|
|
|
|
HOMENAJE A EMILIANO
ZAPATA
Uno de los hombres más interesantes, que ha dado la revolución mexicana es, sin duda alguna, el general Emiliano Zapata. Por su ideología, por su rara contextura moral, por las virtudes políticas y sociales, de que dió ejemplo en su vida, su personalidad despierta interés a todos los hombres de México, que viven atentos a nuestro desenvolvimiento social. Emiliano. Zapata, dice don Antenor Sala, nació y vivió en el seno del grupo humano más desafortunado de México, porque en ninguna parte, como en su Estado natal, fue más completo el monopolio de la tierra, y en consecuencia, el hombre más esclavo, más impotente para luchar con el formidable poder del capital rústico e industrial. Fué allí precisamente donde al grito de "Tierras y Libertad", fórmula que encerraba una ansia dé libertad material y espiritual, podían levantarse las masas dispuestas a conquistar sus derechos conculcados por la avaricia capitalista. Fue allí, donde nadie tenía un palmo de tierra propia en que descansar el cuerpo fatigado, ni una esperanza de liberación, donde el general Zapata se lanzó a la revolución, contando con inumerables huestes que surgieron del jacal, de los arrozales, de los cañaverales, de los ingenios y de las cavernas montaraces, donde los hombres de ánimo rebelde refugiaban su precaria libertad, su desnudez y su hambre. Este mestizo interesante que, según el concepto del profesor Ramos Pedrueza, es el más vigoroso representativo de la nacionalidad mexicana, nació en Anenecuilco, pequeño barrio de Villa de Ayala, en el año de 1877. Hijo de don Gabriel Zapata y de doña Cristina Robles, que eran dueños de un pequeño rancho, vivió casi toda su vida, hasta antes de lanzarse a la revolución, en su pueblo natal. Adquirió instrucción primaria en la escuela del poblado, y se cuenta que fué un estudiante sumamente aprovechado. Particularmente, durante sus años de estudios, sintió gran afición por la historia nacional, que lo emocionaba profundamente. Años más tarde, en alguna de sus campañas militares, y en las pláticas del vivac, había de recordar algunos de los personajes más importantes de nuestra historia, que le servía de ejemplo y estímulo. Julio Cuadros Caldas refiere una anécdota que se ha hecho popular entre los comentaristas del general Zapata. Teniendo apenas ocho años -nos cuenta-, ocurrió un accidente que presenciaron Eduardo A. Marín y Santiago Campos, campesinos que aún viven, y de cuyos labios, Cuadros Caldas escuchó el relato. Dichos campesinos trabajaban como ordeñadores de don Gabriel Zapata, padre de Emiliano, que poseía doscientas vacas de ordeña. Una tarde, dice, ya al anochecer, llegó Gabriel Zapata del campo y al recibirlo su esposa, le relató que acababan de hacer notificación oficial, para que sus animales desocuparan las tierras donde pastaban, porque el dueño las necesitaba para otra cosa. El amo había hecho el extrañamiento, amenazando con que hasta en las calles de Cuautla y de Villa de Ayala sembraría sus cañas. Cristina Robles, la esposa, no dijo una palabra, sino que volvió su semblante enigmático, dentro de su racial sequedad de expresión, hacia el niño. Ni la más leve contracción hicieron sus labios. Ni el más tenue humedecer hubo en aquellos ojos de obsidiana, de ídolo azteca que, como única respuesta se clavaron en el hijo. El niño había suspendido su labor de labrar una cabeza de caballo en un trozo de palo de guayabo para atender al diálogo, y quizá entendiendo con viva precocidad, el silencio de su madre, se irguió bruscamente, y con singular energía exclamó: ¡Padre!. ¿No son nuestras las tierras? Sí hijo, son del pueblo -le contestó el padre-, pero la hacienda "El Hospital" nos las quiere quitar. Entonces aquel niño, incubando desde aquel momento al caudillo, pronunció estas palabras: "Padre, cuando yo sea hombre haré que nos devuelvan las tierras". La vida del general Zapata se deslizó mansa .y tranquila en el candor ingenuo de la vida de su pueblo natal. Cuando