Emiliano Zapata es ya un símbolo.
En el paisaje violento de la revolución se levanta su figura
de indio y adquiere proporciones justas de apoteosis.
Su intuición y su perfecto conocimiento de las necesidades
del país, fueron elementos suficientes para elevarlo a la
categoría de líder, si ésta, más tarde,
no hubiera sido superada por la del apóstol.
Su enérgica voluntad, puesta por encima de todos los obstáculos
que se oponían al avance de la revolución agraria,
hizo de Emiliano Zapata el más brillante director del anhelo
social.
Y en nueve años de lucha, en nueve años de triunfos
y de derrotas, de hambre, de miserias y de traiciones en sus propias
filas, el enorme sacrificado de Chinameca plasmó con su existencia
de guerrillero visionario una lección viva de heroísmo
cuyo valor histórico y humano logró sintetizarse para
los indios en el evangelio de su palabra: "TIERRA LIBRE PARA
TODOS, TIÉRRA SIN CAPATACES Y SIN AMOS".
Tiempo de transición, tiempo de crisis de valores, tiempo
de muy hondas y de muy graves rectificaciones sociales fue el de
Zapata. Y en el vértice de aquella hora que le tocó vivir, él
fue guía generoso, él fue caudillo inmaculado, él
fue un apóstol de la reivindicación campesina con el
mismo desinterés y el mismo amplio gesto de afirmación
que le hizo supeditar todo, la comodidad y el patrimonio, la tranquilidad
y el amor en la vida sobria del campo, a ese recio concepto de responsabilidad
que pudo hacerle caer en Cuautla cuando se cubrió de gloria
en 1911, de igual modo que lo llevó a la emboscada de San
Juan Chinameca en 1919.
Hoy, a los quince años de su muerte, que dejó un hueco
insustituible entre las filas revolucionarias de los indios, comprendemos
todos los que hemos crecido en su devoción, que era Zapata,
nuestro grande, nuestro íntegro General Zapata, uno de esos
tipos que, como expone Martí, "saben que en la cruz murió el
hombre un día, pero saben también que hay que aprender
a morir en la cruz todos los días".
Limpio, entero en la gran limpieza moral de sus manos de hombre
público, este fue uno de los muy pocos que salieron pobres
de la revolución.
Él tuvo tal vez como nadie todo el oro y toda la plata acuñables
de mi país en aquella época, y sin embargo cumplió su
destino de maciza contextura moral y pudo hacer de su conducta un
ejemplo: vivió y murió pobre, con la misma sencillez,
con la misma austeridad con que vio siempre los valores materiales
que pudieron ser suyos.
Así crece y se agiganta en la historia de mi pueblo cuando
lo vemos despreciar el halago y la tentación de los poderosos,
de los latifundistas y de los soldados enriquecidos, y cuando presenciamos
el hecho insólito de que por las tierras de los indios persistiera
este hombre en la revolución, no obstante que la miopía
moral de Madero le proponía en Cuautla:
"General Zapata, deje usted esto del agrarismo por lo pronto
pues el Gobierno no puede atender por ahora a estas cuestiones; desarme
su gente y yo le ofrezco en cambio una o dos haciendas de las mejores
del Estado de Veracruz y un viaje a Europa para que se vaya a descansar
durante algún tiempo".
A pesar de esto, el héroe de Villa Ayala se mantuvo en pie,
incorruptible en nueve años de sacrificios en los montes del
sur.
"Yo no he venido a la revolución por dinero, ni por
poder, ni por mando; yo he venido a luchar por las tierras de los
Indios".
Iba en su trágico sendero de rectificador, de hombre que
a toda costa quería la justicia.
Iba de pueblo en pueblo y a él se sumaban siempre, desde
1911 hasta 1919, todos los indios del sur, los de Puebla, los de
Hidalgo, los de Oaxaca, los de Guerrero, los de Morelos y los de
Tlaxcala.
Jamás hombre alguno en la revolución pudo arrastrar
así las crecidas masas de los indios, de los indios tan defraudados,
tan engañados, tan explotados y tan olvidados en todos los órdenes
de la vida social por más de cuatrocientos años.
Jamás se había visto en México, desde la época,
de José María Morelos y Pavón, que un caudillo
recién salido de la oscuridad de su pueblo pudiese con su
sola presencia levantar miles y miles de hombres y empujarlos con
su voz hacia el triunfo de las armas revolucionarias.
Como en Jonacatepec el 2 de marzo de 1911, jamás pudo verse
el espectáculo de los indios casi desarmados que no obstante
vencieron sólo por la entereza y el arrojo de Zapata:
"Muchachos, hay que vencer; tenemos que acabar con una dictadura
que nos tiraniza desde hace treinta años".
Sus proclamas, sus manifiestos, su campaña ideológica
llevada hasta el extranjero por el General Amezcua, todo nos hace
encontrar en Zapata al político de clara intención
y al mismo indomable soñador de Anenecuilco que un día
repartió las tierras y tuvo que "irse al monte";
que otro día regresó a su pueblo y fué consignado,
al servicio de las armas por el mal gobierno; y que muchos otros
días, tantos que de ellos sólo guarda memoria el indio
que lo conoció y que lo amó, Zapata anduvo por toda
la Sierra del Ajusco luchando sin doblegarse, atendiendo a las necesidades
de los pueblos, dirigiendo, a pesar de la vorágine revolucionaria,
la redacción del Plan de Ayala en Ayoxustla, cerca de Miquetzingo.
Este era el admirable genio heroico de Emiliano Zapata. Prefería
la lealtad a cualesquier otras virtudes morales. Y en esto superó a
los demás caudillos de su tiempo, pues exigió siempre
la lealtad al credo agrarista cuando otros querían la lealtad
para un hombre.
