"Millones de seres humanos dirigen
en estos momentos al cielo su triste mirada, con la esperanza de
encontrar más allá de las estrellas que alcanzan a
ver, ese algo que es el todo porque constituye el fin, forma el
objeto del doloroso esfuerzo, del penoso batallar de la especie
hombre desde que sus pasos vacilantes la pusieron un palmo adelante
de las especies irracionales: ese algo es la felicidad." ¡La
felicidad! "La felicidad no es de este mundo", dicen las
religiones: "la felicidad está en el cielo, está
más allá de la tumba". -Y el rebaño humano
levanta la vista, e ignorante de la ciencia del cielo, piensa que
éste está muy lejos cuando sus pies se apoyan precisamente
en este astro, que con sus hermanos constituye la gloria y la grandeza
del firmamento.
La tierra forma parte del cielo;
la humanidad, por lo mismo, está en el cielo. No hay que
levantar la vista con la esperanza de encontrar la felicidad detrás
de esos astros que embellecen nuestras noches: la felicidad está
aquí, en el astro Tierra, y no se conquista con rezos,
no se consigue con oraciones, ni ruegos, ni humillaciones, ni
llantos: hay que disputarla de pie y por la fuerza, porque los
dioses de la tierra no son como los de las religiones: blandos
a la oración y al ruego; los dioses de la tierra tienen
soldados, tienen polizontes, tienen jueces, tienen verdugos, tienen
presidios, tienen horcas, tienen leyes, todo lo cual constituye
lo que se llama instituciones, montañas escarpadas que
impiden a la humanidad alargar el brazo y apoderarse de la tierra,
hacerla suya, someterla a su servicio, con lo que se haría
de la felicidad el patrimonio de todos y no el privilegio exclusivo
de los pocos que hoy la detentan.
La tierra es de todos. Cuando hace
millones de millones de años no se desprendía aún
la Tierra del grupo caótico que andando el tiempo había
de dotar al firmamento de nuevos soles, y después, por
el sucesivo enfriamiento de ellos, de planetas más o menos
bien acondicionados para la vida orgánica, este planeta
no tenía dueño. Tampoco tenía dueño
la tierra cuando la humanidad hacía de cada viejo tronco
del bosque o de cada caverna de la montaña una vivienda
y un refugio contra la intemperie y contra las fieras.
Tampoco tenía dueño
la tierra cuando más adelantada la humanidad en la dolorosa
vía de su progreso llegó al periodo pastoril: donde
había pastos, allí se estacionaba la tribu que poseía
en común los ganados. El
primer dueño apareció con el primer hombre que tuvo
esclavos para labrar los campos, y para hacerse dueño de
esos esclavos y de esos campos necesitó hacer uso de las
armas y llevar la guerra a una tribu enemiga. Fue, pues, la violencia
el origen de la propiedad territorial, y por la violencia se ha
sostenido desde entonces hasta nuestros días.
Las invasiones, las guerras de conquista,
las revoluciones políticas, las guerras para dominar mercados,
los despojos llevados a cabo por los gobernantes o sus protegidos
son los títulos de la propiedad territorial, títulos
sellados con la sangre y con la esclavitud de la humanidad; y
este monstruoso origen de un derecho absurdo, porque se basa en
el crimen, no es un obstáculo para que la ley llame sagrado
ese derecho, como que son los detentadores mismos de la tierra
los que han escrito la ley. La
propiedad territorial se basa en el crimen, y, por lo mismo, es
una institución inmoral. Esta institución es la
fuente de todos los males que afligen al ser humano. El vicio,
el crimen, la prostitución, el despotismo, de ella nacen.
Para protegerla se hacen necesarios
el ejército, la judicatura, el parlamento, la policía,
el presidio, el cadalso, la iglesia, el gobierno y un enjambre
de empleados y de zánganos, siendo todos ellos mantenidos
precisamente por los que no tienen un terrón para reclinar
la cabeza, por los que vinieron a la vida cuando la tierra estaba
ya repartida entre unos cuantos bandidos que se la apropiaron
por la fuerza, o entre los descendientes de esos bandidos, que
han venido poseyéndola por el llamado derecho de herencia.
La tierra es el elemento principal
del cual se extrae o se hace producir todo lo que es necesario
para la vida. De ella se extraen los metales útiles: carbón,
piedra, arena, cal, sales. Cultivándola, produce toda clase
de frutos alimenticios y de lujo. Sus praderas proporcionan alimento
al ganado, mientras sus bosques brindan su madera y las fuentes
sus linfas generadoras de vida y de belleza. Y todo esto pertenece
a unos cuantos, hace felices a unos cuantos, da poder a unos cuantos,
cuando la naturaleza lo hizo para todo.