cumplió 14 años, su padre le alquiló diez hectáreas de terreno que dedicó al cultivo de sandías y melones, y se mostró tan hábil y acucioso agricultor, que obtenía magníficas utilidades en cada cosecha. Amaba con delirio los caballos, y con el producto de sus ahorros logró adquirir magníficos ejemplares de caballos nativos. Fué muy aficionado al bello sexo, y se cuenta, que tuvo un número muy regular de mujeres en su vida. Como era un profundo sentimental, se hacía acompañar, en las horas quietas de su pueblo, de un trovador al que obligaba a deshojar las más exquisitas canciones de nuestro "folcklore", en las rejas o en las ventanas, de la mujer preferida de su corazón. Más tarde, cuando se lanzó a la revolución, también hubo de acompañarlo Marciano Silva, "el cantaor de Cuautla", que ahuyentaba la tristeza de los "vales" en el claroscuro de los vivacs revolucionarios. Gustaba en demasía de lucir trajes de charro de rico bordado, en jaripeos, charreadas y toros. La tapada de gallo fué también otro de sus deportes favoritos. Jinete consumado, gozaba de gran fama en la región, y de muy particular estima por parte del hacendado Ignacio de la Torre y Mier, que recurría con frecuencia a sus consejos sobre la buena crianza de caballos. La vida abierta de sus campos, el color de sus campiñas, la suavidad del trato de las gentes que le rodearon, y, los animados coloquios a la puesta del sol, de los campesinos, que lo mismo hablaban de asuntos triviales que de las complicaciones de la política, formaron conciencia en la mente del caudillo, y fueron una escuela generosa que le dió orientación y fortaleció su carácter. Amante de la justicia, tuvo varios encuentros, en las calles de su pueblo, luchando con sus recios puños y con sus palabras subidas de tono, por hacerla prevalecer. Leal y sincero fué siempre en su vida, con sus amigos y compañeros. Repudió la traición con energía y jamás se valió de tan torcido camino para conseguir el objeto de sus deseos. Reposado y valiente, jamás perdió la serenidad aun en los trances más difíciles de su vida. En las acciones de guerra su serenidad era peculiar, sin afectaciones y sin poses teatralescas. Su charla era colorista, y con frecuencia salpimentaba su conversación con gruesos conceptos. Mucho antes de la revolución agraria, don Ignacio de la Torre y Mier, le invitó a la capital, con objeto de que diera su opinión sobre unos caballos que deseaba adquirir. Zapata vino a la capital y cumplió su misión a satisfacción, regresando a su pueblo indignado por lo que había visto y oído. El lujo y la abundancia de las caballerizas del amo, cuyos baños y pesebres eran de mármol, mientras que los peones de la hacienda dormían en la tierra y andaban casi desnudos, lo sublevó profundamente. De regreso a su pueblo, se dedicó a formar una liga de defensa contra las acechanzas del capitalismo rural que por entonces se volvía más insoportable. Organizó una comisión que viniera a México en busca de abogados para defender legalmente su situación. Se dirigió al Presidente Díaz en demanda de justicia por abusos y, atropellos que en Morelos se cometían. Viendo la inutilidad de sus esfuerzos, el carácter rebelde de Zapata se hizo evidente, y a la cabeza de sus coterráneos despojados, se posesionó nuevamente de las tierras, pero llegaron las fuerzas federales en número abrumador y hubo de ceder. Los hermanos Zapata tuvieron que remontarse a las montañas. Pasado algún tiempo regresaron, pero Emiliano fué apresado y llevado en leva al 99 Regimiento, donde por sus cualidades de carácter y actividad fué pronto estimado y tratado con gran consideración. Su permanencia en el ejército fué muy corta pues interpuso un amparo y al mismo tiempo presentó un reemplazo, habiendo gastado más de cuatro mil pesos para conseguir su libertad. Su hermano Eufemio se había trasladado a Orizaba donde había establecido el negocio de fruta. Al salir del cuartel, Emiliano se estableció por algún tiempo en México con otro puesto