EPILOGO DE M. ROMERO IBÁÑEZ
Mayo de 1919

EPILOGO

Para aquellos que aun profesan el viejo error de que la Muerte es una fuerza destructora, antagónica de la Vida, el minúsculo y sin embargo trascendental episodio histórico, hasta hoy ignorado, que tuvo por escenario las pocas páginas de la precedente correspondencia cruzada entre un revolucionario de gabinete y otro de campo de batalla, encierra la más hermosa y persuasiva lección de cómo la muerte de cualquier cosa, sér o idea, material o inmaterial, da o contribuye a dar vida a otro sér o a otra idea de su especie.

Así, el fracaso sucesivo, previsto y fatal de los varios "planes" reivindicadores del goce equitativo de la tierra mexicana, llamados "grito de Dolores", "Leyes de Reforma", "Plan de Ayala" y "Constitución de 1917", así como la muerte de innumerables caudillos y defensores de tales planes, lejos de determinar el aniquilamiento de la grandiosa y justa idea mal expresada por éstos, lo que ha hecho es vivificarla, fortalecerla y excitar el ánimo de los pensadores a perfeccionarla con su saber, y el de los héroes a fertilizarla con su sangre.

La vida y el progreso han nacido así una vez más de la muerte y del retroceso, para demostrar que no es un vano tropo retórico, sino la fórmula exacta de un hecho real y constante, a pesar de ser dicho de poetas, el de que "el árbol de la Libertad se riega con sangre".

Nada más cierto: el menor de los bienes conquistados por la humanidad, lo mismo en el orden moral que en el material, representa siempre el sacrificio de incontables seres víctimas de las experiencias, las luchas y los tanteos que requieren la rectificación de los errores primarios y el descubrimiento final de las verdades elementales en que va cimentándose el bienestar de la especie humana.

A millones asciende seguramente la cifra de las vidas, y a miles de millones el valor de las riquezas que el pueblo mexicano ha derrochado desde 1810 a la fecha. por resolver el PROBLEMA AGRARIO que, cual emponzoñada túnica de Nesso nos legó el régimen feudalista colonial, del que justo es decir que fué "crimen del tiempo y no de España"; pero ni los insurgentes de Dolores y de Morelos, con sus odiosas violencias, ni los reformadores teorizantes de las eras de Juárez y de Carranza, con sus leyes candorosamente excesivas, han logrado pronunciar el victorioso ¡eureka!, y sus fracasos resonantes han sido otras tantas pruebas de lo erróneo de sus respectivos SISTEMAS.

Lo cual no quiere decir que tanto esfuerzo y tanto sacrificio hayan sido estériles; por el contrario, a ellos deberemos al fin el convencimiento de la verdad y la posesión del bien perseguido a través de un siglo largo de hecatombes fratricidas y desastres sociales. Este pronóstico es de infalible realización. Veamos por qué.

Proclamado el Plan de Ayala, hubo un momento en que a pesar de los procederes feroces y terroríficos de Zapata y de sus hordas, fué común sentir de la gente de pensamiento sereno, que Zapata podía llegar a ser el Caudillo de un gran movimiento nacional, porque llevaba en la mano una verdadera bandera triunfal por el arrebatador lema de "¡Tierra, Libertad y Justicia!" que en ella resplandecía.

Autorizaron tal opinión votos decisivos, ya por su sinceridad, como el del infortunado Presidente Madero, ya por venir de un adversario de la talla intelectual y de la filiación política de don Francisco Bulnes, quien repetidas veces reconoció que el Plan de Ayala contenía un gran programa político susceptible de servir de guía a un partido de intereses de incontrastable fuerza.

Fué también por entonces cuando el autor del SISTEMA SALA -el cual SISTEMA se hallaba en los comienzos de su evolución y tenia graves errores de detalle, hecho que mucho importa hacer constar-, cedió al deseo racional y humanitario de "encauzar por senderos de inteligencia, de honor y de patriotismo, la enorme fuerza que en manos de Zapata puso la desesperación del proletariado morelense.

Y así fué como se entabló la interesantísima e instructiva lid moral, política y económica entre las ideas del SISTEMA SALA y las del que llamaremos sistema Zapata, corregido y reformado por sus consejeros áulicos Manuel Palafox y Antonio Díaz Soto y Gama; lid cuyas rápidas peripecias presentan las cartas preinsertas, y que se desenlazó con un inevitable choque y una ruptura tácita que para el lector superficial deja el episodio en coma.

Si no fuese otra de tantas mentiras convencionales la de que la fe trasporta las montañas, Jesús no habría tenido que dejarse crucificar en el Calvario para demostrar a los hombres la fuerza de su doctrina de sacrificio y esperanza, y asegurar con ello el triunfo de la revolución social y moral que se propuso producir.