Por eso cayó Otilio E. Montaño, cayó Tepepa,
cayó el "tuerto" Morales, cayó Pascual Orozco,
cayó Benito Canales, cayeron todos los que alguna vez pensaron
que era más productiva la tarea de sabotear a la revolución
que la de sufrir hambre y persecución por la justicia.
Frente a ellos, entero e inflexible, el General Zapata ordenó los
Consejos de Guerra y soportó la amargura de hacer cumplir
los veredictos condenatorios.
Los campesinos que se sintieron engañados por algunos de
esos líderes, hicieron con ellos un adorno macabro del paisaje
y los dejaron pender de los árboles después que fueron
fusilados por la espalda, amarrados a un árbol, por traidores
al Plan de Ayala.
Pero éstos sigilos radicales de la justicia popular, a pesar
de que iban llenando de tristeza el espíritu del Caudillo
jamás lograron que en cuanto a la disciplina flaquease su ánimo
de director y de jefe.
Este era el carácter vertical de Zapata.
Y aún habremos de considerar en Zapata otro valor por su
categoría moral de hombre.
Ningún caudillo de aquellos días, como él;
supo ser siempre leal a su condición sentimental de indio
y guardarse a sí mismo el respeto de sus propios afectos.
Así lo vemos afirmar con hechos su criterio de hombre responsable
ante la mujer amada.
Así lo vemos angustiarse en su decoro de padre para atender
y llenar de cuidados a sus hijos.
Así lo vemos preferir cualquier llamado de los suyos, a las
fiestas del camel y del chotis, a las fiestas del jaripeo y a las
peleas de gallos tan gustadas en el sur.
Y así lo vimos, en fin, como un tipo cabal de hombre respondiendo
en toda circunstancia económica a las urgencias de la mujer
que amó entre serenatas, entre maravillosos huertos de manzanos,
entre el trabajo salvador de la tierra, entre las noches cálidas
y providenciales de los pueblos surianos cuyo acento de contenido
romántico no dejó de gustar, pese a las solicitaciones
de la revolución.
Muchas veces, después de discutir con sus generales los planes
de la campaña, después de algún encuentro con
el enemigo, después de deplorar, quizá, los desmanes
de Bárcenas o la traición de Arenas, iba el General
hacia el Ajusco.
Y bajo la alta noche fría decorada de estrellas se sentaba
cerca del "tlecuil" acompañado de sus íntimos
y de la mujer amada, que todo lo había sacrificado por él.
Y sobre el severo, silencio de aquel lugar, como en otros días
también sobre los caminos adornados de órganos, se
levantaba una canción dé Marcianito Silva o se dejaba
oír el dulce son de "Las Mañanitas de Emiliano
Zapata".
El fue la primera voz autorizada que se levantó en favor
de los indios en la primera, época revolucionaria.
En él tuvo su origen la reforma constitucional de 1917.
El fue quien primero peleó por la restitución y por
la dotación de las tierras.
El fue quien resistió en todo tiempo a los halagos del poder
por el poder mismo y sostuvo su divisa: "Tierras y Libertad",
como la única bandera posible de la revolución.
Y a él se debe, por su conducta intachable de luchador social,
de líder auténtico, nada menos que el cuerpo de doctrina
de la revolución mexicana.
Su intuición y su honestidad suplieron el conocimiento técnico
de su propósito y realizaron por virtud de su esfuerzo una
parte del ideal de justicia por que vivió y murió.
El hombre, ya no es el hombre: Emiliano Zapata es ya un símbolo.
Símbolo de pureza en su vida privada y en su ejecutoria de
hombre público.
Símbolo de energía en la disciplina y en la acción
militar.
Símbolo de la más antigua hidalguía indígena
en el cumplimiento del deber familiar y en el sentido romántico
y sentimental de su vida de hombre.
Símbolo de fuerte vertebración moral, puesto que por
la terquedad moral del ideal agrario soportó toda la ira,
toda la incomprensión y toda la injusticia de quienes lo detractaron
por no conocerlo, de quienes lo calumniaron y lo vejaron en todos
los rumbos de la palabra, porque veían en él al único
hombre fuerte que acabaría por alcanzar la reforma social.
Y como si todo esto fuera poco, Zapata fue símbolo de sencillez,
de ponderación y de justeza.
Fue su vida tan sencilla, tan sin adorno, tan sin oropeles como
es siempre la vida del indio.
Y cuando su voz se calló en Chinameca, cuando el héroe
cayó herido para no levantarse más, cuando al perderse
su aliento y su enseñanza, quedaba viva la lección
de su ejemplo y se iniciaba ya la más espléndida y
la más hermosa de las sagas populares de los indios; cuando
se principiaba en los corridos la narración de los hechos
del caudillo asesinado por la soldadesca de alquiler, todavía
pudo ver el indio a quien le sacrificó su vida misma para
salvarlo, que una muestra más de humildad era la muerte del
apóstol.
Y su cuerpo recogido fue en la forma humilde y sobria en que su
vida caminó por las tierras de México.
Una tumba sencilla, blanca, con una inscripción en la lápida
que recordaba su nacimiento y su muerte, era el último recuerdo
del héroe, asentado en el Cementerio de la Calle de las Trincheras
de Ordiera, en Cuautla.
Pero lejos de allí, lejos de donde el pueblo iría
como un hombre anónimo a depositar con sus flores la devoción
santa de su afecto, lejos de allí se levantaba, enorme, inmaculado
y limpio el recuerdo de Emiliano Zapata.
En la historia de la revolución que ha hecho un hueco para
que el caudillo entre con el mismo paso seguro de siempre, Emiliano
Zapata es ya un símbolo.
BALTASAR DROMUNDO.
10 de abril de 1934.