De esta tremenda injusticia nacen
todos los males que afligen a la especie humana al producir la
miseria. La miseria envilece, la miseria prostituye, la miseria
empuja al crimen, la miseria bestializa el rostro, el cuerpo y
la inteligencia. Degradadas, y, lo que es peor, sin conciencia
de su vergüenza, pasan las generaciones en medio de la abundancia
y de la riqueza sin probar la felicidad acaparada por unos pocos.
Al pertenecer la tierra a unos cuantos,
los que no la poseen tienen que alquilarse a los que la poseen
para siquiera tener en pie la piel y la osamenta. La humillación
del salario o el hambre: éste es el dilema con que la propiedad
territorial recibe a cada nuevo ser que viene a la vida; dilema
de hierro que empuja a la humanidad a ponerse ella misma las cadenas
de la esclavitud, si no quiere perecer de hambre o entregarse
al crimen o a la prostitución.
Preguntad ahora por qué oprime
el gobierno, por qué roba o mata el hombre, por qué
se prostituye la mujer. Detrás de las rejas de esos pudrideros
de carne y de espíritu que se llaman presidios, miles de
infortunados pagan con la tortura de su cuerpo y la angustia de
su espíritu las consecuencias de ese crimen elevado por
la ley a la categoría de derecho sagrado: la propiedad
territorial.
En el envilecimiento de la casa
pública, miles de jóvenes mujeres prostituyen su
cuerpo y estropean su dignidad, sufriendo igualmente las consecuencias
de la propiedad territorial. En los asilos, en los hospicios,
en las casas de expósitos, en los hospitales, en todos
los sombríos lugares donde se refugian la miseria, el desamparo
y el dolor humanos, sufren las consecuencias de la propiedad territorial
hombres y mujeres, ancianos y niños. Y presidiarios, mendigos,
prostitutas, huérfanos y enfermos levantan los ojos al
cielo con la esperanza de encontrar más allá de
las estrellas que alcanzan a ver, la felicidad, la felicidad que
aquí les roban los dueños de la tierra.
Y el rebaño humano, inconsciente
de su derecho a la vida, torna a encorvar las espaldas trabajando
para otros esta tierra con que la naturaleza lo obsequió,
perpetuando con su sumisión el imperio de la injusticia.
Pero de la masa esclava y
enlodada surgen los rebeldes; de un mar de espaldas emergen las
cabezas de los primeros revolucionarios. El rebaño tiembla
presintiendo el castigo; la tiranía tiembla presintiendo
el ataque, y, rompiendo el silencio, un grito, que parece un trueno,
rueda sobre las espaldas y llega hasta los tronos: ¡Tierra!
" ¡Tierra! ," gritaron
los Gracos; " ¡Tierra! " gritaron los anabaptistas
de Munzer; " ¡Tierra! ", gritó Babeuf;
"¡Tierra! ", gritó Bakounine; " ¡Tierra!
" gritó Ferrer; "¡Tierra! " grita
la Revolución Mexicana, y este grito, ahogado cien veces
en sangre en el curso de las edades; este grito que corresponde
a una idea guardada con cariño a través de los tiempos
por todos los rebeldes del planeta; este grito sagrado transportará
al cielo con que sueñan los místicos a este valle
de lágrimas cuando el ganado humano deje de lanzar su triste
mirada al infinito y la fije aquí, en este astro que se
avergüenza de arrastrar la lepra de la miseria humana entre
el esplendor y la grandeza de sus hermanos del cielo.
Taciturnos esclavos de la gleba,
resignados peones del campo, dejad el arado. Los clarines de Acayucan
y Jiménez, de Palomas y las Vacas, de Viesca y Valladolid,
os convocan a la guerra para que toméis posesión
de esa tierra, a la que dais vuestro sudor, pero que os niega
sus frutos porque habéis consentido con vuestra sumisión
que manos ociosas se apoderen de lo que os pertenece, de lo que
pertenece a la humanidad entera, de lo que no puede pertenecer
a unos cuantos hombres, sino a todos los hombres y a todas las
mujeres que, por el solo hecho de vivir, tienen derecho a aprovechar
en común, por medio del trabajo, toda la riqueza que la
tierra es capaz de producir.
Esclavos, empuñad el winchester.
Trabajad la tierra cuando hayáis tomado posesión
de ella. Trabajar en estos momentos la tierra es remacharse la
cadena, porque se produce más riqueza para los amos y la
riqueza es poder, la riqueza es fuerza, fuerza física y
fuerza moral, y los fuertes os tendrán siempre sujetos.
Sed fuertes vosotros, sed fuertes todos y ricos haciéndoos
dueños de la tierra; pero para eso necesitáis el
fusil; compradlo, pedidlo prestado en último caso, y lanzaos
a la lucha gritando con todas vuestras fuerzas: ¡Tierra
y Libertad!
Regeneración.
1o. de octubre de 1910.
Semilla Libertaria: I. 28-32.