Lo cierto es que la fe ciega en una idea falsa y mal examinada, es lo que levantó la hoguera en que estuvo a punto de perecer Galileo, y lo que ha producido tantos y tantos terribles fracasos como la historia registra y a los que debe agregarse el de la revolución agraria que tuvo por bandera el Plan de Ayala.

El vulgo atribuye la muerte de Zapata y del zapatismo, a que por una vez falló la proverbial suspicacia del desprestigiado caudillo suriano. Grave error. Zapata era un cadáver político desde mucho tiempo antes de que su trágica vida terminara en Chinameca. La fe irrazonada que puso en una ley agraria absurda, a trozos inicua, y a trozos pueril, que consejeros torpes o pérfidos le hicieron adoptar como la realización perfecta del ideal agrario del Plan de Ayala, eso fue lo que le cegó y le impidió conocer la verdad que intentó demostrarle en sus cartas el autor del SISTEMA SALA; y eso mismo lo que determinó a la larga el desastre político de la revolución suriana en lo que tuvo de sensato y de justo.

Consumó el desastre el propio Zapata cuando al sentir el desengaño y el desorientamiento consiguiente, acudió al suicidio en vez de acogerse a la verdad salvadora. Porque suicidio y no otra cosa fue el acto de estampar, como lo hizo bajo su sello y firma, en un manifiesto fechado en Tlaltizapán, el 20 de abril de 1918, que auténtico tenemos a la vista, las siguientes estupendas declaraciones de principios: "Cumplir el Plan de Ayala es nuestro único y gran compromiso; ahí radicará toda nuestra intransigencia…. Respecto a la cuestión económica: …. Procuraremos la reorganización financiera de acuerdo con las Leyes emanadas de nuestra Constitución de 1857.... para conciliar todos los intereses".

Naturalmente, este manifiesto ya no tiene por lema el magnífico de "Tierra, Libertad y Justicia", incompatible en cuanto a su primer postulado con el increíble cambio de frente de Zapata, sino estos otros "Constitución de 57.- Reforma, Libertad, Justicia y Ley". ¿Cabe imaginar contubernio más monstruoso que el del Plan de Ayala y la Constitución de 57? (Véase dicho Manifiesto al final de este folleto.)

Cuenta la historia que en la célebre conferencia de Orizaba, cuando el archiduque Maximiliano, tentado por el padre Fischer, decidió suspender su regreso a Europa, retirar su abdicación y aceptar el apoyo que el CLERO le ofrecía para continuar la lucha, el ministro Lacunza tuvo la heroica sinceridad de decirle que con ese acto iba a cambiar su título de Emperador por el de simple jefe de facción. El error que cometió Maximiliano al no atender esta sabia advertencia, fué el que directa y prontamente le condujo ante el Consejo de Guerra de Querétaro. El error de Zapata al rechazar el SISTEMA SALA, fué el que le arrastró gradualmente al fracaso de la revolución agraria, al bandolerismo desnudo de todo ideal y huérfano de toda bandera, al suicidio político y al trágico final de Chinameca.

Con lo que queda demostrado que no es la fe ciega y terca lo que salva y redime, sino la duda que analiza, investiga y acaba por arrancar a la Naturaleza la verdad fecunda y regeneradora.

Para convencernos de ello observemos desde un punto de vista más general y elevado, el proceso evolutivo de la cuestión agraria en México.

Pese a ciertos políticos y publicistas del día, que pretenden servirnos el descubrimiento del Mediterráneo al presentarse como descubridores de que la causa de todos los males de que adolece la Patria, radica en la pésima división de la tierra, lo cierto es que los soberanos españoles, el Consejo de Indias, los virreyes y demás altas autoridades del Gobierno colonial, se dieron cuenta de este problema casi a raíz de la conquista, desde que las iniquidades de los encomenderos y la codicia de los conquistadores las obligaron a ello; y son numerosísimas las pruebas que en los diversos ordenamientos de la legislación colonial se hallan de la plausible, pero estéril lucha entablada por los monarcas hispanos muy particularmente, en defensa de los derechos de los indígenas a la vida, o lo que es lo mismo, a la conservación de una parte siquiera de sus tierras que bastara a mantenérsela.

En todas las obras políticas notables publicadas durante la lucha por la independencia y a poco de consumada ésta, puede verse ya clara y completa la exposición del tremendo PROBLEMA AGRARIO, tal como hasta la fecha existe.

El barón de Humboldt lo presenta en su "Ensayo político sobre la Nueva España"; el Doctor Mora lo profundiza en su inmortal obra "México y sus revoluciones"; Zavala lo diseca con mano Maestra en su no menos célebre "Ensayo histórico sobre las revoluciones de México"; Alamán pasa sobre la quemante cuestión con destreza de interesado en no llamar la atención sobre ella; y son tantos los escritores y los estadistas ilustres que han señalado el mal y aun tratado de remediarlo, que convertiríamos esta síntesis en un centón de citas con sólo apuntar nombres, títulos y páginas de lo escrito sobre esta materia.

