han iniciado en los grandes principios de la revolución
y sienten infinita ansia de realizarlos; esos enamorados del ideal,
que hoy llevan el alma impregnada de anhelo por un gobierno serio,
honrado, fuerte, impulsado por anhelos generosos y atento a cumplir
los compromisos contraídos en hora solemne.
Devuelva usted su libertad al pueblo,
C. Carranza; abdique usted sus poderes dictatoriales, deje usted correr
la savia juvenil de las generaciones nuevas. Ella purificará,
ella dará vigor, ella salvará a la patria.
Y si usted, como simple ciudadano, puede
colaborar en la magna obra de reconstrucción y de concordia,
sea usted bienvenido.
Pero, por deber y por honradez, por
humanidad y por patriotismo, renuncie usted al alto puesto que hoy
ocupa y desde el cual ha producido la ruina de la República.
Nuevos horizontes se presentan para
la patria. El señor doctor don Francisco Vázquez Gómez,
hombre conciliador y atingente, antiguo y firme revolucionario, invita
a la unión a los mexicanos, y ha encontrado una fórmula
de unificación y de gobierno, dentro de la que caben todas
las energías sanas, todos los impulsos legítimos, el
esfuerzo de todos los intelectuales de buena fe y el impulso de todos
los hombres de trabajo.
Bajo esa nueva dirección se podrá
hacer patria, se fundará una paz definitiva, se reorganizará
el progreso, se consolidará un gran Gobierno de la unificación
revolucionaria.
Y para allanar esa obra que de todas
maneras habrá de realizarse, sólo hace falta que usted
cumpla con un deber de patriota y de hombre, retirándose de
lo que usted ha llamado Primera Magistratura, en la que ha sido usted
tan nocivo, tan perjudicial, tan funesto para la República.
Emiliano Zapata.