de frutas y cereales. Regresó después a Morelos y entonces trabajó en la política defendiendo la candidatura de don Patricio Leyva contra la imposición de don Pablo Escandón. Enseguida se alistó en las filas del Antirreeleccionismo y fué el primero, con Gabriel Tepepa y José Burgos, en dar el grito de rebelión maderista en diciembre de 1910 en Villa de Avala, prometiendo desde luego la restitución de las tierras a los pueblos. A los pocos meses contaba con 3,000 hombres armados y equipados con las armas federales, y tomaba las plazas de Jojutla y Cuautla contra los cuerpos veteranos del gobierno. Así estuvo luchando hasta el triunfo de la revolución maderista. Con posterioridad y cuando los postulados del Plan de San Luis no pudieron cumplirse por falta de energía de los hombres encargados de tan alta misión, Zapata volvió a sus montañas y, comenzó nuevamente la revolución. Don Francisco I. Madero tenía
a Zapata por "uno de los soldados más valientes del Ejército
Libertador y general integérrimo". El general Zapata, concede entrevistas a periodistas nacionales y extranjeros y con todos habla de su ideario político y social. Perfeccionan su doctrina algunos intelectuales que por entonces habíanse sumado a sus huestes. Un periodista inglés, F. H. Carter, lo entrevista y declara más tarde en un periódico neoyorkino, que el general Zapata es un admirable guerrero y un gran político. "Me quedo con Zapata, dice, que no ha leído a Henry George, pero al menos sabe lo que quiere... Hasta prueba de lo contrario, tengo a Zapata por un verdadero héroe. Este jornalero inculto, como Jim Larkin, el gran apóstol irlandés, ha organizado a los suyos, los ha llevado a la lucha sin vacilaciones ni rodeos. No es el ordinario "leader" político, el agitador parlanchín que tanto abunda en los países adelantados, y sea por su indiscutible suerte, sea por malicia, Zapata tiene sobre Jim Larkin esta superioridad: la persistencia de su acción. Zapata, como Larkin, es el hombre, el jornalero indígena que se levanta airado y resuelto contra las injusticias que pesan sobre su clase. Este hombre rudo, bárbaro, sugestiona pronto por sus gestos o por sus palabras, pero todos le siguen, puesto que hasta hoy no ha tenido un traidor. Sus características son la energía, la resistencia, la astucia. Ya he dicho que no deseo, por bien del indio, la revolución india, pero afirmo que si Zapata hubiera hecho su revolución en Chiapas y Oaxaca, en dos meses habría llegado a México con cien mil chamulas, lacandones y zapotecos." El periodista Jacobo Dalevuelta (Fernando Ramírez de Aguilar), que conoció personalmente a Zapata, habla con positivo entusiasmo de él. ''Entre el tipo charro de la época de Independencia, el muy elegante y clásico charro de la época de los "plateados" y el charro actual del campo y de las ciudades, el más perfecto charro, me parece el general Emiliano Zapata. Este Zapata, esa enorme figura del revolucionario que despertó el recuerdo de Morelos, de Valerio Trujano y de don Pedro Moreno, llena toda la aspiración popular." "Lo ví, dice, cuando desmontaba de su caballo negro zaíno, en el patio principal del cuartel de San Lázaro. Sentí intensamente cómo lo querían sus "muchachos". "Zapata se identificaba con el pueblo, vivía con su pueblo y, padecía con su pueblo. Nunca gustó de refinamientos ni de comodidades. Y en cuanto a su figura: "¡Qué gallarda! Un charro perfecto: sin afectaciones, sin rebuscamientos ni filigranas, era un charro de verdad. Bajo las "cantinas" de la silla, la carabina de un lado y el machete de puño de plata de otro. Y en la cintura la pistola que desaparecía bajo la funda de cuero bordada de hilo... El general Zapata, durante su vida revolucionaria, visitó en algunas ocasiones la ciudad de los Palacios, y no obstante, la situación de especial privilegio en que hizo sus visitas, vivió siempre con sencilla modestia ,y humildad en los lugares en donde se aposentó en esta gran ciudad. La gente del pueblo, particularmente