Pero descubrir el mal, estudiarlo y aun conocerlo a fondo, no es lo mismo que HALLARLE REMEDIO; el ejemplo de Koch es concluyente a este respecto. Convulsiones y revoluciones formidables han sacudido y desquiciado al país de medio siglo en medio siglo; lemas, planes y programas, a cual más vistoso y halagador, han deslumbrado y alucinado al pueblo mexicano incesantemente, sin que el PROBLEMA AGRARIO haya sido resuelto por los autores de tales documentos, ya no de hecho, pero ni siquiera de derecho; muy al contrario, nuestras grandes revoluciones y los planes a que ellas han dado el triunfo, no han hecho en realidad más que apretar el dogal de pueblo, o desprestigiar su causa.

El Plan de lguala CONFIRMO al CLERO y a los GRANDES TERRATENIENTES en la POSESION de las TIERRAS, amenazada por la desvinculación de los mayorazgos y por la revolución progresista que desencadenó en la Metrópoli el contacto con los revolucionarios franceses. Las Leyes de Reforma no tuvieron más resultados positivos que un JUEGO de MANOS con las TIERRAS y la PERDIDA del DERECHO de los pueblos para poseer tierras en común; reforma funesta que fué el instrumento perfecto de que se valió la oligarquía limanturiana para disponer de las grandes extensiones de tierras comunales que repartió entre los nacionales y los extranjeros que la formaban.

Finalmente, la Ley de 6 de enero de 1915 y su sanción legal, el artículo 27 de la nueva Constitución política, sin producir la anhelada división de la tierra, han provocado peligrosos conflictos de derecho público e internacional, por lesionar intereses creados legítimos, y lo que es peor, han establecido una situación insostenible e inaceptable por lo incierta, siendo así que el precepto según el cual el Estado puede imprimir en cualquier tiempo a la propiedad las modalidades que juzgue convenientes, no sólo destruye de raíz el principio de propiedad, sino que deja abierta la puerta a todo cambio, por radical que fuere, tanto progresivo como regresivo, desde el comunismo sindicalista y el bolshevismo, hasta la vuelta al feudalismo medioeval, del que de hecho no hemos salido todavía.

No es, pues, una vana jactancia la del autor del SISTEMA SALA al afirmar, como lo hace en el prólogo con que presentó su correspondencia con Zapata, que "no habrá "Libertad y Constitución"; no habrá "Sufragio Efectivo y No Reelección"; no habrá "Constitución y Reformas"; no habrá "Reforma, Libertad, Justicia y Ley", ni menos "Paz y Justicia", mientras la tierra pertenezca a una minoría asombrosamente pequeña; mientras la tierra no sea dividida, y esto dentro de los cánones del Derecho y la Equidad", como lo propone el SISTEMA SALA, al contrario de todos los demás sistemas que hasta hoy han fracasarlo en la solución del PROBLEMA AGRARIO, lo que puede por consiguiente fundar la presunción de eficacia en favor del primero, y explicar la probada inutilidad de los demás.

No es difícil, por cierto, hallar ese principio diferencial, cuya superioridad se impone a la simple enunciación de él, parodiando el célebre "Ser o no ser" con que Shakespeare formuló la solución del problema moral humano, nosotros concebimos la solución del PROBLEMA AGRARIO así: "Pagar o no pagar".

Porque el hecho de que todos los SISTEMAS fracasados han tenido por principio más o menos franco y declarado, no pagar las tierras, y el SISTEMA SALA es el primero que ha buscado en el principio de pagar las tierras, una firme base de sustentación.

Sin que valga nada más desde este punto de vista, el sistema que hoy tiene fuerza de ley, por dos poderosas y contundentes razones: que expropiar tomando por base los actuales avalúos fiscales de las grandes fincas rústicas, es castigar un fraude al Fisco con una cuasi confiscación; y que pagar los precios irrisorios resultantes de tales avalúos, en papel redimible a veinte años de plazo, y en esta época de inflación universal de la circulación fiduciaria, equivale a convertir la expropiación en confiscación completa.

No es el objeto de este escrito hacer la crítica del SISTEMA SALA y por esto en vez de insistir en los efectos políticos y económicos que debe producir y está produciendo el principio de no pagar las tierras, remitimos al lector a la parte relativa de la polémica entre el señor Sala y Zapata, y volvemos al tema, esto es, a la enseñanza que de esa polémica se desprende, así como del fracaso consiguiente del Plan de Ayala y de todos los demás planes ensayados para reivindicar la propiedad de la tierra en favor del PUEBLO.

