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Corrido a Ignacia.
Oyes Ignacia, quiero que escuches mis súplicas,
voy a decirte cual es mi ilusión frenética,
aunque carezco de práctica y política,
yo te suplico que conmigo seas benéfica.
Quiero que escuches de mis labios este prólogo
que te dirige el autor de este facsímile,
dijo minerva saca copias del catálogo
y con cuidado a esa jovencita escríbele.
Yo he venido al compás de hermosa cítara
a dirigirle a tu deidad mis tristes cánticos,
por el mandato de Minerva que es magnífica
que me permitas la licencia de cantártelas.
No las desoigas jovencita rosa nítida,
antes acógelas te lo ruego por tus méritos
nunca te muestres que al hablarte seas tan tímida,
porque es muy justo que comprendas un pretérito.
Mi pecho se halla sumamente tristísimo
porque al mirarte en mi corazón enérgico,
al ver tu talle tan bello y tan purísimo
que tanto me encanta tu rostro angélico.
Deja que mire ese rostro color de ópalo,
porque sin verte yo me encuentro muy atónito,
abre mi pecho y mi corazón colócalo
sobre tu seno, pero allá en lo más recóndito.
Cuando mi cuerpo se halle puesto en un sarcófago
y que mis restos se hallen bajo una lápida,
tu nunca olvides visitar a un sitio sólido,
que allá estará tu trovador, niña simpática.
Y cuando mi alma llegue a ese momento crítico
y que mis restos se transformen en un ánima
si tu cariño para mi ha sido lícito,
a mi sepulcro regarás con una lágrima.
En fin, Ignacia, voy a terminar mis páginas
que en bellas trovas te entoné al pie de la música
y como que eres tan benévola y magnánima,
yo te suplico que conmigo seas benéfica.
Adiós modelo de virtud, termina mi ópera,
me voy y parto a la mansión del Polo Ártico
y si me buscas y no me hallas en la atmósfera,
vete si quieres que he de estar en el Antártico.
(JOSÉ LUIS SAGREDO CASTILLO. Colección de Hojas Sueltas)
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