le quería y con frecuencia gustaba de admirar su simpática figura. ''Vestido de charro, pulcra y elegantemente, con el típico traje suriano, dice Carlos Reyes Avilés, que fué Secretario posteriormente del Centro de Propaganda y Unificación Revolucionaria, con chaqueta de gamuza bordada con finísimo hilo de oro, ajustado pantalón con pulida botonadura de plata que parecía terminar en las espuelas de sonar argentino; el rostro, de gesto grave a veces, otras sonriente, en el que se destacaban por encima del espeso bigote y bajo el ancha ala del enorme sombrero los ojos negros también, de mirada escrutadora que desde luego dejaba adivinar toda la firmeza, toda la grandeza del alma del caudillo, y cabalgando el brioso retinto que parecía satisfecho de llevar sobre sus lomos a tan hábil jinete, así vimos a Emiliano Zapata, casi siempre, los que con él compartimos las vicisitudes de la larga campaña por él iniciada..." La revolución le tornó desconfiado y rara vez llegaba a sostener largos coloquios con los suyos. Sus mismos hombres de confianza, en más de una ocasión, ignoraron los lugares hacia donde se dirigía el caudillo, en su continua y larga exploración al frente revolucionario. Más bien amable que hosco. trataba con particular deferencia a sus subalternos, escuchándolos reposadamente en sus opiniones, en sus consejos o en lo que demandaban graciosamente de su superior. Su hablar era enérgico, pero no áspero, y de sus labios iba brotando lentamente, como en un surtidor de palabras, frases de supremo ideal, la liberación de los suyos, de los indios, que desde los dilatados días del coloniaje, habían vivido como bestias de trabajo, o servido como instrumentos de labranza a los poderosos latifundistas de las ricas haciendas del fértil Estado morelense. Reyes Avilés, a quien citamos anteriormente, agrega que "Zapata, como todos los hombres de aquella raza de parias, había sentido sangrar sus espaldas a los azotes del capataz, había sufrido en su alma el dolor inenarrable de llegar al misérrimo hogar, agotado físicamente, por la diaria brega absurda y compartir con los suyos la absoluta carencia de pan, la miseria extrema, porque el producto de su trabajo lo absorbía totalmente el "agiotismo de la tienda de raya". Todos los sufrimientos, todas las privaciones, todos los dolores por los que pasó el general Emiliano Zapata durante su vida, fué el crisol, que fundió su alma y le dió temple de acero. La vida le tornó astuto y desconfiado, pero a pesar de todo, tenía la hidalguía de los caballeros españoles, esclavos de su palabra empeñada. Poseía la nobleza que da el valor. Ignoraba la ruindad y la bajeza del rufián. Místico sincero del ideal que profesaba, se vió en la necesidad de recurrir en contadas ocasiones hasta la crueldad con tal de hacer triunfar la idea que era el alma de la revolución agraria. No obstante, fuera de esas circunstancias extremas, fué siempre afable y bondadoso con los que hasta él llegaron. Desprendido y generoso, fué incorruptible. Ramos Pedrueza dice de él, "que acuñó moneda, repartiéndola entre su tropa y los pueblos hambrientos, que careció de fondos para los haberes de sus soldados y de parque para sus combates, se negó altivamente a venderse, afirmando tenazmente que triunfaría o sucumbiría en la lucha". Amó siempre la lealtad, y cuando los suyos le propusieron recurrir a extrañas y maquiavélicas combinaciones para suprimir algún posible traidor, protestó airado, y más de un hombre qué fuera de sus confianzas, dejó de serlo por esa sola proposición. Su muerte, obra de Guajardo, se debió fundamentalmente a que estimó en su victimario, la virtud de la lealtad. El doctor J. M. Puig Casauranc, uno de nuestros más hábiles políticos, se expresaba en 1922, del caudillo morelense, en la siguiente forma: "Hace tres años exactamente, que cayó bajo una rociada de balas "amigas" uno de los hombres más discutidos de la Revolución Mexicana; aquel caudillo del Sur, extraño guerrillero que encendió en el