Hicimos notar que en la época en que se desarrolló la polémica susodicha, el SISTEMA SALA adolecía aún de graves defectos en su parte financiera. Aplicando el método matemático de los movimientos elementales, veamos los cambios ocurridos en la evolución de los SISTEMAS basados en el principio de no pagar, y en la del SISTEMA SALA, durante un momento angular equivalente al lapso trascurrido de 1914 a la fecha; la determinación de dicho momento por tal lapso, excluye de la comparación al SISTEMA de las Leyes de Reforma; pero aunque así no fuera, lo excluiría su evidente fracaso desde todos los puntos de vista. En cuanto al SISTEMA formado por el Plan de Ayala y la Ley Agraria Palafox-Soto y Gama, ya vimos cómo pasó de la fe ciega y arrogante, al desacierto, de éste a la duda y de la duda al suicidio.

Es de mencionarse el hecho de que los autores de la citada Ley Agraria y ejecutores del Plan de Ayala, inspirándose muy probablemente en ciertos detalles de organización del primitivo SISTEMA SALA, pero mal entendidos y peor aplicados, intentaron organizar el error, y al efecto fundaron y tuvieron en funciones en Jojutla, una oficina de medición, deslinde, avalúo y división de las tierras confiscadas, y una Caja de Préstamos a los flamantes agricultores en pequeño.... y en grande, pues más eran los segundos que los primeros.

Desgraciadamente, descuidaron legitimar los nuevos títulos; descuidaron dividir por igual las tierras entre los generales y los soldados; descuidaron además, crearle fuentes vivas y perennes de ingresos a la Caja de Préstamos, la que sólo recibió por una vez el producto no completo de lo confiscado a "los enemigos de la Revolución"; otro olvido fatal fué el de no asegurar el reembolso de los préstamos, difícil de suyo por ser prorrogables hasta por tres años y con la sola garantía del agricultor, en caso extremo, con la de la tierra, no obstante haberse declarado ésta inalienable; pero el descuido peor fué el de la organización del trabajo y de la preparación de los nuevos agricultores que si acaso sabían defender su tierra, desconocían del todo el arte de los cultivos intensivos, indispensables para la vida de la agricultura en pequeño; sin contar con que el estado de guerra que mantenía la absurda actitud política adoptada por Zapata, impedía la adquisición de elementos de cultivo, imposibilitaba a los nuevos propietarios para dedicarse a él, y dificultaba todo, desde la producción hasta la distribución y los cambios: naturales y lógicos frutos de todo sistema basado en la fuerza y en la violencia, con desprecio de "la equidad" y "del derecho".

Bien considerados los hechos, es mayor el fracaso del SISTEMA consagrado por la Constitución de 1917. La razón es obvia: este otro SISTEMA ha tenido a su favor para fructificar bien, el triunfo del partido que lo ideó e implantó; los grandes recursos del Gobierno Federal; un amplísimo campo pacificado en qué ensayarlo; años agrícolas excelentes; demanda formidable y precios altísimos; y dominio de los medios de transporte y de los mejores centros comerciales del país. Y sin embargo, LAS TIERRAS SIGUEN INDIVISAS.

Por el contrario, el SISTEMA SALA ha progresado; así lo demuestra la comparación entre su forma primitiva de 1912 y la actual. Y sin afirmar que haya llegado a la perfección, porque ni ésta es asequible a la obra humana, ni una obra de este género puede alcanzar el grado supremo de mejoramiento mientras no sea sometida al cincel de la experiencia, lo cierto es que ha llegado a un punto altamente satisfactorio de adelanto, sobre todo en cuanto a detalles de organización.

Y es el caso que las modernas autoridades en la ciencia económica dan tal importancia a la organización, que la consideran ya como el cuarto factor de la producción. Por esto, hablando del poder de la organización, el gran financiero Carnegie dijo con referencia a la producción de los Estados Unidos de América "Quitadnos todas nuestras fábricas, clientela, dinero y facilidades de transporte; dejadnos únicamente nuestro don organizador, y en sólo cuatro años nos habremos restablecido por completo".

He aquí por qué es razonable inferir de los hechos que este epílogo comenta, que el SISTEMA SALA está animado por ideas de tal manera vivaces y fuertes, que así como venció virtualmente al SISTEMA del Plan de Ayala, vencerá a los demás basados en los mismos principios inferiores; y que una vez lanzado con la inteligencia o el vigor con que hasta aquí se le ha venido impulsando y mejorando, llegará por modo infalible el día en que realice la obra grandiosa de fundar sólida y perdurablemente la nacionalidad mexicana y la libertad individual, sobre la base inconmovible de la tierra bien valuada, bien pagada, bien dividida y bien cultivada.

Mayo de 1919.

(Rúbrica de M. Romero Ibáñez)



Fuente:

Antenor Sala. Emiliano Zapata y el problema agrario.
Imprenta Franco-Mexicana. México, 1919. p. 85-93