Estado de Morelos una de las fogatas revolucionarias que duraron más y que todavía hoy, cuando se han ahogado definitivamente tantos "planes" políticos, sigue moviendo espíritus y conquistando partidarios. "No es tiempo aún de juzgar imparcialmente y con pleno conocimiento de propósitos y de resultados, la obra de Emiliano Zapata, pero lo cierto es que, cuando centenares de líderes revolucionarios "que están vivos", han muerto ya definitivamente ante el concepto popular, Emiliano Zapata sigue siendo un símbolo. "Nos decía un amigo nuestro, brillante observador y, crítico de historia, que en un reciente viaje a las grutas de Cacahuamilpa, aprovechó la oportunidad que se le presentaba para conocer, en Cuernavaca .y a todo lo largo del camino, hasta las grutas, la opinión del pueblo sobre este caudillo singular. Y en Cuernavaca, en la plaza pública interrogaba a los arrieros Y ustedes conocieron a don Emiliano? ... "Ya lo creo, señor, contestaban. "Un "bandido", eh ? ... Un tremendo bandolero que asoló el Estado... ¿Lo mirarían ustedes con horror? "Y todos a una voz contestaban: "¿Bandido? No, señor. Nadie aquí le tenía miedo... Sólo los hacendados y los carrancistas, que fueron los que arruinaron y destruyeron todo. Y más adelante, por el Puente de Ixtla: "¿Y se acuerdan ustedes todavía de Zapata? "¡Cómo no, señor, si fué don Emiliano el padre de los pobres! "Pasó el caudillo sobre los más ricos veneros de riqueza; clavó sus garras en la propiedad particular; gravó por años las haciendas con tremendas contribuciones; asaltó trenes y conductas que llevaban millones; y nada dejó para él. "Ni se convirtió en hacendado prócer de la noche a la mañana; ni ocupó batallones en recojer cosechas, ni cubrió con pedrerías robadas el cuello de sus queridas; ni dejó a su muerte millonadas para convertir en burgueses a sus críos. "Pasó por la desolación, y por el despojo, sobrios de ansias de botín personal, y nunca manchó sus prédicas de mejoramiento del pueblo. "No fué un farsante; en una palabra: agrarista, partidario de la participación de la riqueza, dividió siempre entre sus hambrientos soldados el producto del botín. "Fué un representante respetable de una ansia popular, un extraño apóstol que no tuvo "tabores", pero que sí tuvo su Calvario; un hombre que señaló derroteros y no los abandonó por antesalas mullidas de alfombras; un hombre, en fin, a quien una celada indigna limpió de culpas y de extravíos y lo acercó, definitivamente, al corazón del pueblo mexicano". La vida toda del general Zapata, está llena de hechos notables dignos de meditación y estudio. Como militar, no podrá desde luego comparársele con un genio de la estrategia, pero como organizador de ejércitos populares, de masas valientes y aguerridas, es indudable, que poseyó una maravillosa intuición, para llevarlas al combate, llenas de fe y conquistarles el triunfo. Innumerables fueron las campañas militares en las que intervino con su ejército del pueblo. Militares de prestigio y, de carrera, como Huerta, Blanquet, Juvencio Robles, etc., etc., trataron vana e inútilmente de acabar con el poderío de este caudillo popular. La táctica, los grandes elementos de combate, fueron ineficaces para acabar con este romántico luchador, con este idealista enamorado de su ideario social. Por su sobriedad en todos los aspectos de su vida, por su sinceridad en el pensamiento y en la acción, este hombre fincó hondas raíces en el corazón y en la conciencia de los hombres que le acompañaron en la lucha. Mucho más podría decirse de este apóstol agrarista, cuyo pensamiento y cuyos postulados, dieron positiva fuerza y personalidad a la revolución mexicana. Aún hoy día, nuestro máximo movimiento social se justifica por estas ideas. Posteriormente presentaremos un estudio más meditado y más completo de la obra de este hombre, que hoy por hoy sigue siendo una figura de primera fila en el cuadro histórico de nuestra revolución. |
|
|
. Homenaje de la Secretaría
de Agricultura y Fomento |